sábado, abril 21, 2007
Los efectos musicales
Recientes estudios científicos revelaron que la música de ciertos compositores influía en el desaorrollo de los niños, si estos la escuchaban a temprana edad. A continuación un listado de los distintos efectos encontrados.
EFECTO PAGANINI: El niño habla muy rápido y con palabras extravagantes pero nunca dice nada importante.
EFECTO BRAHMS: el niño habla con una gramática y un vocabulario maravillosos siempre que sus frases contengan múltiplos de 3 (3, 6, 9 palabras, etc.). Sin embargo, sus frases de 4 o 8 palabras resultan bobas y poco inspiradas.
EFECTO WAGNER: el niño se torna megalómano. Es posible que termine casándose con su hermana.
EFECTO BRUCKNER: El niño habla muy lento, se repite con frecuencia y adquiere reputación de profundidad.
EFECTO MAHLER: el niño grita sin parar a todo pulmón durante varias horas diciendo que se va a morir.
EFECTO SCHOENBERG: el niño nunca repite una palabra antes de usar todas las otras de su vocabulario. A veces habla al revés y con el tiempo la gente le deja de poner atención. El niño opina que esto se debe a la incapacidad de la gente de entenderlo.
EFECTO IVES: el niño desarrolla una habilidad fenomenal para mantener varias conversaciones al mismo tiempo.
EFECTO STRAVINSKY: el niño tiene una tendencia pronunciada a explosiones de temperamento salvaje, estridente y blasfemo que frecuentemente causan escándalos en el jardín infantil.
EFECTO JOHN CAGE: el niño no habla nada durante 4 minutos y 33 segundos. Es el niño preferido de 9 de cada 10 profesores.
Otra versión de EL EFECTO JOHN CAGE ES: El niño no dice nada durante 4 minutos y 33 segundos. De diez profesores, cinco creen que es un idiota y los otros cinco que es un genio.
EFECTO BOULEZ: el niño balbucea bobadas todo el tiempo. Después de un tiempo a la gente ya no le parece gracioso, sin embargo poco importa pues sus amiguitos creen que es un genio.
EFECTO PHILLIP GLASS: el niño acostumbra decir lo mismo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…Aunque él asegura que nunca dice lo mismo, nadie se ha quedado escuchándolo mucho tiempo para comprobarlo.
EFECTO ARVO PÄRT: el niño dice tan solo cuatro palabras y deja sumidos a todos lo que lo oyen en una profunda depresión.
Y para la fauna local me atrevo a formular los siguientes:
EFECTO RODOLFO ACOSTA: el niño aparece inscrito en muchos colegios simultáneamente, públicos y privados. Sin embargo nadie dice conocerlo y menos haber oído de él.
EL EFECTO MOISÉS BERTRÁN: el niño habla con acento extraño, al parecer porque quiere imitar a todos los niños anteriormente citados.
miércoles, enero 17, 2007
En un país de sordos
Bueno, "tan armónico como complicado", es una opinión que poco nos dice del programa. ¿Por qué armónico? ¿Qué es lo complicado?. La verdad no le veo nada de armónico a un programa constituído por Mozart, un concierto para contrabajo de Bottesini (?), la rapsodia sobre un tema de Paganini Op 43 para piano y orquesta de Rachmaninov y la suite para orquesta de la ópera El mandarín maravilloso de Béla Bartók, de hecho me parece un programa inmamable, pero bueno, son opiniones, y el que esté entre comillas, asegura que el comentario no es de quien firma la nota. Pero lo que sí no es aceptable, es que se diga que es una de las dos únicas sinfonias en clave menor del austriaco. Primero porque si son dos, ya pierden la cualidad de ser únicas, y segundo porque lo que uno espera de alguien que escribe sobre música es que sepa que la clave menor no existe, existe el modo menor, y las claves de sol fa y do. Pero qué se puede esperar de un periódico donde las reseñas de conciertos que no sean de Shakira brillan por su ausencia, y donde le dan toda clase de publicidad barata y sensiblera al "gran festival de música clásica de Cartagena" mientras que los realmente excepcionales conciertos que ofrece el Banco de la República en la sala Luis Angel Arango hasta dejaron de ser anunciados en sus páginas.
Un error de este tipo en el único (ahora sí) diario de circulación nacional es inaceptable. Entiendo que la música clásica sea una cuestión de pocos, y que esté lejos de ser un interés nacional, pero si comentan sobre ella, deberían escoger a gente apta para ello, que sé que la hay, porque estoy seguro que para hablar de futbol contratan gente que sabe, y así para las demás secciones, ¿Entonces por qué la música no merece el mismo tratamiento?
Tal vez por eso es que cuando a un niño en el colegio le piden un xilófono cromatico en la lista de útiles escolares, nadie en la tienda sabe que carajos puede ser ese aparato con tan extraño nombre y tan extraña característica. ¿Qué pensarían si le pidieran un eufonio?
Si queremos ser un país que entienda que lo que pasó en Cartagena no fue lo que nos hicieron ver los diarios, falta educar, y no es dificil, sólo que nos pueden más las ganas de matarnos.
miércoles, noviembre 22, 2006
Pendejadas en serio
lunes, julio 17, 2006
Autor inefable, osea indescriptible, osea raro, osea no comercial, osea, en verdad cree que le pueda interesar?
Se trata de un cantautor (así les llaman a los que además de cantar dicen algo, y así se hace llamar Alberto Plaza, aunque no se sepa qué dice), compositor, pianista, guitarrista, humorista, escritor, comentador sardónico y lúcido de la vida contemporanea, y genial personaje, que gracias a una charla de hace mucho, cuando estudiaba composición, y una amistad reciente, cuando me hacía el monitor, conocí. Su nombre es Leo Masliah, es uruguayo y acá les doy un abrebocas en forma de cuento, para que lo conozcan, se rían y le contagien su risa a otros y otras.
(El link a su austera pero sustanciosa página ya lo encuentran ahí al lado)
ACLARACIÓN DE FIRMA
Tanta especulación sobre los nombres de Dios, tanta cábala...tantas inútiles condenas a los que pronunciaban en vano un nombre equivocado... hasta que por fin “Dios” se decidió a salir de su ostracismo nominal. Esa noche apareció, perfectamente visible desde casi todo un hemisferio de la Tierra, y trazada con polvo interestelar sobre el firmamento, la firma del Altísimo. Algunos sabios dicen haberla descifrado. Otros aguardan, angustiados, que aparezca la aclaración de firma.
Este cuento fue sacado de una página web, pero pertenece al libro "Carta a un escritor latinoamericano(y otros insultos)" (Ediciones de la Flor, Argentina, 2000).
martes, julio 11, 2006
Maycol Nimio, Felipe Vidrio, Esteban Reino, Juan Chiclets y el final mínimo





Qué más puedo decir. Los discos que compraba compulsivamente ya no los tengo. Muchos los vendí o los cambié por otros que también vendí, otros los fui regalando. Los de Fito Paez se los regalé a una amiga chelista que ahora anda en Paris cumpliendo el sueño de “nivel” del músico tercermundista y que hace poco pude volver a ver en un concierto del compositor romantico-impresionista tardío: Cesar Lopez. Los de Illya Kuryaki and the Valderramas y Charly García, a mi primo. Y así, ha sido suficiente de nombres.
Cuando empecé a estudiar composición en Los Andes, lo que tenía en mi mente como música contemporánea, correspondía a lo que después, en la clase de historia de Elli Ann Duque, me presentaron como neoclasicismo nacionalista. Es decir muchos de los compositores de principios de siglo, que asustados con los esbozos del dodecafonismo se volcaron al pasado y lo hicieron divertido. Mientras unos iban por el estéril camino de ampliar las posibilidades a partir de la teoría, otros sencillamente escribían sin pensar demasiado. Para eso están los musicólogos y los teóricos, para dar coherencia a lenguajes y estéticas de compositores que si acaso se conocían y que individualmente creían tener una estética y un lenguaje propio, cuando todavía eso era válido en el arte. Por mi parte escuché y compré música de quienes se dice, son los Beethovens y los Mozarts de nuestro tiempo (o así los presentaría una modelo en televisión, dado el improbable caso en que tuviera que hablar de Nono, Berio, Stokhausen, Boulez, o el recién fallecido Ligeti), ahí los tengo, y sólo los cito para decir que no los he vuelto a oír, que lo que ahora me gusta es lo menos teórico, lo menos complejo, la claridad, la reiteración, la contundencia de lo único, la estabilidad, hasta diría que lo obvio y deliberadamente sencillo.
Con los minimalistas no me aburro, y puedo estar horas oyendo las mismas notas que se resisten a ir hacia algún lado, a desarrollarse (ese mal posmoderno) a hacerse “más interesantes”. Me quedo con Reich y su grupo de músicos que nunca han venido por acá (para ver si cambiamos en algo las filiaciones estéticas de nuestros “músicos cultos”, anclados en el limbo estético, en la indefinición, en las ansias de “nivel” que ni siquiera viajando se pegan). Me quedo con Glass y sus teclados, con Adams y su eclecticismo esotérico, con Nyman y sus colaboraciones fílmicas, Arvo Pärt y su sosegada profundidad. Y aunque la música clásica esté muerta, y su prima electroacústica esté relegada a hacer soniditos para películas y efectos musak en restaurantes asiáticos, puedo decir que aún me encanta la música, una sola, la que se hace en este mundo.
Y terminé por hablar más del Richard, a Xenakis, ni siquiera lo nombro, será porque conozco más al primero.
domingo, julio 02, 2006
Extraños vínculos

Alfred Brendel
Ese año decidí estudiar música, y como la situación económica en mi casa había mejorado considerablemente, me matriculé en el programa juvenil de la Javeriana. Seguí escuchando rock, sobre todo en español, y comprando discos en cuanta tienda encontraba. La plata que me daban para pagar la ruta del colegio, la gastaba en discos, lo que me sobraba en busetas y buses que me llevaban del colegio a la casa, y así, sin que en mi casa se enteraran de nada, pasé varios años hasta terminar el colegio. La plata de la ruta me alcanzaba para un disco mensual. Si no estoy mal costaban en promedio 15.000. En la javeriana empecé a tocar en ensambles de jazz, y con timidéz me aventuré a comprar discos de esa música improvisada y liberadora. Mis gustos habían cambiado considerablemente, en la clase de piano quería montar Stravinsky y Bartók. Lo de Stravinsky mi profesora de entonces ni siquiera lo consideró, para eso no estaba preparado, pero Bartók por fortuna pensó en todos, no sólo en los grandes solistas, y compuso música para todas las etapas de la enseñanza musical; desde monofonías modales, hasta obras sinfónicas de complejidad ostensible. Eso sí, siempre interesantes y atractivas. Tal vez fue esa profesora a la que le dije que quería ser como Richard Clayderman, la que me introdujo sin que yo fuera consciente, en las armonías poco infantiles de compositores que desde Polonia hasta Rusia hacían de las suyas con los oídos jóvenes, retándolos a la disonancia como color, como presencia autónoma, no como mero paso entre consonancias.
Un libro que ella llamaba “de los gatos” por su carátula amarilla con un dibujo expresionista de dos gatos sobre un teclado, fue el culpable de mi desviación estética, desviación que ahora sé, fue permanente. Era un libro en ruso de enseñanza infantil, con lindas ilustraciones para cada pieza y extrañas composiciones alejadas de lo que podríamos llamar “infantil”, nada alegronas ni insulsas, como estamos acostumbrados a imaginarnos la música para niños, sino por el contrario, enigmáticas y reflexivas. Si fue por eso que dejé de admirar al Richard, pues muchas gracias, me salvaste de ser sordo.
Mis primeros discos de música clásica los compre en el recién inaugurado TOWER RECORDS de Andino. Fueron dos: tres cuartetos de Bartók tocados por el Julliard Ensamble (esa frase esta como pa Les Luthiers) y tres sonatas de Beethoven tocadas por Alfred Brendel. Sin saberlo compré grandes versiones. En el de Bartók hay una interpretación magistral del sexto cuarteto, mi preferido y que luego, en un libro de Cortazar, encontré también era el preferido de él. Todos sus movimientos empiezan con la misma melodía visceral, aunque transpuesta o variada. En el de Beethoven, sus tres primeras sonatas, todas maravillosas, dos de ellas inusualmente largas y complejas para la época.
Otro factor que me cambió mucho la perspectiva de la música fue la visita de un italiano hippie a la casa. Gracias a él conocí a King Crimson, Bjork, Jefferson Airplane, Soft Machine, y discos de The cure poco escuchados. De él no sé nada ahora, pero le agradezco igual su influencia.
La emisora de la radiodifusora nacional, con su carga de buenas propuestas entró en escena y varios programas especializados de emisoras comerciales, como los de Andrés Durán y Alvaro Marín, en 88.9 (ahora vallenata), el del pirata en la mega, y en emisoras culturales, como los de la javeriana con Garay en la programación, me incitaban a querer escuchar más, más allá de lo que las escuálidas radios comerciales suelen dar de alimento a nuestros oídos. Todo este panorama particularmente rico y que ahora extraño, hizo que me formara un gusto singular, casi siempre alejado de las modas, anacrónico, terco y experimental. ¿Qué será de esa profesora que me torció el camino inmaculado del rubio pianista y su blanco piano? No tengo la más remota idea, pero le debo mucho.
Ya me está cansando este escrito, creo que haré otra entrega y no más, hay temas de los cuales quisiera escribir con premura, pero me enfrasqué en esto y ya tengo que terminarlo, sea como sea. Aunque me gustaría estar escribiendo sobre Garavito y el pantallaza de Pirry, sobre las condiciones de vida al sur de la ciudad, sobre el artículo de arte que leí en UN periódico, donde de muy elegante manera, el autor concuerda conmigo en su visión de las tendencias “populares” en el arte colombiano actual. En fin, varias cosas en el tintero de ceros y unos con el que escribo.

Retrato medio cubista de Bartók
viernes, junio 23, 2006
Adolescencia

El programa de Garay ya no existe, o al menos no como era entonces con él del otro lado. La emisora de La Javeriana se decidió por el Jazz ad nauseam y tan sólo Trapecio, el programa de los sábados en la mañana, vale la pena, a pesar de su frigidez. Garay anda ahora de novelista, después de un paso fugaz e intrascendente por la radio comercial al lado de la Gurisati, donde le tocaba alternar su refinado gusto con tandas de la oreja de Van Gogh y Bacilos o hasta cosas peores de “nuestra generación” (así reza su fastidioso y excluyente slogan), claro, no tan peores como mis discos del Richard, el rubio y lacio pianista de mi infancia.
Ese año, el de mi descubrimiento, empecé a comprar discos, impulsado sin duda alguna por los gustos de Garay, pues en mi casa y alrededores la música no parecía interesarle a nadie. Los primeros discos compactos que compré no fueron los de moda por esa época, a saber: Aerosmith, Lenny Kravits (el morocho sabrosón) y la canción Mister Jones de los Counting Crows, sino los de mi anacrónico interés. Recuerdo que en San Andresito de la 38 le pedí a mi padre tres discos: el Desintegration de The cure, The Joshua Tree de U2, y los grandes éxitos de The Police. Me compró el de U2, el de The Police me lo regaló en navidad en versión mejorada, porque en vez de los grandes éxitos llegó con la discografía completa recopilada en un set de cuatro discos compactos, incluía rarezas y B sides, todo un paquete para coleccionistas. El de The Cure lo compré yo mismo en una tienda del centro, cuando la oficina de mi papá quedaba en la 19 con tercera y yo empezaba a descubrir el comercio musical del centro. De Via Libre a la octava me paseaba buscando discos y aprendiendo a regatear por ellos. Así pasé ese año, oyendo la radio y buscando los discos de las bandas que oía en tiendas algo roídas que apestaban a porro y metal más ingenuo que macabro, y más baladí que interesante. El rock nacional aún era un puñado de buenas intenciones, pésimos músicos, peores cantantes y sonido garaje. La mejor de las grabaciones de entonces fue el ahora famoso Aquí vamos de nuevo de las 1280 almas, no en CD, sino en casete. En el colegio mis amigos oían la Peste, más o menos pasaron de muñecos de papel (el RBD de mí generación, con Ricky Martin al mando) al punk.
En octavo conocí a Jairo. El primer día de clases llegó con una lista de sus discos y la repartió a los del curso. Recuerdo que no conocía ni la mitad de las bandas que se encontraban en ella, había mucho rock en español y otro tanto del rock “oficial” en inglés. Su trabajo era grabar casetes, y le iba bastante bien, de paso nos sacaba de la ignorancia musical. Con Jairo hice una buena amistad, mediada por la música y su personalidad extrovertida. Le pedí que me grabara un par de casetes, no recuerdo bien de qué. Ese año empecé a ir a conciertos y a bares, el primer rock al parque hizo aparición con un elenco de lujo: Seguridad Social, Fobia, Aterciopelados (con su disco con el corazón en la mano, guitarra de flores y la abrumadora personalidad de Andrea). Acido bar era sitio de encuentro para saltar y tomar (los controles no eran tan estrictos) aunque yo aún no tomaba, y había fumado tan sólo una vez que me escapé del colegio en séptimo. Había entrado de lleno en la adolescencia.
Más para otra entrega

Mi primer camiseta de un grupo tenía este diseño, la boté hace poco, muy a mi pesar, por un tiempo sirvió de trapo.
miércoles, junio 14, 2006
De Richard Clayderman a Xenakis

Quise subir el siguiente escrito en su estado inacabado hace dos noches, en uno de mis recurrentes insomnios, pero no pude cargar la imagen que ven arriba. Hoy sí pude, así que aprovecho otro insomnio para colgar el texto aún inconcluso que hice aquella noche, donde de manera harto confusa empiezo a explicar mi relación con la música. Ahí les va.
P.D es oficial, este blog ya no tiene visitantes, tanto que el plural de la última frase sobraría si fuera sensato.
De cómo llegué a interesarme en eso que llamamos música
Cada tanto me acuerdo de que soy músico, y de que mis manos además de servir para muchos oficios cotidianos y otros varios, pueden hacer que un instrumento de teclado suene a algo como antiguo, como extraño, como anacrónico, y a veces atemporal. Que suene como a música. Y es que aunque la música sea lo que estudio y sea lo que pienso hacer por el resto de mi vida, larga o corta, en raras ocasiones logro la epifanía con ella, porque si de algo puedo estar seguro, es que la música revela cosas. La epifanía creo, no es necesaria para hacer música, pero sí para entenderla. Y aunque esta palabra le de un sesgo incómodamente religioso a lo que por convicción creo es la música y que nada de religioso tiene, la considero la más precisa para describir ese algo que es introducirse en los sonidos, y que supera en mi experiencia a cualquier otro arte. Pero no quiero meterme en discusiones bizantinas, aunque ya las haya propiciado. Escuchar música me hace acordar, aunque suene un poco tonto, que la música me gusta.
Recuerdo que de pequeño iba a clases de expresión corporal (así le llamaban a una hora divertidísima de jugar congelados en trusa y zapatillas) de violín y de algo así como gramática, aunque menos académico, con un profesor que llegaba borracho y su novia loca le hacía escándalo en plena clase. Pero ahí no entendía nada aún, todavía no sabía que me gustaba, tal vez porque no tenía talento y mi mayor papel en esa escuela fue la de ser un árbol en una representación del consabido Pedro y el Lobo. Más tarde ingresé al conservatorio. El examen de admisión consistió en una prueba de canto, yo canté una canción que me habían enseñado en el coro del colegio, hablaba de una bruja medio torpe, eso es todo lo que recuerdo.
Pero para seguir adelante tengo que volver un poco más atrás en mi niñez, y revelar un hecho que aunque bochornoso, explica en parte que, si bien no entendía que hacía montado todos los días en un bus que me llevaba por calles horribles a la escuela de música, sí había algo predeterminado, algo más fuerte que el mero azar. Tuvimos una casa grande en un barrio más bien humilde, como eufemísticamente le dicen a la pobreza. En esa casa me encontré con los acetatos de mi padre, y en ellos, a pesar de su precariedad y mal gusto, empezó mi interés por la música y sus revelaciones. Un disco de Richard Clayderman (espero que así se escriba) me abrió el camino de la buena escucha, aunque suene paradójico. Sé que es un pianista detestable, y su música hace parte de eso que en las esferas intelectuales se conoce como easy listening music, musak o música de mierda, y en las no tan intelectuales como música clásica. Mi padre tenía una buena colección de discos, y yo los oía sin cansarme, inventando coreografías de infantil ballet en la sala de la casa, que recuerdo estaba dominada por el verde oscuro del tapete y, si no estoy mal, por el estampado floral no menos verde de los muebles. Me podía pasar horas oyendo esas insulsas melodías y bailando a su aburrido compás, pero para mí era diversión pura.
Hecha la confesión, continuo con mi perorata que veo se podría extender bastante. Ya en el conservatorio, dejé con gusto el chillido insoportable del violín de luthier que me habían comprado y que ahora tengo alojado en un rincón de mi armario, y me metí en la clase de piano. El primer día que estuve frente a un piano, mi maestra de entonces me preguntó que por qué me gustaba el piano, yo le dije muy confiado de mi pueril erudición, que quería ser como Richard Clayderman. Hubo silencio, ahora entiendo por qué, pero entonces no lo sabía, tan sólo sabía que con sus discos pasaba ratos divertidísimos en la sala de mi casa, con los cojines desparramados por todo el lugar. En adelante mis gustos musicales fueron de los más convencional y predecible: rock en español, Milly Vanilly, etc, tampoco quiero asustarlos. Mi universo sonoro era pobre y empobrecido. El conservatorio logró hacerme odiar la música, y los discos del rubio y lobo pianista no volvieron a ser escuchados, hasta que un día, al llegar del colegio (estaba en séptimo grado, lo recuerdo bien) puse por accidente la emisora de la javeriana. Lo que oí me dejó impresionado, era un programa llamado los clásicos del rock, conducido por Juan Carlos Garay, donde Supertramp, Queen (de quienes ya tenía un casete, el primero que compré) Genesis, Led zeppelín, Greatful dead, Dire straits, Gentle Giant, The Police, The Clash y una lista mucho más grande, estaban al orden del día. Ese programa me introdujo en el rock, y de paso en lo que entonces llamaba la buena música, y que ahora con la carga de tolerancia que conllevan los años, llamo simplemente la música que me gusta. Pero se hace tarde y tengo que madrugar, así que dejaré para una próxima entrega la continuación.
viernes, noviembre 25, 2005
Adams, el aperitivo esperado.
Adams no era el plato fuerte, pero en la boletería estaba impreso su nombre como si lo fuera, sin el Jhon claro está, para que cupiera la duda de pensar que se tocarían arreglos orquestales de Bryan Adams. Afortunadamente no fue así, el aperitivo era minimalista (como el pobre programa de mano lo indicaba) y continuaba con un concierto doble de Bach y la segunda sinfonía de Brahms como postre (un final algo pesado para la noche). La orquesta estuvo bien y el director invitado (tengo que decirlo, es algo que se tiene que decir) un negro altísimo, impecable.
El único lunar fue el violinista solista en el doble concierto de Bach, que parecía en franca competencia de velocidad para llegar a la ansiada meta cadencial del tercer movimiento fugado. Llegó de primero, eso si, pero no ganó nadie y perdió ante todo la música.
Es un alivio que se toquen por fin, cosas de los minimalistas en orquestas colombianas, pues ya se ha tenido bastante de musica contemporanea que nadie entiende y nadie toca bien (a veces ni el compositor la entiende) y que termina por ser un aburridora experiencia para todos, sobre todo para el público. Espero se sigan montando más minimalistas, para superar de una vez por todas, lo aleatorio en la musica contemporanea colombiana.
sábado, octubre 29, 2005
De música y mis músicos
Soy pianista, y dentro de poco podré decir que soy pianista profesional, que para el caso es lo mismo. Además de eso, que no dice nada, me gusta mucho oir cosas, sonidos, ruidos, frecuencias, vibraciones del aire, llamenle como quieran. Y ya que estoy en esto de hacer listados con explicaciones, haré otro con mis discos, los que han impactado de alguna manera mi vida. Empezaré por citar los que tengo más presentes.
Paul McCartney

Chaos and cration in the backyard ( El último disco que compré, ¿despues de escuchar Fine Line podría no hacerlo? Un gran disco, sin duda. Paul toca todos los instrumentos, como tristemente lo atestigua su video, donde aparece un Paul en diferentes posiciones y en diferentes instrumentos, patetico, de fondo un estudio envidiable. Lo tuyo no es la imagen Paul, dios debe existir y gracias a él hay un músico que le valga verga el video y se concentre en lo suyo, la musica. Pues Paul se concentró para este disco, y le salió muy bonito, pa que. A mi me parece el sonido beatle por excelencia, recomendado)
Quedan entre el tintero varios discos y personajes que me gustaría reseñar. Como siempre los listados nos dan luces de algo, pero nos limitan al mismo tiempo, los mios hacen parte de lo que me apetece diariamente, como preferir tomar café y no agua aromática despúes de las comidas, aunque las dos cosas me gusten.
Continuarán los discos y las películas, tal vez uno que otro libro. Cuando no puedo crear, hablo de las creaciones de los demás.


