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sábado, octubre 27, 2007

Tánatos cotidiano

A veces pienso en la muerte. Son pensamientos rápidos y automáticos, como los que tengo para pensar en otras cosas de la vida. Cuando me vean distraído y con la mirada en otra parte, puede que esté pensando en la muerte. No necesariamente en la muerte propia, puedo estar pensando en la muerte en general, o sea en la muerte de los otros. Si parece que miro a un punto indeterminado, estoy mirando a la muerte en ese punto indeterminado que es sólo indeterminado para los demás, no para mí, que sé bien cual es. Puede ser un árbol altivo y frondoso o un matorral reseco; un grupo de niños que juegan a la pelota o un bus atestado de todo tipo de gente. No veo ni el árbol ni el matorral, ni los niños ni la gente sudorosa en el bus; veo su ausencia, su vacío. Me pregunto si los demás piensan en la muerte, es más: si han pensado en mi muerte, y en vez de verme por ahí caminando y haciendo esas cosas que hacemos los vivos, ven mi ausencia, mi vacío. Muchas veces me han formulado la siguiente pregunta con auténticas ganas de querer obtener una respuesta de mi parte: ¿en qué piensas? Son demasiadas las situaciones de la vida en que por alguna razón alguien quiere saber qué piensa uno. Cuando me preguntan eso y resulta que casualmente estoy (o estaba, es difícil definirle un tiempo al pensamiento) pensando en la muerte, respondo que en nada, que no pensaba en nada, y cuando estoy pensando en otras cosas distintas a la muerte, respondo lo mismo, a veces me animo a decir cualquier cosa y hasta logro convencerme de que en efecto estaba pensando en eso. Pero ahora que lo pienso, pensar es un ejercicio de vacío. Querer saber qué piensan los demás es inmiscuirse en el vacío de los otros, en sus zonas de muerte. Me pregunto qué es la muerte, la negación de la vida o el final necesario que la define. NO SÉ. NO SÉ NADA, DE LA MISMA MANERA EN QUE PIENSO EN NADA. Cuando veo a los demás perdidos en sus pensamientos, me asusta pensar que están viendo mi vacío, y el temor aumenta cuando les pregunto en qué están pensando y me responden que en nada, que no piensan en nada y esa respuesta resulta ser tan real como la muerte. Yo soy esa nada.

domingo, septiembre 23, 2007

I fotutti

-Aló
-Aló
-Si, con quien hablo?
-A quien necesita
-Raúl?
-No, a quien necesita?
-Pues a Raul, pero he de estar equivocado porque no reconozco su voz
-Eso parece
-Disculpe
-No hay problema


-Aló
-Otra vez marcó mal, le contesta la misma persona con la que habló hace unos segundos.
-Hágame un favor entonces, dígame qué número es ese
-Me temo que no voy a poder hacer eso, más bien dígame a qué número marcó usted
-Pero eso es ridículo, marqué a su número, y por eso me contesta usted, y está claro que si la primera vez pude haber marcado mal, no lo habría hecho la segunda, a menos que me tome usted por un total imbecil, que dado lo poco que nos conocemos, me parecería una completa falta de respeto.
-Le decía que no puedo dárselo porque la verdad no me lo sé.
-Y cómo, acaso no vive usted allá?
-Acaso tengo que vivir acá para contestar el teléfono? Creo que usted está confundido, bastan tan sólo tres condiciones para que yo conteste este teléfono, y ninguna de ellas implica el que yo viva en este sitio y me sepa el número.
-Ah, y cuales son esas tres condiciones, si me las puede decir?
-Claro que puedo, de otra forma no habría seguido con esta conversación absurda.
-Y yo puedo escucharlas, tal vez por la misma razón, así que adelante.
-Me basta con encontrarme en este lugar, tener la voluntad, y lo más importante, que alguien llame
-Alguien como yo
-Exacto, y disculpe que le diga, pero no es un apunte muy perspicaz de su parte
-Lo sé, tiendo a decir cosas obvias
-Y a hablar con extraños
-Por eso me dejó mi esposa
-¿Por hablar con extraños? ¡Pero que tirana!
-No, por decir cosas obvias
-¡Pero que tirana!
-Si, pero da igual, total, eso fue hace mucho
-Lo siento, pero si la mencionó fue por algo
-No se preocupe, y en parte tiene razón, si la mencioné fue por algo, pero no quisiera hablar de eso.
-Entonces asumo que quiere hablar de algo.
-Pues sí, es cierto que a veces se llama a alguien sin saber bien para qué, pero no es mi caso
-Y de qué se trata
-No, de ninguna manera pienso contarle, lo aburriría a muerte, mas bien lo…
-Espere, hay ruidos abajo, ahora vuelvo
-No se demore

-Ya. Debió ser un gato, en qué íbamos?
-No recuerdo, demoró usted mucho
-Discúlpeme, pero ya sabe cómo son las cosas en estos días, un descuido y uno termina golpeado y en calzoncillos viendo como se culean a su esposa un par de adolescentes drogados.
-Bueno, no hay que ser tan paranoicos, las cosas pasan cuando tienen que pasar y ya sé que es una estupidez esto que digo, disculpe, no estoy de humor para tener una conversación de esas en las que no se dice nada.
-Si quiere podemos cortar la conversación aquí.
-No, la verdad me gustaría seguir hablando. La oportunidad de hablar con un extraño no se da todos lo días, y resulta que usted es un extraño que me agrada
-Déjese de estupideces, si eso de hablar con extraños es de lo más común, o acaso usted no habla con quien le vende el pan, con los cajeros, con los taxistas, con señoritas al otro lado del teléfono, a quienes les pagan precisamente por eso.
-Si, pero usted sabe bien que no me refiero a ese tipo de conversaciones, sino a una como esta.
-Perdone usted que siga siendo descortés, pero no le veo nada de particular.
-Entonces para usted es normal quedarse hablando con quien llama equivocadamente a su casa?
-Ya le dije que no es mi casa, ni siquiera me sé el número. Y sí, lo encuentro perfectamente normal, tan normal como hablar solo por la calle, o preguntarle a un perro si tiene frío. Son cosas que hacemos, por que debería sorprenderme algo así?
-Tal vez tenga razón, pero no quiero seguir alentando su argumentación inocua sobre un tema que tanto a usted como a mí nos tiene sin cuidado. Y en cambio sí me interesa saber qué hace usted allí a esta hora, siendo que no es su casa.
-Antes de decir cualquier cosa, tengo que aclarar, por el bien de la lógica gramatical y circunstancial, que no necesita esta ser mi casa, para que yo pueda contestar su teléfono, y si, sé bien que fui yo el que sugirió semejante barbaridad, pero tal vez pretendía tan solo retarlo de alguna manera, para sacarlo de esa lógica cartesiana, que lo lleva a inferir cosas equivocadas. Pero lo único que logré fue comprobar lo que me temía, usted es una de esas personas a las que tienen que decirle de qué color son las cosas, para que empiecen a verlas, así el color no corresponda con la realidad física, que como bien sabemos, es bastante escurridiza en estos tiempos de teorías del caos y de órdenes aleatorios.
-Y de violaciones a domicilio
-Exactamente.
-Y de conversaciones con extraños, que resultan de una lucidez exasperante.
-Lo mismo digo.
-Lo único claro es que usted está en la casa de mi amigo Raúl.
-Y que no sé quien es, por lo cual surge una pregunta realmente inquietante, y es la siguiente: ¿qué carajos hago en esta casa, siendo que no hay nada que me una a ella y a sus habitantes? Y de esa pregunta emana una respuesta aún más controversial y temible. No sé.
-Pues me temo que yo tampoco.
-Si, créame que no esperaba otra cosa de usted.
-Gracias por la sinceridad, es un elemento bastante inusual entre dos personas que apenas empiezan a conocerse.
-Si, pareciera que para llegar a ella, tuviéramos que vivir una vida juntos, y llegar a la conclusión inevitable…
-¿Que el matrimonio es el mal menor?
-No, que alguien va a entrar, y lo más aconsejable es que me vaya de acá, no quisiera alarmar inoficiosamente a su amigo Raúl.
-Pues es muy considerado de su parte.
-Lo sé. Fue interesante hablar con usted, al menos mejor que estar acá esperando.
-¿Esperando qué?
-Que llegara su amigo, para finalmente poder verlo.
-¿Para que quería verlo?
- Lo tengo que dejar, fue un placer, chau.
-Espere…, no se vaya. Mierda.

domingo, octubre 01, 2006

Conversaciones conmigo mismo

Ya está. Aquí te encuentras tecleando pausadamente, como si las ideas (o como le digas a eso que escribes), lucharan por salir, por existir fuera de ti mismo, y se hicieran añicos en el camino, antes de poder constituirse en una palabra, en una frase, en algo. Y de qué querías escribir, siempre parece que tienes algo en mente, o eso dices, o eso nos haces creer, y al final no es nada.

Sí hay algo, yo lo sé, sólo que tanto preámbulo hace que pierda el impulso creador.

Excusas, no haces más que excusarte, amparado en esa extraña cualidad que te permite ser en alguien, sin que hagas mayor cosa por merecerlo.

No se trata de eso, no únicamente. Lo reduces todo para hacerme creer la mentira de mi rostro, de mi mirada. Pero insisto en lo que sí creo, en ese momento de lucidez único, que aunque desgastado y corrompido por las palabras, tiene la suficiente veracidad como para creerlo una excusa.

No sabes de qué hablas.

No, en eso sí tienes razón, no sé de qué hablo, ni sé por qué escribo. Tal vez para entender el malestar haya que salirse de los convencionalismos del propio malestar, de sus implicaciones, no pensar en él como un problema, sino como la razón misma de la creación, está ahí para sacudirme, para aventarme hacia mi mismo. Y por eso escribo, porque no podría concebir de otra forma este momento.

Deja ver si te entiendo. Escribes para evitar caer en el círculo que te lleva al malestar…

No, precisamente lo contrario. Escribo para sentir el malestar finalmente, para definirlo, crearle contornos y colores, saber de qué esta hecho, y así poder decir lo que sea sin el temor de estar perdiendo el tiempo.

Es algo confusa tu argumentación, lo que me hace pensar que no tienes temor a ser incomprendido, o que crees que la incomprensión es lo natural, que lo inusual está en ser comprendido, y que perder el tiempo es luchar por la claridad, cuando se sabe bien que lo que vamos a decir no es claro, no puede ser claro.

Justamente. Cómo podría adelantarme al momento creador y saber qué pasará cuando pasados los preámbulos, me encuentre frente a la pantalla, haciendo de esa claridad mental, de ese momento de lucidez, una confusión de lenguaje. Es imposible saberlo, y por eso no creo en los escritores que sólo juegan cuando saben que van a ganar. Y como ves la cosa se está concretando. Estoy hablando de literatura, del momento crítico de la creación literaria, donde aquello que sientes y piensas pasa a convertirse en materia legible, pasa a ser algo por sí mismo, aunque dependa de uno hacerlo un monstruo indeseable, o un simpático ser extraño, o un monstruo simpático, nunca un ser extraño indeseable.

Te pierdes en el lenguaje, ese es tu problema, tu malestar si prefieres. No crees en el poder de las historias, caes en el lugar común de quienes son incapaces de contar algo de principio a fin y nos dejan con una idea, sea o no chantaje, su poder está en dejarnos con algo. En cambio tú te escudas en la ambigüedad del lenguaje, en su juego intrínseco, y no juegas si quiera, no te atreves a levantar las cartas y ver con qué cuentas.

Me alegra que seas tú mismo el que plantea la cuestión en términos lúdicos, porque me hace saber que para ti también es un juego, que en el fondo no es lo que se cuente, ni como se cuente, sino la capacidad que tenga de hacernos jugar. Cuando te dan un rompecabezas, sea de diez o cinco mil piezas, sabes de antemano que te enfrentas a un reto difícil, pero tienes la certeza de que hay una solución. Cuando lo resuelves, te quedas con la satisfacción de haberlo logrado, pero pierdes el placer de jugar. Ahora imagina un rompecabezas con un número infinito de piezas, ¿te atreverías a jugar sabiendo que nunca podrás llegar a la totalidad del resultado, a su solución definitiva, que te tendrás que conformar con fragmentos del mismo y unirlos imaginariamente para quedarte con algo?

Un rompecabezas con número infinito de piezas es una aberración. Y no es que nadie se atrevería, sino que nadie querría hacerlo. Necesitamos la certeza, no necesariamente del resultado, sino de un fin, tiene que estar en uno si juega o no hasta el final, no en la concepción misma del juego.

Pero que aburrido que eres. Bien sabes que la vida es un rompecabezas finito, como para andar amarrándola en sus aspectos menos comprensibles al detestable juego de marcos con los que jugamos. Los rompecabezas nunca tienen fin, son una ilusión con la que nos reconfortamos para poder ir a dormir tranquilos, pensando que el malestar se halla en esa pieza que aún no ha encontrado su lugar, pero la verdad es que todo rompecabezas es una ventana, donde vemos parte del paisaje como un todo, porque el todo desde una ventana es inconcebible, el todo sólo es concebible desde la nada. Esa pieza faltante nos resuelve un fragmento de la realidad, pero pretender que es la realidad en sí, es lo verdaderamente aberrante.

Y como siempre no llegas a nada.

Tal vez no, mejor no hablamos más por ahora.

Si, me parece bien, ponle punto final y vayamos a ver televisión.

No, en eso si no te pienso hacer caso, mejor

viernes, agosto 11, 2006

Ahora sí completas

Instrucciones para leer correspondencia ajena

Sí, ya sé, nadie escribe como antes. Las cartas dejaron de ser de papel (sólo aquellas que sirven a la burocracia de turno, con los consabidos inicios respetuosos: señores, ñoras y demás títulos respectivos, o no, que nunca importan y sólo ayudan a llenar el papel de tinta, escupida casi silenciosamente por máquinas increíbles; en fin, sólo aquellas, siguen teniendo una presencia física. Mas esas cartas no suelen ser tan interesantes, como para andar escribiendo instrucciones para leerlas; usted sabe bien que me refería a las otras cartas, las privadas, las que se escriben entre amigos y enemigos, amantes y desconocidos con pretensiones amatorias, pero esas cartas ya casi no se escriben, y si se escriben, se hace en su versión posmoderna: el e-mail, o correo electrónico, imitación virtual que a velocidades inhumanas, es capaz de entregar mensajes tan elocuentes y complejos como: ya llegué, vivo con un paquistaní y un negro, así que la cosa esta muy Benetton, jejejeje, espero consiga trabajo rápido, abrazos. Y bajo la custodia de una clave esperan a ser leídos, algunas veces respondidos, y siempre eliminados permanentemente, por lo que estas instrucciones tendrán que ser modificadas antes de empezadas, y hasta podrían anularse, si la modificación no justifica el ampuloso título, ampuloso como la palabra ampuloso, y como este paréntesis que parece no acabar).

El título adecuado para estos tiempos sería:

Instrucciones para leer correspondencia antigua, y obviamente ajena, o, Cómo invadir cuentas de correo electrónico sin ser descubierto, y otras aventuras de hackers.

Pero para el último título en realidad no tengo instrucciones. Así que mejor me concentro en lo primero, lo de las cartas, y haré caso omiso al hecho de que su aplicación sea obsoleta; tendrá el sabor triste y morboso de viejos documentos, como el de un libro de física antes de la teoría de la relatividad, tal vez elocuente y tremendamente estudiado, pero sin duda inútil, bellamente inútil.

Instrucciones (por fin)

No las abra, espere a que su destinatario lo haga por usted. De paso se ahorra el engorroso trabajo de evitar romper el sobre, y el posterior de comprar uno parecido para reponer el que irremediablemente rompió. La estupidez no es recomendable en casi ninguna situación de la vida, y esta no es la excepción, así que lo mejor es que espere; si tiene suerte, la recompensa de lo leído, le hará olvidar las horas o días que estuvo esperando tras el contenido esquivo de la carta, y si sólo llegó a ella por pura curiosidad, mejor, nada como encontrarse con la sorpresa de una prosa inesperada, de esa persona que usted ya había catalogado y puesto en su respectiva casilla, estas cosas siempre cambian las perspectivas; tienen un poder trasgresor, por no decir iniciático y sutilmente oscuro.

Pero antes que nada (disculpe usted el desorden) tiene que saber con claridad en qué condiciones encuentra la carta, bajo qué papeles distractores, en qué cajones aparentemente llenos de ropa, entre qué páginas de qué libro; de otra manera no logrará usted, nada más que posibilitar que lo pillen, y si hay algo más mal visto que leer cartas ajenas, es ser atrapado haciéndolo. Son necesarias precauciones excesivas en este punto, a veces, tan sólo un cambio sutil de lugar, digamos, unos simples centímetros, son interpretados por el dueño, o dueña de la carta, como la prueba inequívoca de que alguien estuvo husmeando. Sea cuidadoso, estudie la persona y la proveniencia de la carta, analice, no tome la decisión de leer la carta, sin antes haber pensado en estas cosas.

Ya casi estará listo, pero aún falta asegurarse de que no haya nadie a su alrededor. No se confíe. Los peores secretos terminan revelándose cuando se cometen descuidos de este tipo. No crea en los horarios rutinarios, siempre puede haber algo que cambie de repente la rutina, y un olvido de, por decir algo unas llaves, suele ser común en estos tiempos, así que no se precipite, si ya tuvo paciencia para esperar a que el sobre fuera abierto, no le faltará para esperar a que se encuentre verdaderamente solo.

Ahora disfrute el momento. Saque la carta de su sobre, o si ya no se encuentra dentro de un sobre, desdóblela. Sienta las particularidades del papel, su textura, su grosor, su diseño. Ya con las palabras saltándole a los ojos, tómese su tiempo para ver el color de la tinta, la dimensión de los caracteres, hasta puede acercarse para verificar si un perfume tocó el papel. Recuerde que está solo, y que todas las precauciones que ha debido tomar fueron tomadas, por lo que preocuparse, resulta inoficioso, lo único que haría es entorpecer ese momento de privacidad que usted tiene con la privacidad de otros. No subestime los alcances de su hazaña, ni pase detalle alguno. Lea la dedicatoria, de allí muchas cosas pueden ser deducidas, lo usual es que las tengan; por mínimas o comunes, hablan de quien escribe. Siga adelante, disfrute la puntuación, o la ausencia de ella, la ortografía, goce cada palabra como si de cada una se desprendiera la clave para llegar al otro, para entenderlo. Siga hasta estar complacido por completo, y por favor, no se arrepienta a estas alturas, después de tantas molestias, asuma lo que hizo como un hecho irrenunciable. La persona a quien iba dirigida la carta cambiará para usted, la persona que la escribió empezará a ser otra, y en el caso de que no conozca a ninguna de las dos, o demás personas que pueden estar involucradas, cambiará usted. El alcance de lo leído sólo lo sabrá usted.

Ahora haga todo lo posible por dejar las cosas como estaban, si no tiene buena memoria, y cree que es necesario anotar la posición exacta de los objetos antes de empezar, hágalo (ya sé, el orden no es mi fuerte).

Finalmente puede irse tranquilo, o no tanto (las cartas suelen alterar la tranquilidad), a hacer lo que más le plazca, pero estoy seguro, que por unos días, lo que haya leído volverá a usted de maneras extrañas. Ya nunca será el mismo.

martes, agosto 01, 2006

El arte de no hacer nada

Ejercicio de libre asociación de palabras según Word 2003 y su escribiente de turno

Este es el comienzo de un brote de pezones de fresa, despedazados por una cortadora carnicera, cruel y carnívora, una bestia en bruto, rústica como pueblerina sencilla, franca y humilde. Qué bonachón infeliz más miserable, el que sórdidamente trasquiló sin dificultad aparente, la falsa duda quimérica, legendaria y caprichosa cual tarambana bulliciosa, movida por los vientos rancios, de viejo y primitivo origen. Umbral de todo quicio, madero rollizo con el cual corpulentas gordas mofletudas y carirredondas, o hasta carihartas de tanto besar hocicos laicos, legos y carnales, lubrican sabios eclesiásticos, presbíteros de poca monta, acoplados por insuficientes y limitados circunscritos circundados.

martes, junio 06, 2006

Otro par

Olvido

Franz se puso a escribir como pudo, a pesar de que la tos no lo dejaba en paz un solo segundo. Era una carta dirigida a su amigo Max, en la que le ordenaba quemarlo todo. Cuando este la recibió, fue adonde le indicaba, recogió lo que encontró en distintas cajas y lo poco que había sobre el escritorio. Lo llevó a un lugar solitario a las afueras de Praga, allí lo roció todo con alcohol y encendió un fósforo. Antes de lanzarlo a la pila de papeles, pensó que mejor se guardaba uno de esos escritos, así que cogió una hoja de papel húmeda por causa del alcohol, y después de doblarla se la metió en un bolsillo. Camino a casa recordó la hermosa llama azul que propició y se alegró de haberlo hecho.

Su esposa Cogió el pantalón para lavarlo, y al revisar sus bolsillos se percató del papel, lo sacó y al darse cuenta de que en vez de palabras había un manchón de tinta, se decidió a botarlo.

Esa noche le preguntó a Max si el papel que tenía en el bolsillo era importante. El le lanzó una mirada inquietante y después de unos segundos agregó: no era nada, tranquila que no era nada.

Anticristo

Ese día al bañarse se percató de que en su pecho campeaban seis pequeños lunares. Cumplía sesenta y seis años, y si no fuera porque su nieto menor lo fue a llamar al baño, habría llegado tarde a la fiesta que le tenían preparada sus otros cinco nietos.

domingo, junio 04, 2006

Cuatro minicuentos de guerra












Mc Donalds y su aporte innegable a la estética bonarense


Insomnio

De su estómago brotaba sangre estrepitosamente, no podía creer que era eso para lo que me habían entrenado con tanto esmero y dedicación, que era eso por lo que sacrifiqué tener una vida normal. No me sorprendió que intentara apuntarme, ni que su bala me haya golpeado una pierna, era su última oportunidad de morir por alguna causa. Yo tenía que terminar con aquello y hacerlo de cerca, para saber finalmente de qué se trataba El Enemigo. Caí a su lado algo adolorido y pude ver las contorsiones de su cara, causadas, imagino, por el dolor. Oír sus gritos sordos que me maldecían indirectamente; yo entendía ese dolor, también era un poco mío. Pronto moriría, clavando esa mirada inexpresiva de los muertos en mi mente. Mi enemigo era él, pero él ya no está, ahora es sólo su mirada indolente que viene a visitarme todas las noches cuando pretendo dormir, como si tuviera una vida normal.

Irak

Cuando tengo miedo cierro las ventanas e ignoro lo que pasa afuera, pongo la música que mas me gusta a todo volumen y así, precariamente, logro atenuar un poco el estruendo de los bombardeos. Al rato logro tranquilizarme y hasta puedo quedar dormida a pesar de tanto ruido. Me pregunto cómo harán los que sienten miedo y no tienen ninguna ventana que cerrar y nada de música para atenuar el estrépito de los bombardeos.

Intercambio

Hoy mataron a mi hermano. Detrás de la puerta está ella, puedo oír sus gemidos. Mi padre intenta consolarla y de esa manera se consuela a él mismo. A mí nadie me va a consolar, vendrán más tarde a decirme que mi hermano se fue a estudiar a otro país de intercambio.

Realidad

Desde que su hijo regresó, no volvieron a alquilar películas de guerra, pues a él todas le parecían falsas.

sábado, mayo 27, 2006

microlingotes












El señor presidente, antes de salir a la rueda de prensa fue al baño y al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que su corbata no salía con el traje que llevaba puesto. Durante la rueda de prensa no dejó de pensar en ello.


El pianista erró una nota, después otra y luego una más. De ahí en adelante nadie supo qué sucedió; más pesaban sus errores.


Ese día lo escogieron a él para tocar el timbre que marcaba el final del recreo. Pensó en que podría alargarlo hasta que quisiera, por eso fue a tumbarse a un prado y se permitió dormir. Al despertar no vio a nadie; supo entonces que alguien ya había hecho su tarea.


Nunca se había escapado del colegio. La primera vez que lo hizo se la pasó pensando en qué estarían haciendo sus compañeros mientras caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad con un cigarrillo entre los dedos.


Si dejara de pensar en ti me vería obligado a pensar en otra cosa, pero sé que fuera lo que fuera, terminaría relacionándolo contigo.


El profesor habla sin parar, yo mientras tanto me lo imagino desnudo en medio de un desierto.


Este cuento acabara cuando termine esta frase.


Cuando tenía muchas cosas en la cabeza, no podía escribir nada, y cuando no tenía nada escribía muchas cosas, pero igual no le gustaban.


Antes de saltar pensó en la sonrisa de su novio. Los que lo vieron bajar dicen que parecía tranquilo, pero nunca lo sabremos.

lunes, mayo 15, 2006

Un cuento subidito de tono, los muy sensibles abstenerse



















Inocencia

Te fuiste poniendo tenso. La conversación era tan cotidiana para mí, que el hecho de ver tu incomodidad, allá atrás, mientras dejabas que los otros hablaran por ti, sólo me produjo risa. Ahora me pareces tierno mas que risible. Te llevaste la lata a la boca e intentaste un trago largo de cerveza, digo intentaste porque la lata estaba vacía, la recogiste del suelo donde se encontraba tirada de lado y abierta. Yo te vi recogerla mientras acordaba con tus amigos los costos de toda la faena que pretendían regatear, como si yo debiera responder a sus ahorros de estudiante, a sus insignificantes ofertas. Si lo hice fue por ti, por tu torpeza con la lata, por tus mejillas de lata-doras, porque contigo sabía que sería distinto. Son cosas que una sabe de tanto trabajar con hombres. Tus amigos ya lo habían hecho. Los despachó una noche Carla con sus nalgas prepotentes en un motel barato del centro. Yo estaba con ella antes de que vinieran y se la llevaran en su carro prestado. Se les notaba la inexperiencia. Antes de decidirse dieron unas tres vueltas por la cuadra, miraban con pudor, como avergonzados de sus deseos. Así son siempre la primera vez, después no dudan en pedirte que se las mames sin parar, no escatiman en gemidos ni palabras que no dejan de darme risa. Eso mamita, chúpamela bien rico. Qué gracioso debe sonar eso de la boca educada de uno de tus amigos. La Carla me contó todo de la primera noche con ellos, el tamaño de sus penes, la cantidad de semen, la forma y color de sus calzoncillos, la cara que ponían antes de venirse. A ella le encantan esos detalles, es una estadista. Lleva un resumen detallado de todos sus encuentros en un cuaderno que se compró un día que estuvimos de paseo por el centro. Era temporada de compras escolares y las familias andaban revoloteando fastidiosamente por todo el comercio. La carla cogió un cuaderno de los digimón, unos bichitos japoneses que andaban de moda por esa época. Desde ese día empezó su tarea científica. Ni la droga ni el alcohol impiden que cada día, ya en la madrugada, cuando se ha limpiado el semen del cuerpo (porque aunque las costumbres hayan cambiado, siempre queda algo que se resiste a entrar en su prisión de látex) y se ha bañado por horas con agua hirviendo, se ponga a escribir los datos recogidos durante el trabajo. Pero el día que tus amigos vinieron yo no estaba para niñitos de papi insoportables. La Carla no tiene escrúpulos, para ella todo es ciencia, entonces se los llevó y les explicó cómo funcionaba la cosa, para que cuando volvieran no fueran tan indecisos y estúpidos. Hoy acepté a tus amigos sólo por estar contigo. Cuando Carla los vio llegar, se alistó segura de que venían por ella, pero te vi atrás y tuve que pararla, decirle que esta vez iba yo. Tu verás, yo sólo lo hago por continuar con mi tarea, de otra forma mandaría a la mierda a esos chinitos malcriados y malapaga, dijo, mientras me dejaba libre el camino. Yo sabía que a ella le encantan los jóvenes y sus palabras no correspondían a sus verdaderos deseos, pero ella me respeta mucho, si yo le digo que me deje un trabajo, ella me lo deja. De todas formas después me hace contarle todo y lo anota en su cuadernito ridículo. Pero relájate más bien, que tus amigos no están por acá, estamos solitos para pasarla rico, si quieres claro. Esos amigotes que tienes son unos malpariditos, yo sé que tu eres distinto, si no quieres hacer nada no tienes que hacerlo, pero al menos relájate, o es que te parezco muy fea. Qué vocecita la que tienes, a duras penas te salen las palabras. ¿No te gusto? Entonces tranquilízate que te voy a hacer bien rico. Parece que nunca lo hubieras hecho, es eso, y no quieres que así sea la primera vez, qué guevoncito que eres, esperar a la mujer ideal, después te darás cuenta que eso no existe y te arrepentirás de no haberlo hecho conmigo, una experta que además empieza a quererte. Ven te vas quitando la camiseta, me muero por ver tu piel de niñito rico. Eso, ya ves que no es tan malo, es sólo cuestión de dejarse llevar, y tranquilo que tengo condones y estoy limpia. Te da asco como hablo cierto, qué boba soy, cómo voy a hablarle de esas cosas a un niñito de bien en su primera vez, pero es mejor que vayas aprendiendo, la vida es una mierda a veces, y tu, niño rico, deberías irlo sabiendo, esto no es sólo diversión, yo no soy sólo un hueco. Si, por eso me gustas, tu si me valoras. Yo a ti en cambio no, crees que me siento bien siendo rechazada, si soy la puta más linda que puedes tener en toda la ciudad, la más sana, agradece que no te tocó con la Carla, ella se le mide a todo, no te imaginas lo que me ha contado, qué te vas a imaginar si en tu mundo de dos cuadras todo es perfecto y yo soy una pesadilla, algo de otro mundo, un dato a ignorar. Al menos tus amigos son menos guevones en ese sentido, ellos no estarían tan aculillados como tu. Mejor te dejo en paz o vas a terminar odiando todo esto, y sobre todo a mí, que es lo que más me duele, porque aunque te haya dicho que eres un guevoncito, sé que lo digo por pura malparida que soy, por no dejarte creer que me tienes embobada con esa cara, esos ojos y esa voz que me dice que me deje tocar, que pare de hablar que si quiero que me paguen por eso, mejor me meta en política, y yo que creía que no serías capaz de decirme nada de nada. Lo tonta que puede ser una cuando cree que conoce a los hombres. Tu lo que te estabas era haciendo el pendejo conmigo, quien te viera tan hábil con esas manos suaves de pianista tocando carne ajena como propia, sin titubeos, como quien sabe lo que hace porque lo ha hecho muchas veces. Yo quería enseñarte niño bonito, pero no pares que eso que estas haciendo está muy bien, ni me di cuenta de cuando me fuiste empelotando toda y te sacaste la ropa. Eres más lindo de lo que pensaba, de espalda ancha y piernas peludas, justo como me gustan. Y todo ese ímpetu repentino me tiene enloquecida. No sabes, hasta llegué a pensar que eras marica. Qué equivocada estaba. Deberías dejarte tocar más, mira que soy una gran mamadora. Oye pero no seas tan agresivo, sólo quería hacerte saber que me encantaría hacerlo, no era para que te pusieras así, yo me dejo hacer lo que quieras pero no es necesario que lo hagas a la fuerza, eso si no me gusta. Dónde se quedó tu carita bonita, esa ingenuidad tan natural sorbiendo una lata vacía. Se quedó en la parte trasera del carro. Qué haces, te dije que no era sólo un hueco, suéltame bobo malparido, ve a tratar así a tus puticas enmascaradas del country club. Y para qué los llamas, nada de eso habíamos acordado. Quedamos en que estaríamos los dos solos todo el tiempo, no me gusta hacerlo mientras otros miran, no es que sea una puta moralista, es que una tiene sus preferencias y esto no me está gustando, no confió ni en tus amigos ni en ti, déjenme ir o grito malditos enfermos. Ay Carla, si me hubieras dicho que no, que el trabajo sucio te lo dejara a ti, la de la mente científica, la que se aguanta estos juegos que yo no entiendo. Los que tu libreta de digimon me cuentan todas las noches mientras espero que vuelvas. Yo no quería esto, yo quería al niñito rico de la cara bonita y la lata vacía, al de la voz entrecortada. Esto es otra cosa, una bestia que enbiste sin reparos, que me desgarra por dentro, que invita a sus amigos para presenciar mi caída y humillarme. No me merezco esto Carla, nadie me preparó para esto, no quiero que así sea, no en mi primera noche.

martes, abril 25, 2006

Una nueva ficcioncita















Esto y el otro

Supongamos que acá le presento al personaje. Puede que diga su nombre o puede que lo omita. Después lo pondré en un lugar y un tiempo. Aunque tal vez mejor lo deje en el limbo tempo-espacial (su ubicación de todas maneras corresponderá a su imaginario de lugares y tiempos, no al mío). Lo haré pensar en algo, en alguien, anhelar un lugar, un tiempo, recorrer una ciudad, una calle, una habitación, un bosque, la mente de alguien, lo dejaré quieto en un café, en una cama, en un escritorio, en una fila de supermercado, en una sala de espera. Estará en una situación definida y clara, o definida y confusa, o confusa e indefinida (eso dependerá de qué tan ordenada sea su lectura, de qué tan interesado esté en el cuento). Habrá más personajes, decisorios en la trama o meros trasfondos que darán sentido al ambiente. Tendrá coherencia o no, será fantástico o absurdo, o fantástico y absurdo (haga usted las variantes). Hablará por si mismo o a través mío o desde la voz de otro, o sencillamente no hablará, irá de lugar en lugar, sacudido por las situaciones. Para el final reservaré las usuales cadencias, buscaré un efecto o la ausencia total de él (en ultimas más efectivo). Y aunque todo lo anterior tiene un orden, cada parte puede ser autónoma, y constituir en si el cuento, o estar combinada con otras en orden aleatorio, dependiendo como ya dije, de qué tipo de efecto se quiere; o si no se quiere un efecto preciso, dejar abierto el cuento para posibilitar múltiples lecturas, más que las que el número de potenciales lectores pueda darle. Supongamos entonces, que le doy un nombre. Bien podría ser K o W, pero de seguro sabrá que K ya se ha usado en otras historias, por le que mejor opto por el segundo, W. Ya lo tengo, está ahí, asomándose por esta página virtual, ya es algo, pero aún no es nada. Qué hace, qué piensa, dónde vive, con quién vive; puede que sean cuestionamientos útiles a la hora de definir su carácter, su personalidad, eso sólo lo sabrá usted, para quien W es ahora un trabajador de oficina, que pasa las horas, los días, los años frente a una pantalla, viéndoselas con números y letras digitales. W es un cajero en un banco, y bien sabe que su trabajo lo hace una máquina que no descansa nunca, que despacha billetes, paga servicios y transfiere dinero a una velocidad de máquina, es decir, no humana, más rápido. Pero eso no le molesta a W, la verdad, su trabajo le tiene sin cuidado. Podría decir que W, en realidad se llama Walter, y vive solo en un apartamento del centro, o que es solitario y virgen, y cada noche se masturba dos veces para poder conciliar el sueño, podría decir en qué piensa mientras lo hace o que no piensa en nada ni nadie, pero ya dije demasiado. Ahora es alguien, y usted empieza a visualizarlo, lo ve detrás del aparador del banco, con su peinado ridículamente anticuado, con sus maneras refinadas y artificiales. Lo imagina en su cama de noche, moviéndose frenéticamente bajo las cobijas hasta que llega el último gemido, el definitivo. Pero no le dije que él no se masturbaba en la cama, como era previsible, sino en el baño, frente al espejo. Detalles que puedo obviar a mi antojo, dependiendo como ya le dije, del efecto. Podría dejarlo así, en sus días monótonos y en su onanismo exasperante. Pero nada de eso tendría mucha gracia. Mejor aprovechar que ya lo ve, que es alguien en quien usted cree, es realidad. Ahora lo quiero sentado en un parque, leyendo un libro de autoayuda, o el horóscopo del día. Que sea el horóscopo entonces y que diga lo siguiente: No es bueno por ahora corresponder a todas las actividades sociales, la verdad es que esto puede crearte serios problemas económicos por falta de control en los gastos. Tus logros vienen del apoyo familiar. Walter termina de leer esto y piensa en lo estúpido de todo aquello. Su vida social es inexistente, y por lo tanto el dinero destinado para ello espera vanamente justo en el mismo banco donde trabaja. Su familia le dejó de hablar hace 6 años, cuando decidió irse de casa para aventurarse en un viaje a todas luces absurdo por América del sur, que lo sumió en la melancólica seriedad con la que desde entonces asume los días, por no decir que la vida. Usted ve a Walter pararse de la silla, porque sin duda estaba sentado en una silla de ese parque,y sabe que sus pasos torpes corresponden a un estado de ánimo. Lo ve deambulando por la ciudad con la firme intención de simplemente estar por ahí. Está acaso dirigiéndose hacia un supermercado, puede ser, aunque puede ser una droguería, o un supermercado con droguería. Nuestro Walter come y se enferma como todos, pero usted intuye que no va a comprar alimentos. Lo vemos de nuevo en el apartamento (yo también empiezo a verlo fuera de mí), sacando lo comprado de las bolsas. Qué saca de ellas, por qué se dirige al baño. Lo que sabemos ahora es que se encierra allí. Pasan minutos sin que tengamos noticias de él, hasta que oímos un grito similar a un gemido, o un gemido similar a un grito, después el silencio. Walter está tirado en el suelo del baño, inmóvil. Si vamos un poco más arriba, sobre el lavamanos vemos un montón de papeles, que bien podrían ser una extensa nota suicida, pero pronto nos damos cuenta que los papeles son una revista, y que en ella hay semen derramado. No habría que agregar nada más, usted sabe bien que W saldrá del baño, y que se masturbará de nuevo en la cama para poder conciliar el sueño. El cuento ha terminado y su afecto es definido e intencional. Pero queda algo más por decir, y es que usted, un lector perspicaz y sabio, sabe que el cuento no fue ese, sino este que aún continúa. Y que a los dos nos hubiera gustado que fuera sólo el otro.

lunes, febrero 20, 2006

Con inicio nudo y desenlace

Caída

Quería que fuera una sorpresa. Habían pasado meses desde la última vez que se vieron. Hablar implicaba contar cosas que nunca se entienden bien por teléfono, y por lo tanto mentir; además odia tener ese tono cordial y distante con alguien que quiere tanto, ese tono que el tiempo se encarga de definir y que sólo lo inesperado puede alterar; por eso el viaje improvisado, por eso el regalo en su espalda, peleando un lugar en el morral negro comprado en alguna rebaja, con el sánduche de salame, queso feta y lechuga que siempre se hacía para sus viajes.

Viajaba ansioso por el reencuentro y porque volvería a la ciudad, la que despertaba en él una energía inusitada, un desenfreno que en su plácida y aburrida ciudad nunca encontró. Pero no sabía bien qué, en especial, lo ponía tan nervioso (Porque si primero dije ansioso, fue para darle un matiz menos severo, menos preocupante, pero la verdad es que sentía nervios).

La última vez dejó sus secuelas y ahora volvía para sacudírselas en el mismo ambiente. De alguna manera sus motivos eran muchos, pero se concretaban en el deseo de querer verlo de nuevo, lo otro sería una consecuencia de ese reencuentro.

Los audífonos estaban al máximo, le gustaba ver los paisajes desoladores de invierno con el filtro sonoro de sus caprichos musicales reventándole en los oídos. Escuchaba el último disco de Radiohead; su música parecía creada para ese momento, para un estado de ánimo como el suyo: inexplicablemente depresivo. El tren llegó sin retrasos, justo cuando el sol empezaba a ocultarse y la noche larga iba consumiendo piedra a piedra la ciudad.

Se deshizo con dificultad de la estación. Antes pasó por los baños del Mc Donald’s porque no le gustaba usar los del tren (parte de las secuelas estaban en ese lugar y quería poner a prueba su sistema nervioso). Orinó y salió sin verse en el espejo. Los audífonos se los había quitado antes de bajar del tren, así que afrontó la realidad sin banda sonora. Caminó por entre el caudal de gente hasta encontrarse del otro lado de la calle y comprobó finalmente que nada estaba tan mal como su corazón le hacía pensar, dentro de poco lo vería de nuevo y podría recuperar la tranquilidad que las estaciones siempre le arrebataban (pero bien sabemos que se encontraba intranquilo desde antes).

Bajó del autobús en un lugar impreciso para su memoria, creyó que recordaría donde se encontraba el edificio, pero siempre (tan sólo dos veces) había llegado con él caminando. Sin embargo no tardó en ubicar la pizzería donde por primera vez probó ese dulce sin igual que es el mascarpone. Quedaba justo al lado del edificio de apartamentos donde él vivía con otros estudiantes. Timbró y esperó a que alguien abriera. En la calle no había casi gente, a esa hora preferían estar en sus casas resguardándose del frío. No hubo respuesta. Timbró de nuevo y ya impaciente comenzó a mirar hacia arriba, como si de eso dependiera que en el apartamento se dieran cuenta de su presencia. Nada. Se pegó al timbre hasta que una vieja que venía caminando se acercó y con la actitud de quien demora la cosa, timbró en algún apartamento, una voz desde el intercomunicador le gritó que quien era, ¡SONO IO!, dijo enfática, y la puerta se abrió como respondiendo a una clave. La vieja lo miró al pasar y por alguna razón que aún desconoce, le sonrió mientras pasaba a su lado, demorando sus pasos. Con el pie trancó la pesada puerta y esperó a que la vieja subiera, no quería que pensara que era un ladrón.

Si timbrar desde afuera había sido inútil, desde adentro fue ridículo, era evidente que no había nadie (pero por qué insistió tanto). De nuevo en la calle, con su morral negro en la espalda, caminó hacia el centro de la ciudad (quiso caminar hacia el centro, pero sus pasos escogieron un camino desconocido. Si ponerse en marcha y pasar la calle en una ciudad, fuera tan fácil como suena, no tendría porque precisar nada de esto).

Poner el pie en la otra acera y seguir hacia donde las luces brillaban más; no le costó trabajo alguno, fue pasar por aquel parqueadero lo que terminó por definir la dirección de sus pasos y lo que en últimas, empezó por augurar una noche extraña (¿así lo quería?) no lo sabía, pero siguió el juego, una ceremonia lo esperaba en el umbral de ese parqueadero. Era cuestión de sutilezas, de simples detalles que un ser urbano coge al vuelo. El carro esperó a que él pasara y después entró al parqueadero. Una operación aparentemente ordinaria que si no fuera por la mirada de reojo, no se hubiera desatado (pero mirar de reojo cualquier cosa era su manía, no podía castigársele por eso). Pasó justo en frente del carro rojo y miro sin detallar a su ocupante, miró por mirar, por reflejo. Media cuadra más adelante el mismo carro salía del parqueadero y le seguía los pasos. Su corazón se disparó. Supo entonces que esa simple mirada había generado el primer eslabón de una cadena de sucesos; otra historia en la urbe, esta vez él sería el protagonista, el juego había empezado. Pero no estaba seguro, el carro pudo no encontrar puesto en ese parqueadero y salió en busca de otro (si fuera sólo eso no se justificaba el ritmo desbocado de su corazón). Dio media vuelta en la esquina y caminó hacia el parqueadero, sin perder de vista (siempre de reojo) al carro rojo, que pareció perderse entre las calles. Se detuvo delante de la entrada del parqueadero, no podía seguir en esa dirección, tenía que seguir por donde iba, así que retomo su camino hacia las luces brillantes del centro, las que se insinuaban por encima de edificios no muy altos y se reflejaban rojizas en la masa informe del cielo. No tardó en aparecer de nuevo, volvía y lo hacía evidente todo. Estaba ahí por él, lo buscaba. No podía esperar más, el juego se hacía monótono de esa manera, tenía que hacer algo, o paraba o corría, por supuesto corrió.

Sí, corrió, aceleró como el carro rojo que parecía empeñado en no darle tregua, en llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias (hasta ahora empezaba a saber qué significaba esa frase). La maleta galopaba en su espalda emitiendo un sonido estable, repetitivo, mientras los carros pasaban sin saber nada, sin intuir por qué corría ese muchacho a esa hora por esas calles; pitaban, estorbaban, maldecían. Corrió mirando siempre hacia adelante, corrió como nunca en su vida.

El carro rojo ya no estaba y la calle y la esquina y el parqueadero habían quedado atrás. Ahora sólo estaba el sonido de sus pulsaciones haciéndose un único y brutal espasmo que estremecía todo su cuerpo. Se sentó en el suelo. Descansó. Esperó.

Todos los carros, desde entonces, empezaron a tener ese color para él, pero en las multitudes del centro no importaría. ¿Donde estaba él ahora? ¿Con quien? (el episodio del carro había sido sólo un distractor, sus verdaderos temores acechaban de maneras menos evidentes).

Ver la estación desde el puente lo reconfortó. Estaba cerca (¿de donde?) de aquello, de todo el ajetreo nocturno de la ciudad.

En el centro decidió entrar a un bar. Conocer a alguien; aunque fuera una posibilidad lejana, seguía siendo una posibilidad (en verdad le hubiera gustado). Parecía el más joven entre la multitud. Como pudo se acercó a la barra y pidió la primera de sus cervezas esa noche. La música no estaba mal. Sentado por fin en las sillas de la barra, pudo ver a través del espejo que suele adornar el fondo de las barras, cómo la gente se divertía. Hablaban, reían, se manoseaban, se besaban, bailaban; todos unidos en una hermandad de rostros relucientes y alegres, estaban ahí y parecían festejar el hecho de saberse en su lugar, de ser ellos sin pudor. Esa hermandad lo excluía de alguna manera (y eso le gustaba), se sentía un observador por convicción, no un simple excluido. Pidió otra cerveza y se quitó el morral, era estúpido querer estar ahí como observador con un morral en la espalda. Lo acomodó a sus pies y continuó con su ritual de observador. A su lado hombres y mujeres intercambiaban palabras, parecían comunicarse, entenderse. Supo que quería emborracharse.

La noche se le esfumó ahí dentro y también su dinero. Sin estar borracho y sin haber conocido a nadie (es decir, con los ánimos de quien no gana nunca), se encaminó de nuevo hacia el apartamento. Las calles atestadas aún, mantenían el vigor y el ritmo desenfrenado del que huía. Si en el bar se sentía un excluido por convicción, en la calle estar sin lugar era su única opción. Hubiera querido sentarse a llorar (imaginaba que a alguien le podría interesar preguntarle qué le pasaba), pero no lo hizo. En el instante en que dos siluetas se le acercaron y se fueron definiendo como dos jóvenes de rasgos árabes, se acordó de su morral, ya no lo llevaba en su espalda ni en ninguna otra parte. Los dos jóvenes pasaron a su lado y lo vieron detenidamente, lo agarraron, uno por delante y otro por detrás, aterrándolo con fuerza de los brazos, le pidieron la billetera (a duras paneas entendía lo que estaba pasando), lo golpearon en la cara y el estomago, después se alejaron corriendo con su billetera en las manos. Esperó tendido en el suelo, espero recobrar alguna fuerza, pero si se paró, fue por la necesidad de no parecer un mendigo, sus fuerzas las había devorado la ciudad. No volvió al centro por su morral, lo sabía perdido; sus pasos lo alejaron de la agitación del centro, lo llevaron por el puente de la estación, donde de nuevo se detuvo a mirar los rieles y los vagones olvidados, algunas personas esperaban un tren nocturno que los llevaría lejos de allí, lo condujeron por la ruta que antes había hecho corriendo, escapando del carro rojo, lo llevaron de nuevo al parqueadero, y finalmente a la puerta del edificio donde él lo recibiría.

La niebla desdibujaba todos los contornos esa noche, parecía una ciudad desenfocada, fantasmal, además estaba medio borracho. Se le antojó estar en una pesadilla, y de esa manera toda su desdicha cobraba sentido, había sido parte de un plan siniestro de Morfeo, la realidad no podía ser eso que acechaba en cada calle, ese miedo indefinible.

Se acomodó como pudo en uno de los escalones de entrada al edificio, el sueño vino sin darle espera, se sentía agotado y embriagado de tristeza.

Nunca oyó la puerta abrirse, a pesar del chillido que hacía. Cuando la voz de una vieja lo llamaba desde el fondo de su cabeza, una voz que podría ser la de madre o su abuela, despertó sin sobresaltos, abrió los ojos y ella estaba allí. La vieja de la sonrisa de la noche anterior lo estaba llamando, lo despertaba y lo conducía dentro del edificio, lo hacia subir las escaleras y entrar a un apartamento. Aquel lugar olía a sabanas limpias, a edredones acolchados, a sopas espesas, a viejas ilusiones. Cuando la vieja empezó a desvestirlo no opuso resistencia alguna, su cuerpo se fue descubriendo con la rapidez de unas manos arrugadas, con la agilidad de la paciencia. Descubrió su abdomen amoratado, la piel impregnada de ciudad, de humo y sudor seco. La vieja hacía su labor desprovista totalmente de deseo, era ella con sus movimientos parsimoniosos desvistiendo un maniquí. Cuando le quitó los calzoncillos, terminó de arrumar toda la ropa en el suelo y lo llevó al baño. Caminó desnudo por ese apartamento desconocido, de la mano de ella, que se hacía más joven y eterna con cada gesto. La tina estaba llena y caliente. Se miró al espejo y vio a un joven desnudo, con una mejilla herida, moretones en el cuerpo y una belleza melancólica. El contacto con el agua lo devolvió a la vida. La vieja lo dejó solo, volvió a la habitación y recogió el bulto de ropa del suelo.

Pasó mucho tiempo ahí dentro. Detalló cómo su piel se fue arrugando poco a poco. La vieja volvió y le tendió una toalla. Sintió pudor esta vez. Con la ropa que había dejado sobre una silla del corredor se vistió. Era ropa vieja, pero estaba limpia. Pensó que era la ropa de un hijo que había muerto o que se había ido de casa para siempre. Desde el corredor pudo oír a la vieja llamándolo con un nombre que no era el suyo. En el momento en que la vio metiendo comida en un morral mientras cantaba una melodía, sintió ganas de quedarse para siempre. Sobre la mesa del comedor había una nota cubriendo unos billetes.

En la calle no quiso volverse a mirar a la vieja que desde la ventana lo llamaba con ese nombre extraño. Corrió con la certeza se saber hacía donde se dirigía, el morral galopaba en su espalda y los billetes con la nota que no quiso leer, aguardaban en un bolsillo del pantalón.

La estación estaba llena de gente. Pasó por el Mc donald’s y fue al baño. Mientras orinaba un chico lo miraba a través del espejo. Salió del baño ignorándolo, no se vio en el espejo. Compró un billete en el dispensador automático y se metió en un vagón. Le hubiera gustado ponerse los audífonos y escuchar algo de Radiohead, pero su música se había extraviado con el morral negro en el bar. Pensó en una canción y mirando por las ventanillas del tren, lo paisajes de invierno, supo que quería visitar a un amigo, de seguro lo sorprendería.

sábado, febrero 04, 2006

Ficción a medias (mientras la termino)



Reencuentro
Quería que fuera una sorpresa. Habían pasado meses desde la última vez que se vieron. Hablar implicaba contar cosas que nunca se entienden bien por teléfono, y por lo tanto mentir; además odia tener ese tono cordial y distante con alguien que quiere tanto, ese tono que el tiempo se encarga de definir y que sólo lo inesperado puede alterar; por eso el viaje improvisado, por eso el regalo en su espalda, peleando un lugar en el morral negro comprado en alguna rebaja, con el sánduche de salame, queso feta y lechuga que siempre se hacía para sus viajes.

Viajaba ansioso por el reencuentro y porque volvería a la ciudad, la que despertaba en él una energía inusitada, un desenfreno que en su plácida y aburrida ciudad nunca encontró. Pero no sabía bien qué, en especial, lo ponía tan nervioso (Porque si primero dije ansioso, fue para darle un matiz menos severo, menos preocupante, pero la verdad es que sentía nervios).

La última vez dejó sus secuelas y ahora volvía para sacudírselas en el mismo ambiente. De alguna manera sus motivos eran muchos, pero se concretaban en el deseo de querer verlo de nuevo, lo otro sería una consecuencia de ese reencuentro.

Los audífonos estaban al máximo, le gustaba ver los paisajes desoladores de invierno con el filtro sonoro de sus caprichos musicales reventándole en los oídos. Escuchaba el último disco de Radiohead; su música parecía creada para ese momento, para un estado de ánimo como el de él: inexplicablemente depresivo. El tren llegó sin retrasos, justo cuando el sol empezaba a ocultarse y la noche larga iba consumiendo piedra a piedra la ciudad.

Se deshizo con dificultad de la estación. Antes pasó por los baños del Mc Donald’s porque no le gustaba usar los del tren (parte de las secuelas estaban en ese lugar y quería poner a prueba su sistema nervioso). Orinó y salió sin verse en el espejo. Los audífonos se los había quitado antes de bajar del tren, así que afrontó la realidad sin banda sonora. Caminó por entre el caudal de gente hasta encontrarse del otro lado de la calle y comprobó finalmente que nada estaba tan mal como su corazón le hacía pensar, dentro de poco lo vería de nuevo y podría recuperar la tranquilidad que las estaciones siempre le arrebataban (pero bien sabemos que se encontraba intranquilo desde antes).

Bajó del autobús en un lugar impreciso para su memoria, creyó que recordaría donde se encontraba el edificio, pero siempre (tan sólo dos veces) había llegado con él, caminando. Sin embargo no tardó en ubicar la pizzería donde por primera vez probó ese dulce sin igual que es el mascarpone. Quedaba justo al lado del edificio de apartamentos donde él vivía con otros estudiantes. Timbró y esperó a que alguien abriera. En la calle no había casi gente, a esa hora preferían estar en sus casas resguardándose del frío. No hubo respuesta. Timbró de nuevo y ya impaciente comenzó a mirar hacia arriba, como si de eso dependiera que en el apartamento se dieran cuenta de su presencia. Nada. Se pegó al timbre hasta que una vieja que venía caminando se acercó y con la actitud de quien demora la cosa, timbró en algún apartamento, una voz desde el intercomunicador le gritó que quien era, ¡SONO IO!, dijo enfática, y la puerta se abrió como respondiendo a una clave. La vieja lo miró al pasar y por alguna razón que aún desconoce, le sonrió mientras pasaba a su lado, demorando sus pasos. Con el pie trancó la pesada puerta y esperó a que la vieja subiera, no quería que pensara que era un ladrón.

Si timbrar desde afuera había sido inútil, desde adentro fue ridículo, era evidente que no había nadie (pero por qué insistió tanto). De nuevo en la calle, con su morral negro en la espalda, caminó hacia el centro de la ciudad (quiso caminar hacia el centro, pero sus pasos escogieron un camino desconocido. Si ponerse en marcha y pasar la calle en una ciudad, fuera tan fácil como suena, no tendría porque precisar nada de esto).

Poner el pie en la otra acera y seguir hacia donde las luces brillaban más; no le costó trabajo alguno, fue pasar por aquel parqueadero lo que terminó por definir la dirección de sus pasos y lo que en últimas, empezó por augurar una noche extraña (¿así lo quería?) no lo sabía, pero siguió el juego, una ceremonia lo esperaba en la esquina de ese parqueadero. Era cuestión de sutilezas, de simples detalles que un ser urbano coge al vuelo. El carro esperó a que él pasara y después entró al parqueadero. Una operación aparentemente ordinaria que si no fuera por la mirada de reojo, no se hubiera desatado (pero mirar de reojo cualquier cosa era su manía, no podía castigársele por eso). Pasó justo en frente del carro rojo y miro sin detallar a su ocupante, miró por mirar, por reflejo. Media cuadra más adelante el mismo carro salía del parqueadero y le seguía los pasos. Su corazón se disparó. Supo entonces que esa simple mirada había generado el primer eslabón de una cadena de sucesos; otra historia en la urbe, esta vez él sería el protagonista, el juego había empezado. Pero no estaba seguro, el carro pudo no encontrar puesto en ese parqueadero y salió en busca de otro (si fuera sólo eso no se justificaba el ritmo desbocado de su corazón). Se dio media vuelta y caminó hacia el parqueadero, sin perder de vista (siempre de reojo) al carro rojo, que pareció perderse entre las calles. Se detuvo delante de la puerta del parqueadero, no podía seguir en esa dirección, tenía que seguir por donde iba, así que retomo su camino hacia las luces brillantes del centro, las que se insinuaban por encima de edificios no muy altos y se reflejaban rojizas, en la masa informe del cielo.

lunes, diciembre 19, 2005

Más de lo mismo

Otra versión, con el último parrafo cambiado, espero para bien. Ahora me gusta más.

Su presencia en cada puente

El verano era grandioso. Los días empezaban a alguna hora, de eso puedo estar seguro, pero a esa hora incierta donde la oscuridad venia a ser reemplazada por un sol omnipresente, yo siempre estaba durmiendo. Sólo sé que los días empezaban mientras yo dormía allá arriba, en el cuartito improvisado que Arrigo construyó especialmente para mi estadía con él.

Cuando por fin decidía levantarme, en la casa, o más bien, en ese lugar donde Arrigo con la resignación de todo hombre viejo y solo, decidió vivir; reinaba la desolación, porque sería un eufemismo llamarle silencio. Era un lugar horrible, lo sé, pero estaría ahí por poco tiempo, mientras conseguía algo mejor en la ciudad. Yo igual nunca me sentía en casa, lo único que me hacía levantar diariamente para comprobar que el sol seguía saliendo y mi desespero por irme de ese lugar aumentando, era el paseo en bicicleta hasta la ciudad para estudiar en los pianos del conservatorio. El camino, aunque monótono, me permitía estar una hora entre sembradíos de tomate y cielos limpios que, a mi ritmo irregular y caprichoso, podía expandirse en eternas jornadas de contemplación. Además me han gustado desde siempre las variaciones; como desviarme para conocer un arroyo, meter los pies tímidamente en él y mirar hacia las copas de los árboles meciéndose desprevenidamente, o, ir hasta esa fabrica abandonada y sentir el miedo primitivo al olvido y la belleza singular de lo olvidado.

Después venían los ritmos propios de la ciudad. Parecía imposible que un puente cambiara de manera tan abrupta mi percepción del espacio. De un lado todo ese verde, ese rojo y ese azul peleando por figurar; del otro, el verano era una constante de fachadas amarillas, techos de barro y un bochorno implacable hasta en la sombra. Pero en la ciudad también se estaba bien; en sus plazas y cafés, con el aire denso y aromático que lo contaminaba todo y sumía a sus habitantes en un sueño letárgico de siestas después del almuerzo y tiempo para el ocio tras una cerveza, o varias, consumidas lentamente. De eso estaban compuestos mis días.

Al llegar al conservatorio, dejaba mi bicicleta a la entrada, después subía las escaleras y atravesaba el largo corredor hasta el fondo, donde se encontraban los salones de piano. Allí me dirigía a esa funcionaria extraña que ellos llaman “videla” y le pedía un piano. La videla, siempre distinta, solía ser una señora mayor de 60 años, que dependiendo de su estado de ánimo o sus prejuicios étnicos adjudicaba un salón de estudio. Algunas veces con un Stainway, donde me acomodaba intimidado, pero poco a poco me acostumbraba a tanto sonido que parecía increíble fuera ocasionado por mis dedos. Otras, con un piano que aunque de cola, bien podría no serlo y sonaría igual. Estos los abordaba con desinterés tocando escalas y estudios. De vez en cuando golpeaban a la puerta, casi siempre era la videla que quería cambiarme a otro piano o limpiar el teclado y abrir las persianas. Pero una vez no fue la ella.

Abrí la puerta y me encontré con un muchacho que ya había visto antes por los pasillos del conservatorio, lo recordaba bien, de andar nervioso y apurado, siempre solo. Se quedó callado al verme, forzándome a decir cualquier cosa. Hola, ¿necesitas algo?, acerté a decir toscamente. Sonrió incómodo y disculpándose, respondió que sólo quería oírme. Lo invite a seguir y aproveche para abrir las persianas y finalmente verlo bien. Era un muchacho joven, tal vez un poco menor que yo, algo rollizo, con la tez propia de los del sur, de ojos claros y aspecto infantil. Por alguna razón empecé a sentirme perturbado. Él se sentó en una silla de esas que usan los otros instrumentistas y calladísimo esperó a que me acomodara de nuevo y empezara a tocar. No supe bien si seguir con el Prokofiev, es lo que estaba tocando antes de que él llegara, aún me faltaba estudiarlo, muchas partes estaban sin armar. Sentí que debía impresionarlo. Arranque con una un preludio y fuga, me sentía como en un examen. El preludio no salió tan mal, pero en la fuga, debido al calor que hacía en el salón, mis manos sudorosas y la fuerza de su presencia, empecé a errar notas. Él pareció notar que me estaba incomodando y silencioso como hasta el momento había sido, se levantó y casi susurrando me dijo que mejor me dejaba estudiar tranquilo. Le hice un gesto con la cabeza y enseguida se fue. Me sentí estúpido.

Salí del conservatorio y pasé por el Dubliners, un bar irlandés que quedaba a solo unos pasos. Pedí una cerveza. El local estaba casi vacío, una pareja dialogaba en la barra y dos hombres solos fumaban en rincones opuestos.

La escena con el muchacho en el conservatorio no lograba encajar del todo en mi cabeza. ¿Qué lo hizo alejarse tan rápido? ¿Por qué no fui capaz de hablar un poco más, preguntarle por su nombre al menos? ¿Por que me puse tan nervioso tocando la fuga? Sentía esa situación, como mi oportunidad de haber empezado a hacer amistades en aquel lugar inhóspito y poco amistoso al cual decidí huir y la había desaprovechado. Estaba en esas preguntas y reproches, cuando en la puerta aparece, me mira y sonríe, esta vez naturalmente. Se acerca a mi mesa y se sienta en una silla antes de decir cualquier cosa. Después me alarga la mano y sin más me dice que se llama Lucca. Todo fue tan inesperado y rápido que cuando me di cuenta ya estábamos tomando una cerveza juntos. ¿Lo invité o me invitó? no podría asegurarlo. El caso es que ya estábamos ahí, sentados en la misma mesa, hablando de cualquier cosa, casi como si fuéramos viejos conocidos. Su actitud era muy distinta a la de esa tarde en el conservatorio, aunque seguía teniendo aspecto infantil, advertí que de ninguna manera se acomodaba al prototipo que me había creado de él. Ahora parecía más seguro y hablador. Supe que no era pianista, que ni siquiera tomaba clases en el conservatorio, aunque su madre si lo era. Él sólo sentía curiosidad por los músicos y a veces entraba al conservatorio y pasando desapercibido hasta para la videla, lograba acomodarse en algún rincón cerca de una ventana o una puerta para escuchar. No le gustaban los conciertos, pero si los ensayos. La cerveza se acabó y sin meditarlo pedimos otra.

Aún no era de noche pues los días eran largos, pero sabía que ya estaba tarde para irme hasta la casa de Arrigo en bicicleta, el camino no estaba iluminado y temía perderme, además la idea de pasar frente a la industria abandonada en la oscuridad, me aterrorizaba. Le dije a Lucca que tenía que irme. Después de escuchar mis razones quiso acompañarme, yo, con esa aburridora formalidad bogotana, le dije que no era necesario, y él, en cambio, con su mejor cara de seriedad italiana, me dijo que le parecía indispensable. Me empezaba a simpatizar de verdad.

El atardecer era fresco y se estaba bien afuera. Las cervezas que tomamos ya estaban dispuestas a salir y al pasar por un parque le dije que quería orinar, también yo, dijo riendo. Entramos al parque y tímidamente empezamos a orinar, uno muy cerca del otro, podía oír el sonido de su chorro golpeando contra el pasto. Yo mientras miraba hacia arriba. Las primeras estrellas empezaban a salir y por un momento me perdí observándolas. Cuando volví en sí, ya no estaba orinando y supe que Lucca había estado pendiente de toda la escena. En un ataque de pudor me apuré a guardarlo y cerré la cremallera, él no paraba de reír. Nos fuimos del parque, él sosteniendo mi bicicleta y yo caminando a su lado. Supe que no quería ir donde Arrigo esa noche, que no quería verlo preparar la sopa insípida de siempre, que no quería oírlo quejarse de cuanta cosa dijeran en la televisión, con esa manera simple de ver la vida, con ese desarraigo irreprimible con el que afrontaba los días.

Poco antes de llegar al puente me dijo que pasáramos por su casa. Es muy cerca y te quiero mostrar algo, de paso podríamos comer, ¿qué dices?, dijo algo nervioso. Tuve que aceptar, en sus palabras había implícita una súplica. Era un barrio de casas grandes, con antejardín y patio trasero, de familias adineradas y perros del más puro linaje. Su casa resultó ser la más modesta de todas, al menos en apariencia. Al llegar al porche y recostar la bicicleta en la baranda, me dijo que su mamá no estaba en casa y pareció alegrarse.

La casa por dentro no era menos modesta. Lucca me señaló el piano y con su cara transformada por una sonrisa que se me antojó hermosa, me dijo que esta vez no me haría tocar nada. No pude evitar sentirme estúpido de nuevo. Antes de poder acomodarme en alguna parte me hizo subir a su cuarto. Siempre he creído que conocer la habitación de alguien es entrar, si se saben leer los detalles, en zonas profundas de su personalidad. Lucca dormía con su madre, me confesó. Le dije que había acabado con mis esperanzas de conocerlo a través de los signos que pudiera encontrar en sus cosas, o peor aún, había complicado todo. Me respondió que la mejor manera de conocer a las personas es haciéndoles preguntas inapropiadas, no pude objetar semejante argumento y aproveché para preguntarle por su mamá, algo me hacía pensar que eso podría ser inapropiado. Me estas entendiendo, dijo para evitar responder. ¿Entonces para qué me hiciste subir? Para que vieras esto, respondió mientras sacaba de una bolsa azul de supermercado unas fotos.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue alejarme corriendo de esa casa, salir y olvidar la bicicleta, correr, simplemente correr hacia cualquier parte, tal vez llamar a Arrigo y decirle que me habían robado, que estaba solo y lo necesitaba. Pero lo que hice fue quedarme, quedarme a ver sus fotografías, las cuales fui pasando una a una, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba cada vez más, cómo sus manos empezaban a recorrer mi cuello sutilmente.

Lamenté que todo hubiera acabado así. Su madre había llegado. Quitó sus manos sobresaltado y bajamos sin mediar palabra a la sala. Lucca saludó esquivando la mirada de su madre y me presentó como un amigo del colegio. Clara, se llamaba. Bonito nombre, le dije, como el de una amiga en Colombia. Supe que no he debido decir eso y agregué que estaba de intercambio para justificarlo. No pareció importarle y me ofreció algo de comer. Lucca me cogió del brazo y me sacó de su casa diciéndole a Clara que ya íbamos de salida. No pude siquiera despedirme.

Desde el porche pude escuchar el piano tocado hábilmente. Quise quedarme, pero Lucca no me dejó. Te acompaño hasta el puente, después te tienes que ir solo, me dijo a manera de disculpa. Caminamos en silencio. Desde los ventanales de cada casa, en ese barrio elegante y sombrío nos llegaban escenas familiares, de esas que hace tiempo no disfrutaba. Hacia fresco. Ya estaba totalmente oscuro y del otro lado del puente no se veía nada. Cruzamos hasta la mitad, donde él paró a despedirse, alargándome la mano. Lo miré a los ojos, tenía la misma expresión de esa tarde en el conservatorio. Le di un beso en la mejilla y caminé hacia la oscuridad. Justo al pasar el umbral donde terminaba el puente y empezaba la noche en el campo, me volví para verlo. Él hizo lo mismo desde el otro extremo y sonriendo, sorprendidos por la coincidencia, nos despedimos agitando los brazos.

No lo volví a ver en el conservatorio ni en ninguna otra parte, y aunque recordaba bien donde vivía, no quise visitarlo. Lo extraño es que ahora, cada vez que paso por un puente, me veo dejándolo atrás, él en la luz, yo sumergiéndome en la oscuridad del campo y siento cómo se reinventa su recuerdo y mi soledad de entonces a cada paso. Todo puente me acerca a ese momento y sólo ese, me alejó aquella vez de Lucca.

Durante el viaje de regreso adonde Arrigo me vi enfrentado a la oscuridad del campo, a sus sonidos, a sus olores. La industria abandonada estaba allí: Sus cadenas oxidadas, sus techos amenazantes, sus sombras y sus gatos. El arroyo y su rumor casi imperceptible. Quise quedarme ahí, meterme desnudo al arroyo y esperar a que amaneciera, pero seguí pedaleando. Imaginaba la cara de Arrigo frente al televisor, con su plato de sopa ya frío sobre la mesa, esperándome.

jueves, diciembre 15, 2005

Un cuento más, les debo entregas del otro, pero es que estas cosas me salen más facil













COMO EN LAS PELÍCULAS


Después del peaje no tuvimos mucho para decirnos. Carlos parecía estar entrando en el mundo de Morfeo y mi hermano a duras penas abría los ojos para comprobar que la lluvia no cesaba. Con una voz queda y lejana acertó a decirme que no fuera tan rápido. Me gusta manejar rápido. Desde que aprendí, he asustado a mí mamá por la manera en que lo hago. Pero con ellos, en su estado de somnolencia, podía hundir el acelerador sin preocupaciones ajenas, sólo las mías. Porque aunque sea un corredor incorregible tengo mis miedos, sobre todo con esa lluvia que resonaba en las latas del carro como si fuera una lluvia de meteoritos lo suficientemente pequeños para no hacerle daño al carro, pero lo suficientemente grandes para provocar un ruido espantoso, que nos obligó a dejar de hablar.

Los vidrios estaban tan empañados que tuve que abrir la ventanilla, sin importar que la lluvia entrara con toda su fuerza y me mojara el brazo y la pierna. Pero no sólo a mí me cayó agua. Carlos desde atrás se despertó sobresaltado y mojado por el chorro de lluvia que en los bordes de la puerta parecía juntarse para formar un único arroyo, que golpeaba justo donde él había recostado la cabeza. Estaba asustado. Yo también lo estaba, la visibilidad era muy poca y la lluvia parecía arremeter con más violencia cada vez contra el vidrio, haciendo que el ritmo frenético de los parabrisas no fuera suficiente para despejar toda el agua. Mi hermano también se despertó asustado, pero ninguno me dijo que me detuviera. Y no pensaba hacerlo, si no fuera por lo que creí ver a un costado de la carretera: un cuerpo tirado.
-¿vieron lo que yo vi?-
-Me temo que si- respondió mi hermano.
Carlos se había colocado entre los dos asientos delanteros, apoyando cada brazo sobre las cabeceras.
-si, yo también lo vi- dijo.

No iban tan dormidos como pensaba. Bajé la velocidad y Traté de orillarme para detener el carro. Las luces de un camión desbocado iluminaron fugazmente nuestras caras a su paso. Pude ver los ojos de Carlos a través del espejo retrovisor, se veía tranquilo. Mi hermano en cambio no ocultaba su temor. Nadie me dijo nada cuando decidí volver.

Mi hermano cambió la canción que sonaba y se detuvo en una que siempre escuchaba mientras se bañaba en su cuarto. Teníamos un disco de los smiths, a todos nos gustaba esa banda. Era extraño, pero los acordes insulsos de la guitarra, mezclados con esa voz profunda de Morrisey, encajaban con la situación de una manera que se me antojó cinematográfica. En efecto, me sentía como en una película.

Desde el momento en que lo vi hasta cuando decidí volver, sin saber bien para qué, había pasado un buen trecho de carretera, que de vuelta se me hizo más largo. Cuando lo vimos de nuevo, esta vez del otro lado, me empezó a arder la boca del estomago, como cuando vi a ese señor hecho un muñeco paliducho, en la sala de espera de urgencias de alguna clínica, una vez que Carlos enfermó.

Detuve el carro de nuevo, unos metros adelante, donde no hubiera peligro de que nos arroyara un bus o un camión de esos que a esa hora le coquetean a la muerte. Puse las luces de parqueo.

Fui el primero en bajar, después de cerrar la ventanilla y apagar el carro. La lluvia había menguado, pero ya importaba poco, estaba con medio cuerpo empapado y la otra mitad ridículamente seca. Esperé a que salieran y cruzamos juntos la carretera.

-no sé si esté bien, mejor devolvámonos y llamemos a la policía, ellos sabrán que hacer- dijo mi hermano con la voz entrecortada.

-no, ya llegamos hasta aquí, lo hubieras dicho antes, antes de devolvernos, ahora terminemos esto que empezamos- le dije, con una voz no menos entrecortada.

-si el tipo está muerto, lo dejamos y volvemos como si no hubiéramos visto nada, y si está vivo, y es un simple borracho, le ayudamos, para evitar que termine atropellado por un camión, no sean tan bobos- dijo Carlos, como obligado a decir algo, pero esta vez con una voz que no le había escuchado antes.

Aunque atravesamos corriendo la carretera, nuestros pasos se fueron haciendo pesados a medida que nos acercábamos al cuerpo. Cuando estuvimos ahí, a su lado, supimos que no fue buena idea devolvernos.

Como pudimos arrastramos el cuerpo fuera de la carretera, a pesar del asco que nos dominaba. Tuve que respirar profundamente para evitar el vómito, mi hermano no lo pudo contener. El cuerpo estaba en un estado deplorable, muy distinto al de ese señor de urgencias. Este no era un muñeco paliducho, era un humano en descomposición.

De vuelta en el carro, con las notas de los smiths contaminándolo todo, no me sentí más en una película. La lluvia cesó, pero el dolor en cambio continuaba, se hacía más definido, más mío.

Mi hermano se sentó atrás y miraba hacia fuera con la cara recostada en el vidrio, yo lo monitoreaba desde el espejo. Carlos, ahora a mí lado, estaba distante. Volví la cabeza hacia él y suspiré inesperadamente, él pareció notarlo. Puso su mano sobre la mía, que estaba en la palanca de cambios. Estaba fría, la mía también. Aceleré sin mirar adelante. Supe que podía volver a ir rápido.

lunes, diciembre 12, 2005

Cuento (tercera entrega) donde se empieza a ver por donde va la cosa

Así termina la semblanza hecha por Werther Öbis, del escritor colombiano Jorge Perdomo, para La Real Enciclopedia del Fracaso y La Desazón. Su primer y único tomo, se intentó publicar varias veces, pero los ánimos de quienes patrocinaban tan absurdo proyecto nunca fueron suficientes para concluir la vasta obra que se proponían, y haciendo honor a su título, decidieron dejar que fracasara y nunca se publicó nada. De otra forma, se habría convertido en una ironía, pero el fracaso no permitiría que sucediera algo así en su nombre. Esta copia, mal encuadernada y terriblemente mal escrita, fue hallada en los recodos de una casa igual de maloliente y desvencijada que la de nuestro pobre Perdomo, y es la única prueba de la existencia, por un lado del proyecto, y por el otro, de sus colaboradores. Esta es seguramente su única copia, el original aún anda desaparecido.

Me es difícil precisar donde está el atractivo de esta singular obra y por qué quiero leerla de manera tan arrebatada y compulsiva, saltando paginas sin patrón alguno impulsado por el morbo, quizás, reconstruyendo las semblanzas incompletas, misteriosas, casi crípticas que aquí se reúnen, encontrando escritores de los cuales nunca había oído, cuya obra nunca fue publicada por ninguna editorial, ni revista ni periódico. Escritores de todas las latitudes, ordenados caóticamente por alguien. ¿Pero quien pondría en marcha labor tan ardua e inusual? ¿Qué colaboradores tendría? ¿Cómo encontrar a alguien de quien nunca se ha oído nombrar, alguien caracterizado por su anonimato?. Las preguntas que despierta esta enciclopedia absurda son muchas, ¿acaso existieron estos personajes o son obra de una sola persona, de un solo y único genial creador?

miércoles, diciembre 07, 2005

Cuento (segunda entrega) Breve y sufrida, esperen más o haganme desistir.

Los meses siguientes, además de improductivos literariamente, fueron muy reconfortantes. Pudo volver con agrado a su antigua profesión y los insomnios desaparecieron. Su esposa reconoció su buen semblante y hasta tuvo tiempo para volver a hacer el amor y escuchar música. Pero la obsesión por las letras no tardo en reactivarse. La empresa entonces se hizo más compleja y difusa, al embarcarse en un proyecto monumental de escritura. Empezó a escribir una novela autobiográfica. La tituló: La muerte, ese vacío inmundo. Pasó los siguientes dos años escribiendo en jornadas extenuantes, embriagado de pasión romántica (como esta frase). Su esposa lo dejó, pues ya no tuvo más tiempo para ella. Él estuvo de acuerdo, pensaba que no sería definitivo y no intentó retenerla. Con un beso en la mejilla se despidieron

Solo, en su casa desvencijada y maloliente, terminó sus días. El tifo hizo de las suyas, permitiendo que la novela quedara inconclusa. Como toda buena novela autobiográfica, terminó abruptamente con la muerte inmunda de su autor.

sábado, noviembre 19, 2005

Cuento por entregas (primera entrega)

La primera vez que fue a una de esas reuniones, no se molestó en aceptar los comentarios que desde las bocas de todos salían para alabar su obra. Fue unánime. Pensamientos profundos y una sensibilidad única, lo llevaban a crear personajes sólidos, creíbles e interesantes. Eran sus grandes virtudes como escritor. Él lo sabía, pero siempre es bueno que lo diga alguien más. Eso también lo sabía. El cuento leído fue “Calzoncillos en la mesa”. Un narrador cambiante, personajes comunes en situaciones no comunes, lenguaje fluido, pero sobre todo, buen ritmo, a todos les gustaba su ritmo. Para la siguiente sesión, preparó con esmero la trama de lo que sería su primer cuento largo. Era un escritor de ideas sencillas sin ambiciones poéticas. Esta vez la unanimidad no se dio. Falta trabajo, los tiempos no son claros, no hay coherencia, frases cliché, personajes poco interesantes, redundancia, aún así, no se atrevieron a negar que tenía buen ritmo. Se había leído “Noches de Padawan”. Un rebuscado intento por reunir a los integrantes de un grupo de rock, que nunca fue famoso, en el planeta Padawan, inventado por ellos mismos para un álbum conceptual. Durante la tercera reunión el silencio después de leer su cuento no fue roto por nadie, no quiso ser roto por nadie, sólo por él, que finalmente se atrevió a decir que quería ir al baño. Sin ganas de orinar se acomodó frente al espejo, se observó detenidamente, era el mismo de siempre. Al volver, todos evitaron mirarlo. Esta vez nadie habló del ritmo. Más personales, debo hacer mis cuentos más personales, se dijo. Faltó a dos reuniones seguidas, estaba preparando su cambio de estilo. No fue fácil llevarlo acabo. Repasó distintos momentos de su vida, buscó en su familia los personajes que quería, en la calle las situaciones y los lugares apropiados, en su mente, en lo que le quedaba de su vida pasada, en eso que llamamos recuerdos. Lo tituló “En la biblioteca de papá”. El trasegar pausado y meditabundo de un personaje (el mismo) por la biblioteca de su padre muerto. La unanimidad se dio de nuevo, todos acertaron en decir que era una porquería. No sólo le faltaba trabajo al lenguaje, sino al personaje; poco creíble, engañoso erudito de 15 años maravillado por el recuerdo de un ser que, francamente, no era importante. Final predecible, en suma, algo que no debió escribirse. No volvió.

Pasó de la gloria al escarnio literario en tan sólo tres textos, pero siguió escribiendo para sí mismo. Su siguiente aventura la tituló “Los madrigales perdidos de Teodoro Mendela”, inspirada en la obra, no tanto en la vida, del excéntrico compositor napolitano Cecco Caperussi (cheko, caperusssi) cuya excentricidad permeó también su música. La trama era compleja, pero no tanto como el desciframiento de textos en italiano antiguo que tuvo que traducir para darle vida literaria a los madrigales de Teodoro Mendela, un modesto profesor universitario obsesionado con la idea de continuar la obra de Caperussi, interrumpida por el uxoricidio. Para ello, Teodoro decidió matar a su esposa. El texto resultante, lo envió a la editorial Taxus, que no se molestó siquiera en responder con una negativa.

martes, noviembre 01, 2005

La historia de una posible perdida, de nuevo en un centro comercial, lugar de muchas vivencias posmodernas

Ya se percatarán de la similitud de este texto y otro publicado hace poco, en esta misma pagina. Los dos nacen de una anecdota, algo que efectivamente ocurrio, y en el mismo viaje. Sólo hoy caí en la cuenta de esa curiosa coincidencia, vivida como tragedia, con las luces delumbrantes de un centro comercial como fondo.

Memorias de lo intangible

Era la primera vez que nos encontrábamos solos descubriendo ese mundillo global, que se nos presenta siempre con la cara de un centro comercial. Esta vez sería en un suburbio londinense adonde mi tía fue a vivir una vida de mierda (sólo el parentesco casual y a mi parecer inoportuno la une a mi padre, y de mi padre pasa a mí, y de ahí a que yo la pueda llamar mi tía, aunque nada de ella sea mío, aunque nada de ella quiero sea mío) era ese el lugar equívoco que escogieron para darnos la bienvenida, que nunca fue bien recibida. El centro comercial se erguía impávido en esa calle atestada de gente presurosa, viviendo de afanes comerciales, está vez impulsados por el sentimiento vacuo de la navidad. Estábamos mi mamá y mi hermano, mi tía, su engendro (se supone es su esposo) y ese hijo autista que tienen. Ellos con caras de no pertenecer, de incomodidad, de malvivir; y nosotros saboreando el sentimiento ambiguo de estar en otra parte, de ser intrusos en un lugar precariamente similar a otros que ya conocíamos, con la compañía indeseada, pero el convencimiento de que no importaba, si no fuera por ellos estaríamos en un hotel viendo pasar las horas frente a la pantalla. Mi opción fue huir con mi hermano, claro que para ellos no era una huída, era solo un capricho de adolescente. Mi madre se resignó a perdernos por unos momentos, confiaba ciegamente en mí. Me fui con mi hermano a buscar qué hacer en ese lugar, sabiendo que todo estaba planeado, que no tenía mucho que hacer allí, aparte de entrar a una tienda de discos y perderme en la fascinación que me produce la música. Mi hermano tampoco tenía muchas opciones, no entonces, no en ese lugar. Lo dejé en una tienda de juguetes que parecía prometedora, como mi tienda de discos. Él volvería a mí o yo iría hacia él, detalles que no quisimos delimitar porque siempre respondíamos a un llamado primordial más efectivo que la palabra y el acuerdo, el conocimiento visceral del otro era nuestra mejor arma, siempre terminábamos encontrándonos. Por eso salí rápido de aquella tienda, me deshice del centro comercial y caminé sin rumbo, lo que buscaba estaba en otra parte. Las librerías siempre eran una buena opción, estando solo podría mirar libros de fotografía a mi antojo, los libros inofensivos y los que me perturbaban, los de paisajes y ciudades y los de cuerpos de hombres desnudos, que en ese momento eran una obsesión. No tardé en encontrar algo interesante. Observaba de reojo el pesado libro que escogí, repasando sin detallar cada cuerpo y alternativamente cada persona que pasaba cerca, los creía enemigos. El tiempo se me iba en esas situaciones, pero confiaba en mi hermano, como mi madre confiaba en mí. Salí con dificultad de la librería, queriendo ver más, como si presintiera que no serían muchas las oportunidades de hacerlo, pero el encuentro con mi hermano era más importante, él era un niño y no me perdonaría que le sucediera algo, veía la culpa apoderarse de mí, aunque fuera sólo un pensamiento. La cita, que nunca fue cita la presumí en la tienda de discos, donde entré y busqué. Mi hermano no estaba. La segunda opción era la tienda de juguetes, el instinto fraterno empezaba a defraudarme, tampoco estaba allí. Creo que recorrí esas dos tiendas y el trayecto que las separaba unas diez veces en un tiempo que se me hizo eterno. ¿Dónde estaba? Las cosas que se le pueden pasar a uno por la cabeza en esas situaciones suelen ser perversas, esta no fue la excepción. Subí a otros pisos, buscando nuevas posibilidades, tal vez otras tiendas que pudieran interesarle, en las cuales fuera fácil perder la noción del tiempo, como yo en mi librería, pero mi hermano no era así. Fui a baños, restaurantes, cinemas, tiendas de ropa, de juguetes, de estupideces varias, tal vez útiles para otros, pero para mí un obstáculo insalvable en la carrera para encontrarlo. Decidí, como última opción, acudir a mi madre, que estaba viendo ropa con los seres esos en otra parte. Tampoco fue fácil encontrarlos. Los divisé caminando de tienda en tienda, viendo cosas que jamás comprarían. Me sentí aliviado, levemente aliviado. Mi madre no espero a oírme, lo entendió todo con mi expresión, que para entonces debía ser de cansancio, culpa y temor. Cómo no se me ocurrió que sería peor, que ella no sabe controlarse, que las lágrimas le vienen del útero, que es aún más pesimista que yo, que nada mejora si se le dice a mi mamá. Si la búsqueda había sido angustiante, hasta ese momento, empezó a ser insoportable. Mentí, dije que nos habíamos quedado de ver en la tienda de juguetes, me sacudí la culpa y la hice más grande, más mortificante. Un policía pretendió ayudarnos, los balbuceos de mi madre eran ininteligibles y la ayuda de los engendros no mejoraba en nada la situación. Volví a la tienda de discos, impulsado por eso que había perdido. Mi hermano estaba ahí, solo y tranquilo, ignorando la tragedia que yo arrastraba. Sonreí y fui feliz con su presencia. Estaba enojado conmigo, el sabía que había sido mi culpa, que siempre estuvo ahí, esperando a que yo llegara, que yo era el perdido. Mi mamá podría tranquilizarse y todo sería una anécdota más del viaje. En el trayecto a las casa de los engendros, viendo esos paisajes ajenos a través de las ventanas del auto alemán del esposo de mi tía, la situación se nos hizo cómica, y reímos de ella, claro, mi hermano estaba ahí, y podía tocarle la cabeza, verlo reír y ser felices de nuevo.

domingo, octubre 23, 2005

Una crónica que habla de la imposibilidad de hacer una crónica un día de la madre, con notas de pie de página y todo.




EL OTRO VIAJE

Excusa en forma de prólogo

La idea me vino mientras leía Cortazar, en ese viaje único y absurdo que se tradujo en un libro exquisito, como toda buena receta cortazariana llamado: Los Autonautas de la Cosmopista o un viaje atemporal Paris- Marsella, en donde se intenta encontrar la autopista paralela que une estas dos ciudades, esa que es mucho más que una autopista que nos lleva de un lugar a otro a velocidades inauditas (fantasía de todo conductor bogotano acostumbrado a los atascos y trancones propios de nuestra particular manera de desarrollarnos) la que a manera de campo de concentración encierra a un numero incierto de conductores en el trazado unidireccional del pavimento y los lleva desbocados a querer encontrar la salida . Lo mío sería partir de allí, pero buscando encontrar otra cosa, haciendo un viaje desde el Portal Norte hasta el Portal Usme en Bogotá, que es uno de los puntos más al sur de la ciudad. Siguiendo así la idea de bipolaridad propuesta por Cortazar, que hace que un viaje Paris –Marsella signifique también un viaje por dos francias distintas, la del Norte y la del Sur, unidas por un artificio de la modernidad, orgulloso de su hermetismo y su seguridad, pero que difícilmente entrevé la magnitud de su osadía. En Bogota sucede lo mismo, hay dos ciudades que hasta la construcción del transmilenio,[1] solo estaban unidas por el formalismo nominal de la palabra “Bogota”. Mi tarea, si así se puede llamar, es encontrar la Bogotá tras el artificio, que al darle unidad parece negarla, disfrazándola de hermética y segura. Pero como después pude ver, la ciudad va mucho más allá del artificio, y el viaje portal- portal es solo uno de infinitos trayectos, darle una importancia particular sería injusto con los otros, que no por carecer de artificios carecen de gracia.

Momentos previos a la partida, donde no se sabe muy bien si es mejor dormir o llevar una idea boba hasta sus últimas consecuencias

Tenía planeado salir después del almuerzo, pero al parecer Carlos (que para efectos sentimentales llamaré: mapache) tenia otros planes, y frente al piano lo vi materializarlos. Nota por nota de una versión para dummies de la sonata Claro de Luna, se fueron mis esperanzas de salir después de comer. Ya era bastante el tiempo que habíamos perdido en un restaurante (producto de uno de mis interminables caprichos gastronómicos) cuyo personal se las arregló hasta en los más mínimos detalles para hacer de esa experiencia un desastre, espero irrepetible, como para haber seguido prolongando la espera, pero mapache es así, lo único que pude hacer fue dormir por unos minutos al son de su idea de Beethoven, se lo veía tan contento…


De cómo logramos salir en medio de un nubarrón amenazador

El sonsonete de la sonata hizo mella en mi voluntad y dispuesto a acabarlo me levanté y con decisión comuniqué a mapache que si no salíamos en ese instante empezaría un episodio histriónico, como elegantemente le dicen los sicólogos a la histeria, mapache no pareció inmutarse y tan entusiasmado como antes continuó machacando esos ocho compases que le imponían ¡todo un reto musical! Viéndome ignorado bajé de la cama y empecé a empacar lo que creía necesario para nuestro viaje: Una block de papel, un esfero, dos brownies tamaño económico, dos Pony Maltas y la cámara fotográfica. A estas alturas mapache pareció haber entendido y bajó de su idilio musical sin mucho entusiasmo. Fue así que partimos de mi casa a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, justo cuando una nube que cubría toda la ciudad amenazaba con caernos encima.

Aún no empieza y ya quiero que termine, la idea parece hundirse en silencio

Para llegar al portal[2] del Norte debemos tomar no un alimentador[3], ya que el estudio previo al trazado de las rutas de los alimentadores concluyó que para mi barrio no era necesario el paso de uno, sino un colectivo que por mil pesos nos llevó.

Empecé a experimentar un desánimo tal vez debido al clima, pero la verdad era la idea misma la que me hacía dudar, no le veía futuro, pero resignado me encamine con mapache por entre los vendedores ubicados a los extremos del puente peatonal que suministran lo que el sistema se niega a suministrar en su afán de asepsia y hermetismo casi inhumanos: Alimentos y baños públicos. Claro está que no es labor de los vendedores proveer de baños públicos, para eso está el estado que con amabilidad nos ofrece su territorio y uno que otro capital privado: En un extremo del puente el espacio dejado por la rampa para minusválidos se convirtió en un gigantesco orinal que impregna su acidez a las fosas nasales que osan pasar por ahí, del otro extremo una casa particular decidió hacer un baño de más en su casa para ofrecerlo por quinientos pesos.

Como mapache y yo habíamos presupuestado estas falencias del sistema, y antes de salir tomamos las medidas pertinentes, no nos quedó más que subir el puente y encaminarnos hacia el portal.

Taxonomía y rituales innecesarios

El puente no era el de siempre, no solamente estaba más poblado que de costumbre, sino que sus pobladores se me antojaban distintos. No eran los mismos que me encuentro entre semana cuando vuelvo de clases. Estos eran en su mayoría hordas de humanos agrupados en familias: Hijos, padres, madres, tías, abuelas, en fin, toda la fauna familiar; unos en actitud lóbrega y pesada, como si arrastraran una inmensa red de infelicidades atada a sus cinturas, otros con las caras sonrientes y satisfechas, paseando sus regordetas humanidades como si en lugar de recorrer un puente peatonal que los dirige al portal, recorrieran el sendero almidonado que antecede las puertas del cielo, cual ositos cariñositos. Y claro, estábamos nosotros, mapache y yo, que con ánimo fingido compramos dos pasajes y nos dejamos imbuir en el ritmo atemporal que propone todo sistema de trasporte masivo cuando no se lo mira como un mero artificio, sino como un nicho de desencuentros y soledades que a sesenta kilómetros por hora nos da una vista única de la ciudad.

Una partida sin ceremonias y sus posteriores consecuencias

Entramos al dichoso portal y compramos los pasajes. Después de meditar la ruta a seguir nos metimos en un bus y libreta en mano nos acomodamos en actitud de escritores inspirados esperando atrapar la realidad tal cual es, de manera lucida y sensible, sin demasiados embelecos literarios ni tampoco exceso de parquedad. Mapache en una silla, yo en otra estratégicamente ubicada para poder tener contacto visual con mi fiel compañero de tantas batallas ociosas y así, sin despertar sospechas, intercambiaríamos la información que con rigor científico anotábamos. Apunta de miradas y muecas previamente codificadas nos comunicaríamos.

A mi lado un joven colaboró de manera activa en “la cosa” sin pies ni cabeza que acabábamos de empezar dándome la hora. Dato que anoté a manera de frase proverbial, como si de allí fuera a surgir espontánea la verdad tras el artificio (tal vez esperando que aquello que consideraba una vaga sospecha, fuera en efecto una posibilidad real de entender algo). Los pasajeros que azarosamente decidieron acompañarnos y que muy juiciosos se acomodaron en sus sillas no parecían prometedores, por lo menos eso pensé en aquel momento donde el miedo de saberme involucrado en una mentira no me dejaba ver lo que eran: humanos llenos de tribulaciones de todo tipo, algunos pensativos como yo, otros simplemente lejanos, y otros como mapache, siempre de caza, felices de ser lo que son. Ahí estaba todo lo que necesitaba, pero era muy temprano para saberlo.

El bus articulado número AO68 que partió a las cinco y quince de la tarde del día 9 de mayo de 2004 desde el Portal Norte con destino Portal Usme comenzó uno de los tantos trayectos que tendrá que hacer durante toda su vida encarcelado en la estrechez de un carril de autopista (a lo sumo dos, cuando el espacio lo permite). Yo, en su interior solo esperaba que tras la aparente normalidad con que nos recibió el sistema se escondiera un “algo” que le diera a “la cosa” sentido.

En mi libreta de apuntes empezaron a aparecer letras y números con pretensiones científicas que describían datos tan inútiles como: el número de personas que bajaba y subía en cada estación. De ninguna manera me propuse que fuera de ese modo, pero la esterilidad del panorama y mis ganas de sacar a flote un naufragio inminente me obligaban a hacer algo, por inútil que fuera. Mapache en cambio desde la otra silla parecía gozar de un momento de éxtasis creativo y sin parar de mover su mano me hacía fieros con su sonrisa. Mi hoja entre tanto ostentaba una lista de paraderos y números relacionados con personas que nada tenía que ver con mi objetivo inicial, el de encontrar el transmilenio paralelo, y no solo eso, me alejaba de él.

El tramo hasta la estación héroes, interrumpido por seis paradas, fue tan rápido e improductivo como me lo esperaba, por ser el de todos los días, que a fuerza de haber sido visto, olido, sentido y oído, dejó de producir asombro en mí. De ahí en adelante, las cosas fueron muy distintas a pesar de ser tan familiares. El azar me llevó a posar la vista en el bar La Ilusión; una wiskería[4] maltrecha y olvidada que abre sin proponérselo la brecha social que más al sur es un abismo. Pero las imágenes son reemplazadas rápidamente por otras nuevas, el bus avanza y su paso incesante impone una forma de mirar las cosas, fugaz e intermitente, escasa de detalles y relegada a un solo lado, o izquierdo o derecho. Antes era La Ilusión, ahora la compraventa Suiza, abierta veinticuatro horas según el aviso neon y sin embargo cerrada, como todo en la caracas un domingo que, además tiene el descaro de ser día de la madre. Pero no todo estaba cerrado en La Caracas, las tiendas de mascotas y animales que sí estaban abiertas, poco a poco fueron remplazando a las wiskerias, prostíbulos, bares y universidades que en diez cuadras se aglomeran a lo largo de ambos costados de la avenida conformando una suerte de zona roja universitaria. Las prostitutas llegarán más tarde, cuando la noche se apodere piedra a piedra de la ciudad, y sus hijos hayan terminado las ceremonias respectivas en algún restaurante.

Recuerdos que nunca tuve

Me es difícil pensar en una Caracas distinta, señorial y hermosa, con amplios boulevards cobijados a la sombra de urapanes seculares, y ostentosas mansiones a lo largo de ambas calzadas como la describe Alfredo Iriarte. La que veo hoy es gris y lejana, herrumbrada y en ocasiones maloliente. Llena de edificios decadentes por cuyas ventanas se entrevén los despojos de vidas mal llevadas; trapos secándose, habitaciones descoloridas, rostros melancólicos fumando mientras miran a la calle.

Vínculos inesperados

En la calle 63 se subieron cuatro personajes: Dos hombres, un niño y una mujer. La mujer se sentó con el niño en una silla cedida por algún ciudadano de esos ejemplares, inventados por el sistema, y los dos hombres se acomodaron de pie en la parte del fuelle que articula los simpáticos buses. La escena, aunque típica, tenía algo de particular. La mujer mal maquillada y con ojeras de perro san bernardo no esbozaba gestos ni palabras, parecía un fantasma. El niño estaba riendo y saltando en las piernas de la mujer, debía ser su hijo, y uno de los hombres, mucho mayor que la ella, el padre. La expresión profunda y desolada de la madre al pasar por esos edificios grises me empezó a mostrar los visos de ciudad que invisibiliza el sistema.

En otras sillas, más adelante, un niño y una niña jugaban y hablaban emocionados. Sus padres no estaban cerca o al menos no se hacían sentir. Los noté felices al ver desde la ventana del bus la silueta de Monserrate abriéndose paso por entre los edificios, especulaban sobre lo que veían. Ella decía que era Monserrate, y él decía que no, después se miraban y comunicándose sin palabras parecían entenderse mejor porque se pusieron a reír impúdicamente, provocando estupor en algunos pasajeros, manifestado con miradas juzgadoras y balbuceos ininteligibles.

El verdadero viaje empieza

El recorrido me lo sé de memoria hasta la altura de la avenida Jiménez, lugar fronterizo delimitado por mi memoria, más allá… nunca había ido. Al traspasar mi frontera imaginaria sentí que el viaje hasta entonces empezaba. Mapache experimentaba la misma sensación y así me lo hizo saber descubriendo las similitudes de una iglesia desconocida para mí, con alguna que había visto en Lima. Pero la similitud no terminaba allí; del otro lado se abría ante nuestros ojos una imagen desoladora, lo que es “El Cartucho”, un baldío enorme en pleno centro de la ciudad, donde reposan los desechos de una explosión nuclear, o al menos eso parece. En el centro del baldío unas sombras fantasmales aguardan como si fueran otras piedras de los escombros que alguna vez fueron su hogar. A mapache esto también le recordó a Lima.

De ahí en adelante no me es posible contar todo lo que vi, y solo la más fluida prosa Keruaquiana podría serme útil. Fue entrar con la noche en un mundo de calles medievales, estrechas y oscuras, habitadas por la desolación y el miedo. Montañas de ladrillo y cielos grises, calles ahuecadas y charcos putrefactos. El aire es más pesado y el paisaje carece de verdes, como si los árboles no pudieran crecer en semejante ambiente. Pero no carece de belleza, y en el horizonte, con la llegada inminente de la noche, empieza a verse como las montañas se iluminan, como la ciudad parece hacerse infinita en ese mar de luces, montañas- ola, peces-luz, espuma-ladrillo. De repente nada… un desierto maloliente.

Portal Usme, el fin de nuestro viaje y la excusa final para terminar esta crónica

No diré que nuestro viaje no terminó allí (sobre todo el mío) ni tampoco hablaré del Portal Tunal, donde los niños pasan a través de estrechas rejas para encontrarse con sus madres al otro lado del sistema, tampoco contaré que vi muchos niños, y mujeres embarazadas, ni a una pareja de niños realmente pequeños, cogidos por las manos jugando al papá y a la mamá con un niño de verdad en el vientre de ella, tampoco contaré que me miraron como si fuera un extraterrestre cuando le pedí a mapache que me tomará un fotografía en ese desierto disfrazado de modernidad que es el Portal Usme, ni tampoco que en ese recorrido de tan solo una hora se me abrió la ciudad como una mujer virgen, aunque infinitas veces amada. Tampoco contaré que vi al conductor de un bus observar fijamente hacia algún punto del suelo mientras esperábamos a que se decidiera a arrancar, tampoco contaré que ese mismo bus olía a semen y a pollo, ni que Lima resulto estar mas cerca de lo que creía.

Lo que si contaré es que al bajar de la casa de mapache, para embarcarme de nuevo en un busecito rojo, fui abordado por un personaje de esos fantasmales que merodean la ciudad pidiendo cosas extrañas. Primero intenté esquivarlo, después simplemente lo escuché. Tenía hambre. Recordé que en mi mochila aguardaba un brownie y sin pensarlo se lo ofrecí:
-¿Quiere un Brownie?- le dije.
-¿Qué es eso?- preguntó.
-Es como una torta de chocolate- le respondí.

En su mirada supe que no le agradó mucho mi respuesta y no contento con mi ofrecimiento quiso ir más allá:

- Por qué no me ayuda para una gaseosita más bien quesque tengo mucha sed- dijo suplicante.

Recordé que no solo había un brownie en mi mochila, sino también una botella de Pony Malta y se la ofrecí. Él no cabía en sí de la emoción y con un entusiasmo inusitado me dijo:

- Huyy, eso es loques bien, usté si sabe, que chimba, gracias parce-

Y me dejó ir.

De nuevo en el bus, de vuelta a mi casa, pensé que tal vez no había descubierto nada, que solo me dejé impresionar por cosas que a otros ojos son normales, y que lo realmente importante estuvo en ese último gesto, donde la ciudad no es artificio.
[1] Sistema de transporte masivo adoptado durante la administración de Enrique Peñaloza, basado en la construcción de troncales especiales por las que circulan buses articulados.
[2] Estación que concluye o inicia un tramo dentro del sistema transmilenio.
[3] Buses verdes que acercan a la gente a los portales y a ciertas estaciones intermedias, su utilización nos introduce ineludiblemente en el sistema.
[4] Lugar donde el wisky es muy caro porque se ambienta con desnudistas que por plata extra están dispuestas a prostituirse.