Mostrando las entradas con la etiqueta Diario y explicaciones que nadie ha pedido. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Diario y explicaciones que nadie ha pedido. Mostrar todas las entradas

miércoles, diciembre 12, 2007

Jueves 2:20 AM



Ya es la tercera vez que escucho You only live once de los Strokes, y además volví a eso de saber que carajos dicen las letras, y la busqué en Internet, entonces ando cantando mentalmente para no despertar a Carlos. Ahora es fácil saber qué dicen las canciones, internet está plagado de letras de canciones. Pero no es eso lo que quiero decir. Me gusta mucho esa cancion, y el video, aunque no es la gran cosa; una banda toca en un cuarto blanco, de las paredes brota como petroleo y los va tapando poco a poco, hasta que al final del video la banda queda totalmente sumergida en el liquido negro. Eso es todo. La canción es simple, como toda buena canción. Me gustan los gestos, cuando dice nice varias veces, como levanta la pierna el cantante, cosas pequeñas, la manera de cantar, casi gritada. Me encanta esa canción, y me gusta que me puso nostálgico en el buen sentido, y me hizo volver a los viejos grupos, los que me acompañaron en los años oscuros, que ahora, con el trasnoche y la voz del de Strokes diciendo nice nice nice de esa forma, se me hacen los mejores. Y no sé, debe ser una cosa generacional, estuve viendo varios videos. Supergrass, que me encanta tambien, Pulp, el de hard to explain, de los Strokes tambien, la primera canción que escuché de ellos, y veo que hay cosas en común, una suciedad que me atrae, la actitud, el pelo, cosas sencillas, pequeñas. Estética en ultimas, estética de una generación nostálgica y arrogante. Sucia. El mugre como estética, el desorden, las vidas que se viven, aunque suene raro, así, vidas que se viven, que son vidas, individualidad, aceptación, contradicción. Palabras que se me vienen así. Es tarde. Carlos duerme al lado mío, es bonito verlo dormir mientras escribo y oigo esta canción obsesivamente.
tres minutos y diez segundos empaquetados con lo mejor de la nostalgia. Lugares, situaciones, cervezas regadas, canciones, vomito, descontrol, saberse perdidos y cantarlo de la mejor manera, nada trasciende, todo es vida, y la vida también es muerte, asi que qué carajos, vivir, eso es lo que hay que hacer. Eso es lo que haré.

martes, agosto 07, 2007

Festivo

Por fin entro al mundo del trabajador promedio, ese que gana para vivir y que mientras pierde su vida, o se la regala a un jefe ignorante, en cabeza de una institución inocua. No pretendo que algún día me guste lo que empiezo a hacer, simplemente lo hago para entrar en la inercia de la vida, y para dejar de creerme privilegiado. No me enorgullezco de nada, tuve que fingir interés y por supuesto, también mentir, ¿por que quien querría contratar a alguien que no finge y no miente?, hace parte de la tradición, ellos fingen que me necesitan, yo finjo que soy profesional, que tengo experiencia, que no me importa la paga de mierda ni el horario inhumano, que estoy interesado en el trabajo. Después vienen los rituales infaltables: subjefes que no hacen gran cosa, compañeros de trabajo con delirios de jefe, horas muertas, envidias, falsas complicidades, deseos de días festivos, de alarmas de bomba, de niños suicidas, de una buena gripe. Ahhhhh, que bien se siente.

lunes, marzo 26, 2007

Más que un niño y su peluche

Los recreos del colegio solían ser bastante aburridos, pero nunca tanto como para quitarle el primerísimo puesto del aburrimiento a las clases, donde siempre (recuerdo) el ingenio se aplicaba magistralmente en sentido opuesto al que creo debe aplicarse a toda intención de transmitir conocimiento: el de divertir. Tal vez por esa carencia crónica, terminé aborreciendo las aulas y lo que de ellas sale.

Mis mejores recreos fueron los que pasé en la biblioteca, algunas veces solo y otras acompañado, leyendo las tiras cómicas de la revista Los Monos de El Espectador, que juiciosamente eran encuadernadas por la ayudante de la biblioteca, y puestas en los estantes de la sección infantil después de cada domingo.

Mi tira cómica preferida era Gardfield. Fue con él que reí por primera vez ante algo que leía (y veía). Su humor me enseñó que las letras no son necesariamente aburridas, aunque mis profesores se esforzaran con saña en hacerme creer lo contrario. Si a alguien le debo el gusto por la lectura, es a Gardfield y los recreos que pasábamos juntos, mientras los demás niños jugaban fútbol (deporte que más que todo me produjo ansiedad y humillación), o se dedicaban a espichar sus bolsas de gomitas de distintos colores, hasta hacer de ellas una masa café viscosa.

No recuerdo en qué momento dejé de ir a la biblioteca, tal vez agoté rápidamente lo que ella podía ofrecerme en materia de diversión, y aún no encontraba cómo podía ser divertida una enciclopedia. El caso es que dejé de ir, y mis recreos volvieron a ser los de antes: o jugaba fútbol, o era marica. Yo prefería espichar gomitas y andar por ahí antes que vérmelas con el balón, si eso me hacía marica, cuando a duras penas concebía el sexo como algo humano, pues eso fui; uno que prefería ir a leer tiras cómicas a la biblioteca o pasear sin rumbo por el colegio, antes que recibir las burlas y los golpes propios de los machos en su estado natural, el de la barbarie.

Por suerte después vinieron los libros, los de verdad, “sin dibujos”, y la sorpresa de encontrar imágenes en mi cabeza para cada palabra, aunque lo que leía fuera tan ajeno a mi realidad como una peste en Omán, o el delirio de un saxofonista de jazz por las calles de Paris en los 50’s.

Fue mucho tiempo después que me interesé de nuevo en las tiras cómicas. En Piacenza, donde pasé largas temporadas de soledad volviéndome loco, un día preferí leer los tres libros que tenía una amiga con recopilaciones de tiras cómicas de Calvin and Hobbes, a ir al conservatorio. Reí como no lo hacía desde los recreos del colegio y recuperé mi gusto por la lectura.

Por eso desde entonces busco autores que me diviertan (no siempre haciéndome reír, pues la diversión es un concepto más amplio y no tiene nada que ver con su repugnante impostor: el entretenimiento).

Pero el humor y la inventiva escasean en la literatura, no se dan fácilmente. Fue Manuel Hernández, en un taller de narrativa en LosAndes, el que me hizo caer en cuenta de lo cómico de La metamorfosis. Gregorio Samsa se despierta y se encuentra convertido en un insecto ¿Puede haber algo más divertido? Esa visión no existencialista del libro fue reveladora, las calamidades humanas pasaron a causarme enormes carcajadas internas, y no sendos cuestionamientos sobre mi lugar en el cosmos. Desde ahí, empecé a leer con otros ojos. Aunque a veces me sentí frívolo buscando diversión donde otros buscan saber y conocimiento, pronto encontré que no era el único. Otros también encontraban placer describiendo el mundo cómo una sucesión de hechos potencialmente divertidos. Entre ellos Cortazar, Echenique, Amis, Monterroso, Arlt, a quienes agradezco su sana versión de lo que puede ser escrito.

Y bueno, todo este prologo inoficioso para rendirle un pequeño homenaje a esa tira cómica que me devolvió la fe en las letras, y que me sacó por unas horas de mi agobiante mundo interno de entonces.



Datos curiosos:

Calvin fue nombrado por Calvino, y Hobbes por el filósofo inglés (no alemán, como ingenuamente creí).

El autor de la caricatura decidió no comercializar la imagen de sus personajes, por eso no se encuentran mugs ni almohadas con las caras de ellos (al menos no oficiales).

Desde diciembre del 95 no hay nuevas historietas de Calvin y su peludo amigo.

La última línea de estos personajes entrañables fue: Es un mundo mágico, Hobbes viejo amigo! (Ante el paisaje recién nevado), y en el último panel, Calvin exclama: ¡Vamos a explorarlo!

miércoles, diciembre 13, 2006

Noticias desde el sur

CARTA AL VIENTO


Querido viento,

Resulta que Puerto Madryn no es un lugar inhóspito como temía, sino en cambio una ciudad que aunque pequeña cuenta con restaurantes, pizzerías, tiendas donde se sirven elegantes tés galeses y bueno, hasta un hotel boutique. Así que no tiene nada que ver con el moridero en medio del desierto que me esperaba. Pero es que después de andar 1.600 kilómetros por una carretera que se hacía cada vez más estrecha, divisando el mismo paisaje que no se cansaba de repetirse hasta la nausea, es muy difícil imaginar que se llegará a un lugar con tantas comodidades. Tal vez sean mis recuerdos de lugares en Colombia, los que contaminan mis expectativas de cuanto lugar visito. Sitios donde la energía llegaba por horas, el calor te sumía en un sopor que no te dejaba pensar en otra cosa distinta que !AGUA!, y tantas otras pequeñas calamidades que en últimas reforzaban el hecho de que te encontrabas lejos, lejos de lo que conocías y te era propio, de la seguridad del hogar. Pero en Puerto Madryn eso no pasa, aunque sea el punto más austral en el que he estado, eso no me pasa.

Buenos Aires es enorme, no te das cuenta de sus dimensiones hasta que tienes que salir de ella, y pasas horas en la ventanilla de un bus de dos pisos viendo cómo los edificios se suceden uno tras otro, sin más en el horizonte que esos mismos edificios para mirar. No da lástima dejarla, pero te deja con ganas de más igual, puede ser como una adicción.

Mañana iremos a ver ballenas y otros animales de mar que suelen estacionarse por estos lares, para fortuna de los habitantes de esta ciudad sin atractivo mayor que el mar, que siendo justos, es siempre un atractivo mayor. Después iremos más al sur, hasta que nos cansemos de ser turistas y se nos acabe el dinero, cosas que anticipo sucederán simultáneamente.

Creemos que nos robaron la cámara, pero yo guardo la esperanza de que la hayamos dejado en el apartamento de recoleta donde nos quedamos (los que conocen sabrán que recoleta es un barrio cheto, y lo nombro sólo por joder), Carlos en cambio quiere creer que se la robaron unos argentinos que iban en el mismo bus, y así poder aumentar su odio hacia los chirris, como él los llama. Pero yo sé que no son muy serias sus acusaciones, de todas formas da rabia no poder tomar fotos y culparlos a ellos es siempre mejor que culparse a uno mismo. Pero no será la primera vez que no tomo fotos, esas emulas del recuerdo que tienden a ponernos tristes, aunque hasta depronto me animo y compro una descartable, no sé.

Estamos en Puerto Madryn y la playa nos espera para una caminata nocturna.

Chau.

domingo, noviembre 12, 2006

Domingo















Vengo de la nueva tienda Falabella, esa cadena chilena omnipresente en todo lo que signifique negocios, y me acabo de enterar que existen un montón de objetos y artículos que desconocía y que necesito. Vivía en la ignorancia, era falsamente feliz, pero ahora que sé que hay tantas cosas diseñadas y pensadas para mí; para mi felicidad, para mi comodidad, para mi diversión, para disimular mi estupidez, para mi placer; ahora que lo sé, no puedo ser tan feliz como antes.

Entonces quiero tenerlo todo, lo que pensé que necesitaba y lo que nunca imaginé podría querer. Hago cuentas en mi mente, descabellados razonamientos que me hacen comparar situaciones que no coinciden. Pienso que si hay alguien capaz de comprar una botella de vino de 800.000 pesos, como la que vi en el Carrefour cercano a mi casa (y que recorro solo, casi secretamente cuando siento el vacío capitalista) y que en una cena la destapa, no sin antes alardear su precio, y la ofrece a amigos y familiares creyéndose mejor persona. Si hay alguien así, por qué no puedo yo querer un par de zapatos que cuestan una octava parte de ese líquido rojizo apreciado como el oro que saldrá irremediablemente amarillo (ahora sí como el mismo oro), y se instalará con todo lo demás en el fondo de la taza del baño.

Un par de zapatos, unas camisetas, varios discos, un par de libros, un capuchino, sentirme mejor, creerme mejor.

Pero no. No he comprado nada. No fui para eso al centro comercial. Fui para ver a la gente, para sorprenderlos mientras me veían. Mujeres, hombres, niñas y niños. Caminando en hordas. Comprando, sorprendiéndose como yo, con lo mucho que hay y con lo poco que tienen, sintiendo insatisfacción, sustituyendo todo vacío con un helado, con un trozo de carne, con unos zapatos, o con sólo mirar.

Después llegó a mí la nostalgia. En un café, con una revista Soho, con un artículo de Felipe Zuleta, el cual recuerdo por sus columnas breves en el espectador, y por la facilidad con que cambiaba de opinión, por su humanidad en últimas. El artículo habla de los mejores amigos. Su mejor amigo es su pareja. Hay una foto de él y Cesar, de quien se enamoró cuando aún no existían ni theatron ni programas conducidos por maricas, cuando yo veía los clasificados del tiempo en la sección adultos, y descubría que había sitios extraños, donde hombres iban a estar desnudos, y fantaseaba, y tenía miedo.

Ahora sé que no quiero unos zapatos. Quiero a mi mejor amigo, lo quiero conmigo, para poder decirle estas cosas entupidas que pienso, para reír y ser feliz con su risa. Quiero a Carlos, con quien sería feliz rompiendo botellas de vino de 800.000 pesos, orinándonos en la estupidez del mundo.

lunes, octubre 09, 2006

Lo aleatorio

Anoche leí esto, y no sé por qué, pero sentí cada palabra. Lo comparto ahora, que vengo de un concierto de música contemporanea, donde viejas aristócratas, se creían en el Carnegie, o en el Royal Albert Hall, o en La Scala, o en el Colón de Buenos aires; pero no, estaban en un pinche concierto que nada tenía que ver con ese aire patricio de sus vestimentas, de hecho la propuesta musical se burlaba de aquello, aunque la seriedad de los músicos hacía parecer que nadie entendía nada de nada.

fue uno de esos conciertos que lo ponen a uno en la penosa disyuntiva de salir corriendo, o esperar por el vino del final. Yo me quedé por el vino, y durante el concierto pensé en otras cosas.

En la última pieza, de Cage, los músicos fueron saliendo uno por uno, a lo Haydn, y después que todos se fueron, quedó sonando lo del compu. Le dije a mi compañero de al lado -ahora falta que se vaya el compu-. Sólo imaginármelo valió mas que el vino posterior.

Y ahora sí por lo que me metí. Ahí les va.

Las palabras escritas dan miedo.
Siempre he pensado que cuando se escribe se exterioriza el ritmo del alma; cuando se habla se miente; cuando se escribe, no. No es posible. Es como sacar al exterior algo vital y horroroso, como un órgano aplastado sobre el papel.
Poner un hígado en un sobre y enviarlo: eso es escribir cartas.


Simona Vinci

Nada más que agregar.

jueves, septiembre 21, 2006

Sobre la sexualidad de las monjas

No acostumbro a hacer esto, pero esta vez me tocó. Ya hace más de tres semanas que no escribo nada nuevo, y aunque pensé en reciclar y poner algún escrito adolescente, me di cuenta de que no me gustan los escritos adolescentes, a menos que uno sea un genio precoz, tipo Rimbaud o Andrés Caicedo, o tenga la gracia de Buchi (referencia personal), no debería escribir. Pero lo que me molesta no es tanto la cuestión de la edad, sino la postura “irreverente” y la incapacidad de salir de lo autobiográfico.

Todo este ataque para decir que estoy en algo así como una parálisis creativa, que me llevó a escribir en mi frase de msn “más seco que coño de monja”, frase que me encanta por el poder evocador que tiene. No sólo los mares y las nubes y los paisajes pueden ser evocados. Pues sí, las ideas no están fluyendo y la pereza me está ganando y me siento seco, como el olvidado e inalcanzable órgano sexual de una monja.

Cada semana me llega un informe sobre el movimiento del blog, cuanta gente entra, a qué hora, de donde vienen, que idiomas hablan, y si llegan de un buscador, qué palabras clave escriben. Muchas veces han llegado cuando buscaban Whiskerias en Bogotá, otras cuando ponen relatos de prostitutas, y hasta alguno llegó cuando indagaba por la señora Alexandra Piraquive, y que a propósito dejó un comentario sobre lo bien que le fue al partido Mira en las últimas elecciones. Ahora podrán llegar personas que busquen por “coño de monja” o “coño seco” aquellas con problemas de lubricación. Y ya estuve demasiado gráfico para un solo post, así que mejor me pongo a escribir, que al parecer por fin asomó una idea. Adiós a la sequía. ¡Vivan los lubricantes!

miércoles, agosto 30, 2006

Sobre lecturas inquietantes

Debe ser una obsesión colectiva, algo que todos pensamos. Pero está allá, en esa zona destinada a lo que no decimos, a lo que callamos, a lo que irremediablemente nos ataca desde el sueño.

El colegio, ahí pasan muchas cosas. Creo que gran parte de lo que somos se gesta en ese sitio, donde nos enseñan de civilidad, de cultura, y nos meten todo lo que un puñado de personas considera importante en horas infinitamente aburridas, que si no fuera por el recreo, serían la peor de las torturas. Uno no va al colegio a aprender, uno va a saborear el tedio de la vida y a conocer los sinsabores de las relaciones, a creer en la amistad, amistades que luego son rotas violentamente por el paso del tiempo, pero a las cuales volvemos sin saber bien por qué, tal vez buscando respuestas, las respuestas que la educación no es capaz de dar, que el tiempo nos ratifica como esenciales.

La noche en que leí de nuevo sobre aquella obsesión, estaba tendido en una hamaca, resguardándome de la canícula de un pueblo del interior, de esos donde no corre viento, y la sombra no es suficiente alivio. Estaba en el índice, era otro de los tantos cuentos de Carver que se encontraban en esa colección. Escuela Nocturna se llama, y tuve que alterar el orden propuesto para la lectura y saltar directamente a él, pues su título me llevó de inmediato a otro cuento, claro, de Cortazar, de quien más, llamado La Escuela de Noche, leído ya hace un tiempo, y que de pasó me transportó también hacia la vida, hacia mi vida en el colegio, el Instituto Pedagógico Nacional.

Aunque los dos cuentos no tengan nada en común, sí comparten la visión de ese lugar, bajo circunstancias no usuales. Quien haya pasado por su colegio en la noche, cuando una que otra luz está encendida y se siente el peso de la oscuridad y la soledad en ese sitio que solemos ver lleno de luz y gente, sabrá de qué se trata esto, y entenderá que tanto Cortazar como Carver querían llegar allí, a ese sentimiento que produce un lugar del que no podemos escapar, así nos disfracemos de adultos y comamos en restaurantes finos.

Si en La Escuela de Noche, el inconsciente es llevado a extremos más que inquietantes, en Escuela Nocturna, apenas nos enteramos del argumento, que si no fuera por el título, tal vez hasta pasaría desapercibido. Da igual. Sea con los profesores travestidos en plena orgía a media noche en el salón donde de día se enseña cálculo, o en lo remoto de un pueblo del país sin nombre (USA) donde dos mujeres proponen un plan absurdo durante una conversación de bar, se habla de lo mismo.

En las noches sucede cualquier cosa en los colegios, pero sólo quienes se atreven a entrar lo saben, los demás fantaseamos.

martes, julio 25, 2006

Recordando al gigantón (de cariño)




El primer relato que leí del gigantón (sufría de gigantismo) fue “El perseguidor”. Tal vez el mejor cuento sobre un músico (Charlie Parker) que haya leído y el que mejor interpreta ese sentido del tiempo propio de la música, que aunque las contratapas de los discos se empeñen en rotular con medidas exactas, no es más que otra forma de entender el tiempo, y sí, con distintas medidas, pero vaya uno a saber cuales. Es la historia de un saxofonista, que un día mientras viajaba en el metro de París, pensando en distintos momentos de su vida con detalle, esuchando melodías y sonidos del pasado; se da cuenta de que para pensar todo aquello, habrían tenido que pasar al menos quince minutos, más sólo pasaron dos, si acaso, que es lo que dura un trayecto normal entre tres estaciones. Es una sensación de desfase entre lo que pensó en tiempo “musical” y lo que en efecto sucedió en tiempo “real”. La evidencia del desfase es abiertamente subjetiva, pero pone de manifiesto una sensación respecto al estado metafísico de los sonidos. Claro está que el saxofonista del cuento era adicto a la cocaína y otras drogas fuertes, por lo que su percepción también dependía del estado alterado o no alterado en el cual se encontrara, pero es sólo un dato distractor, que no determina la situación, y el mismo personaje aclara que no había ingerido nada. De toda formas la alteración perceptiva del interprete, es sólo sentida por él mismo, lo que haga con los sonidos va a ser un único hecho físico independiente, y por lo mismo su condición metafísica es inherente a lo que suena, no al interprete.

Parece enredado, y en verdad lo es. Pero estoy seguro que todos hemos tenido alguna experiencia de “atemporalidad” o de expansión y compresión del tiempo que conocemos, gobernado por los implacables segundos y la relación causa-consecuencia, a través de la música y los sonidos.

Después de ese cuento, que como ven es imposible de abordar sin entrar en lo desconocido; o sin pretender entrar, leí otros, recopilados en un libro de esa colección de literatura universal compuesta por cien títulos de SALVAT que muchas familias tienen, y donde se encuentran cosas maravillosas, como los lacrimógenos pero memorables relatos de Ana María Matute, o los claustrofóbicos cuentos de Chejov. Uno en particular, de esa recopilación de Cortazar llamada "La isla a mediodía", me causó perdurable impresión. Señorita Cora. En él, desde la perspectiva de un niño con apendicitis en un hospital y la de su enfermera Cora, nos cuenta de manera tan brutal como tierna, la evolución de la relación entre estos dos personajes, mediada por tomas de temperatura en lugares no aptos para personalidades tímidas y esfuerzos de simpatía que la carga del sentimiento de clase (él, niño burgués consentido por su madre protectora, ella cínica y bella mujer trabajadora, consciente de la atracción que él siente por ella) no deja que termine por ir hacía un conocimiento mutuo, sino apenas plantea la imposibilidad del encuentro. Cortazar cree que es su cuento más erótico, y la ereccion que me produjo lo confirma. Me gustan las historias que terminan produciendo algún cambio físico, una lágrima, una sonrisa, un dolor en la boca del estómago, ansiedad, palpitaciones (que palabra de abuela más linda) o una simple y saludable erección. Para quienes no hayan leído estos dos cuentos: El perseguidor y Señorita Cora, quedan altamente recomendados y si se atreven a leerlos o a releerlos (cronopios avezados) me gustaría saber qué piensan o más bien, qué sintieron con ellos.

No sé por qué escribí esto, pero ahí está, es mi ejercicio semanal de escritura. Para los que piensan que soy ñoño, una prueba más.

lunes, abril 17, 2006

Good morning heartache



















Escucho cantar a Billie Holyday. Está justo en la sala de mi casa invadiendo el espacio con su extraña y cálida voz. Ella me acompaña mientras escribo esto y lo hace todo más fácil.

Hoy me entrevistaron para un programa de televisión. El motivo de la entrevista fue mi último escrito publicado acá. En él hablo sobre mi relación con los buses. También breve y confusamente doy mi opinión sobre una tendencia en el arte bogotano; que ha llevado a las galerías, tiendas de diseño, moda, bares, etc. La cultura popular.

El programa de televisión tratará ese tema y para hacerlo interesante buscaron una voz contraria: la mía. (lo interesante no es mí voz, sino que es contraria)

Con motivo de la entrevista tuve que buscar en http://www.populardelujo.com/ lugar del que saqué el artículo que critico, para ver que pensaba en serio. Pues aunque mi posición allí parece muy clara, se fundaba en una percepción superflua del tema. Estaba hablando mierda. Lo que encontré fue una buena página, que poco tiene que ver con su título. Creo que en un principio quisieron documentar una especie de memoria estética de la ciudad, pero sin duda los aportes de distintas personas han hecho que sea mucho más y que por lo tanto su nombre no corresponda con el contenido o con gran parte de él. Aún así, mi pequeña búsqueda sirvió para afianzar un presentimiento, un malestar al respecto. Les aclaro que sólo sirvió para eso, porque la entrevista fue un desastre: hablé mierda. Pero a todas estas, qué hacía yo, un pianista en formación, opinando sobre las tendencias del arte en Bogotá ¿Dónde están los artistas que deberían ocupar esos espacios? En fin. Allá ellos.

Pasando por encima la precariedad de mis respuestas durante la entrevista muy urbana que me hicieron, agregaré más ideas al respecto por escrito, campo en el que me defiendo mejor. Y quiero poner una cita en este punto de Nabokov pero no la encuentro. Me aventuro igual a decirla de memoria, dice Nabokov de él mismo: “pienso como genio, escribo como autor notable y hablo como un niño”. Yo me siento identificado con lo de hablar como un niño, claro que hay unos niños…

Un día fui a una fiesta de estudiantes de los Andes. Y acá se me ocurre un chiste parafraseando a Nabokov (aprovecho que el disco de Billie se acabó y automáticamente se puso uno de música colombiana viejita). Los uniandinos pagan como en Harvard, piensan como buenos profesionales promedio, y hablan como idiotas. La fiesta era temática, o eso pretendió serlo, el tema: los 80’s. Los que se animaron buscaron en sus armarios y en los de sus hermanos y hermanas ropa de aquella década. Se la pusieron aunque no cupieran en ella y así se presentaron. La fiesta no era nada especial, un montón de ingenieros aburridísimos haciéndose los chistosos, nada más patético. Pero el punto interesante y relevante para este escrito, vino cuando los asistentes empezaron a poner nombres con un marcador negro en pedazos de cinta de enmascarar, para en seguida pegárselos en el pecho, a manera de identificación. Los nombres no eran los propios, sino los sacados de su imaginario de pobreza: Usnavy, habsleidi, Jaider y así… yo les seguí el juego, y puse en mi pecho mi segundo nombre: Ronald. No sé qué buscaban con esto, pero sentí malestar, no por que mi nombre estuviera entre los “chistosos” sino por lo que en su inocente juego plantearon los ingenieros con tan poco humor. Estaban jugando a ser pobres.

Hace unos días fui a un restaurante que dedica sus esfuerzos culinarios e hacer de sus platos una suerte de criollismo sofisticado. Hay envueltos de maíz con salsa de maracayá y helado de vainilla, onces de chocolate con queso y panes boyacenses, y varias propuestas de la cocina vernácula, combinada con elementos propios de la cocina contemporánea. El postre con envuelto de maíz es sin dudas un logro, pero pagar por un chocolate con queso 8.000 pesos, es un robo. Igualmente hay un restaurante de reciente inauguración, dedicado a la cocina colombiana, con precios exorbitantes, a platos que en su contexto son más bien económicos, y hasta más ricos. Pero todo esto hace parte de una tendencia que quiere darle “estatus” a esos productos que llamamos populares, hacerlos válidos para las élites. Ahora un niño bien puede comerse una aguapanela con queso y no sentirse un pobretón muerto de hambre. Está relacionado también con la idea uribista de una Colombia pujante, echada pa adelante, orgullosa de sus particularidades, en suma, una campaña chovinista asentada en un sentimiento vacío respecto a un país, que no tiene en cuenta a la gente, sino sus imaginarios de consumo. Es como si estuviera de moda ser pobre. Obviamente el “ser pobre” pensado desde su estética y gustos, no desde el verdadero significado de serlo, es decir, pagar mucho por serlo, para no serlo.

Otra corriente muy aceptada es la de aprovechar la lengua para agredir “inocentemente”, y resaltar una carencia educativa. Un bar carísimo del norte se llama mailiroldarlin (my little darling). Su nombre es una transliteración, pero una particular, que nos habla de cómo llegan algunos al idioma ingles. No porque sus colegios hayan sido bilingües, ni porque hayan pagado por cursos particulares, sino por la precariedad con que se enseña esta lengua en los colegios públicos. Bien sabemos que asi no se dice ni se escribe, pero es muy play (plei) jugar a no saber, a ser pobre. (El inglés no debería ser la única lengua que se enseñe y ser bilingüe, aunque muchos no lo piensen así, implica hablar al menos dos de las miles de lenguas que hay en el mundo). El nombre de este bar se aprovecha de esa carencia, los ingenieros de la fiesta se burlan de la inspiración que lleva a las personas pobres a ponerles ciertos nombres a sus hijos. Pagar por un tamal 20.000 pesos, nos dice que lo pobre vende.

Hace ya un buen tiempo que no suena Billie Holyday, por eso se me hace difícil escribir.

Creo que las expresiones populares son mucho más de lo que un grupo de niños ricos creen, y que su aprovechamiento no corresponde a una identificación, o a una búsqueda verdadera. Es más un lugar común, una forma fácil de hacer arte y vender.

domingo, abril 09, 2006

Mi relación con los buses y el asombro uruguayo

Se me pidió escribir y criticar, para ver con qué salgo, respecto a un tema que conozco bien, no porque lo haya estudiado a fondo, sino porque he vivido en él y desde él; se trata del transporte público en Bogotá, y para ser más específico, de la disputa entre el viejo sistema heterogéneo y caótico de buses multicolores; mucho humo, pito a mansalva, y el aparentemente servil y pulcro transmilenio.

Pero antes de empezar, les pido remitirse al siguiente enlace metatextual: http://www.populardelujo.com/libro_01/textos/pdf/cebollero.pdf (no metrosexual) donde encontrarán un artículo de Mauricio Carreño sobre el mismo tema. En él, añora la perpetuidad del viejo sistema, apoyado en un amor desmedido y esnob (muy de moda hace unos años entre universidades bien que enseñan arte) por la cultura popular, amor que no pasa de un mero reconocimiento iconográfico, y de una vacuidad emocional asociada a ciertos elementos naturales al desenvolvimiento estético de las sociedades fuera de los contextos académicos, es decir, descubrir que la cultura popular tiene una estética tan válida y rica como cualquier otra nacida de los círculos intelectuales. Agua hervida. Los pobres son play muy a su manera. Que raye marica.

No es mucho lo que puedo aportar o decir. No estoy ni en contra ni a favor de ninguno, pero debo reconocerle a transmilenio el que haya podido leer varias novelas, cuentos y artículos, sentado en sus sillas rojas (y a veces azules), sin que mi retina peligrara tanto, porque desde que las lozas empezaron a hundirse, mis lecturas también se fueron hundiendo, y mi astigmatismo se fue subrayando con cada hundimiento. Pero fue allí, aún a pesar de ese pequeño inconveniente, donde leí Abbadon el exterminador, America, El libro de Manuel (no la de kafka), El síndrome de ulises, varias malpensantes, De carne y hueso, Angosta, El último round, la vaca, la información, y últimamente, la amena Experiencia, de Martin Amis. Estoy seguro que si hubiera leído esos libros sentado en una buseta, un cebollero o un colectivo, estaría casi ciego.

Recuerdo que empecé a montar solo en bus a eso de los 12 años, cuando iba a entrenar natación al club comfenalco (ahora colsubsidio). Cogía muy al frente de mi casa un ejecutivo (a veces superejecutivo) y al poco tiempo llegaba a mi destino. En esa época vivía en Suba. Fui muy chiquito hasta que me pegué el llamado "estirón", que no fue sino un estironcito. Me alcanzó para el 1:74 de estatura que mi cédula atestigua algo fraudulentamente. Por esta razón, cuando debía bajarme del bus, o recurría a la ayuda de alguien con la altura requerida (nunca una mujer) o saltaba agarrado al tubo oxidado, haciendo puntería con el dedo para dar en el reducido círculo asignado como timbre. Toda una labor harto dispendiosa y sin duda aflictiva, a esa edad donde todo me parecía bochornoso. Desde ahí las cosas empezaron mal, sería una relación unida por el odio y el tedio.

Pero los buses me dieron la oportunidad de no ir en la ruta del colegio, eran una alternativa interesante, que me permitía bajar a Unicentro (muy cerca a mi colegio) jugar maquinitas con mis amigos después del estudio, y después ir a mi casa, con poca plata, pero la satisfacción que le da a uno la independencia. El bus sin duda significa para mí independencia.

En la universidad la llamada independencia se fue para el carajo, y en su lugar empezó a acomodarse en mi espíritu, un resentimiento hacia esas cajas ruidosas, atestadas y lentas que eran los buses. Ir hasta los Andes desde mi casa y volver después, era a todas luces un suplicio.
Cómo me hubiera gustado poder leer algo en esos momentos estáticos en la séptima, en la 127, en la Suba.

Paulatínamente fueron llegando los buses rojos, con toda su renovación urbana y ciudadana. Pero nunca me han servido mucho. Para ir al portal del norte, la estación más cercana a mi casa, debo coger un colectivo o caminar 15 minutos hasta la parada de un alimentador. Lo bueno de empezar los recorridos en un portal, es que hay muchas posibilidades de conseguir una silla, lo que en mi caso significa: leer.

Creo que la discusión no es muy interesante, siempre pensé que Bogotá se merecía un metro, pero nos vendieron esta solución y ya que se le va a hacer. ¿Les colocamos vírgenes y figuras religiosas y hacemos retablos rojos y acolchonados en la parte delantera de los buses articulados para contentar a los que creen que se pierde autenticidad y cultura por montar en transmilenio?. ¿Cierto que suena ridículo?. Me gustaría que el sistema fuera menos excluyente, que los vendedores, como en el D.F, pudieran subirse a decir su carreta, que las estaciones tuvieran baños y comercio, que hubiera descuentos para estudiantes, que las malditas lozas paren de hundirse, que el alimentador llegara hasta la puerta de mi casa, que nadie se crea mejor persona por dejar sentar a un viejito, que la lástima impuesta no sea el motivo, en fin, muchas cosas. Pero me conformo con poder leer algo mientras voy a la U. Algo es algo. Deje así.

Por otra parte. El informe semanal que me dan sobre el movimiento del blog, me dice que hay varios uruguayos leyéndolo ( o al menos visitándolo), más que colombianos. Como el hecho me parece insólito, y por lo tanto interesante, les mando un saludo a los uruguayos que lean estas páginas, y les digo que fui al festival de teatro a ver una obra uruguaya que me gustó bastante. No es más por ahora. Con esto salí.

jueves, marzo 30, 2006

Una anécdota


Lugar: Buenos Aires
Hora: A eso de la 1:00 A.M
Acompañante: Mi hermano

Caminaba con Felipe, ya hacia al hotel, por alguna calle del centro de Buenos Aires. Veníamos de comer en la zona ultra sofisticada de Puerto Madero, claro que Eduardo gastaba, no vendríamos de allá si no hubiéramos estado con él y Alba, pero iban adelante, por eso no los cuento como acompañantes, no en el momento que les pienso contar. Era una de esas calles afrancesadas (aparizadas, de París), con edificios de media altura, y todo muy bonito, salvo por tanta basura. No había casi nadie en las calles. Caminábamos románticamente, con esa sensación que le da a uno en las grandes ciudades, y mas en las ciudades “literarias”, de ser el protagonista de una novela policíaca. A lo lejos, enfrente de nosotros, vimos a un par de jóvenes escarbando entre la basura. Alba reaccionó apretando el ritmo de sus pasos y Eduardo la siguió. Mi hermano y yo, al haber visto en noches anteriores que eso de recoger basura en Buenos Aires es algo más bien normal, nos quedamos atrás, caminando sin prisa alguna. Al acercarnos a los dos jóvenes, el poco miedo que hubiéramos podido tener, producto de una infancia de terror a los recogedores de basura en Bogotá, se nos esfumó del todo. Los encontramos metidos en la basura, seleccionando, discutiendo sobre qué llevar. La basura era particular, se trataba de casetes de VHS, cientos de ellos, esparcidos por todo el andén, todos marcados enigmáticamente. Paramos y nos sumamos a la búsqueda. Después de escarbar un poco, y decidirnos por un título, continuamos con la caminata nocturna y volteamos por florida, que siempre tiene gente, allí nos esperaban Alba y Eduardo. El casete decía lo siguiente: Publicidad insólita 1986.

En Bogotá el asunto del casete se olvidó, hasta que mi hermano me dice un día: Mira que escuché el casete que recogimos, pero no había nada, sólo estática y una voz toda tenebrosa diciendo algo que no se entiende, pero me dio miedo ver más y lo saqué. En seguida estábamos frente al televisor poniendo la bendita cinta en el VHS. Pero saben algo, la cinta tenía justamente eso, estática y una voz de ultratumba diciendo algo que no se entiende. La sacamos y la volvimos a meter, esta vez el audio cambió, la voz ya no era de ultratumba, era más bien ridícula, una voz a más revoluciones de las necesarias, como la de las ardillas (recuerdan a Albin y las ardillas). El caso es que era sólo eso, un casete viejo con el video dañado y el audio sobrerevolucionado. Lo adelantamos todo y siempre era lo mismo. Nuestro interés policiaco se perdió. Ahora la cinta está al lado de las pelis de Felipe, en su cuarto. En verdad me hubiera gustado que fuera otra cosa.

domingo, marzo 19, 2006

Que bonito soy como me quiero

No quiero pensarlo mucho, porque de otra forma empezaría a descartarlo todo, a limpiar las ideas, decantarlas, hacerles eso que para mi es academia, aburrirlas, cubrirlas de moho y telarañas.

Tampoco hoy llegó el periódico, y sí, quería leerlo. El domingo pasado tampoco llegó. Es raro que pase eso justo el domingo, alguien se lo está quedando en algún punto de la cadena. Se imprime un periódico para nosotros, que lo pagamos anticipadamente para tenerlo en la puerta de la casa apenas empieza la mañana. Quien lo esté refundiendo debe pensar que un periódico a la semana no hace mella, no es un gran lío, que si decidiéramos quejarnos por una nimiedad como esa, seríamos seres insoportablemente sicorrígidos, que no soportan un hueco en la semana, un vacío de perfección, un daño en el sistema, por lo tanto seres a los que vale la pena hacerles eso. Yo creo que si estuviera leyendo todos los domingos el periódico de otra persona pensaría lo mismo.

Pero empecé hablando del periódico por otra razón. Esta semana leí un corto artículo sobre una encuesta realizada en Estados Unidos, que arrojó los siguientes resultados: Para ser más felices es necesario ser blanco, tener familia, ser republicano, y tener un trabajo por el que te paguen mucho, al menos más de 200.000 dólares anuales. El escritor del artículo aclara que es difícil saber si los resultados están cerca de la verdad, o al menos salva su opinión sobre lo que le toco escribir, haciéndose el cuestionamiento de si seríamos capaces de responder que somos infelices y sentimos frustración a la pregunta de: es usted feliz?.

También se puede sacar otra conclusión, claro, siempre se pueden sacar muchas conclusiones, y me parece pertinente que yo la saque en este caso, ya que me puse a escribir sobre esto, cuando lo que en verdad quería era escribir sobre otra cosa, pero siempre es así, entonces tengo que continuar con lo empezado.

También se podría concluir que los ricos mienten y que los pobres, los negros y los demócratas, son más sinceros, igualmente que el dinero es una condición insustituible para conseguir la felicidad. Entonces son la estupidez y el color de piel rasgos definitivos a tener en cuenta en el momento de concebir una nueva vida, los futuros padres deberán preguntarse, si desean que su hijo sea feliz, lo siguiente: soy negro? Soy pobre? Soy demócrata? Si la respuesta es afirmativa en cualquiera de los casos, se debe considerar seriamente la idea de no continuar esparciendo sus genes por el mundo, si es afirmativa en los tres, valdría la pena pensar en el suicidio.

Eso aplica a Estados Unidos, pero volvamos a lo de la pregunta y comámonos el cuento de que la cosa es así por esos lares, no sin antes empezar a cruzar información, que aunque irrelevante de momento, podría servirme más adelante para sacar una conclusión pasmosa (que arrogancia).

Vi mucha televisión hoy, intercalaba tandas de estudio del piano con televisión. Vi el canal VH1 (biechuan) hábil en mostrarnos sin anestesia aspectos de la vida en el país del norte, que aunque deberían asquearnos, terminan por convertirse en un modelo, inalcanzable y harto innecesario, pero deseado. El programa mostraba los 100 cuerpos mas deseados. Un recuento de belleza estereotipada, riqueza y poder (que no es lo mismo, acaso no es Irak un país riquísimo?) y obviamente, de felicidad.

Los 100 cuerpos más deseados pertenecían todos, sin excepción, a personajes ricos, la mayoría blancos, y todos tan concentrados en su propia belleza, que el saber si son demócratas o republicanos, no parecía uno de sus cuestionamientos de vida.

Va otro dato. El partido conservador le ganó al liberal en las pasadas elecciones de cámara y senado. La derrota del partido liberal es insólita, sobre todo sabiendo que la participación para su consulta fue masiva. Acaso quienes votaron tan fácilmente por Serpa, Pardo y Rivera, al momento de decidirse por los aspirantes a la cámara y el senado, terminaron por darle el voto a un candidato de los partidos uribistas?. Por otro lado, la cantidad de votos nulos es inaudita por abultada. Sin duda mucha gente no entendió cómo votar. Pudo darse que quienes votaron a la consulta liberal, confundidos ante la nueva cara del tarjetón, terminaran por votar equivocadamente, haciendo que su voto fuera nulo. Pero por qué hago referencia sólo al partido liberal? Los conservadores estaban con Uribe así que no se puede hacer la misma comparación respecto a la consulta, y hay otro ingrediente que marca una diferencia sustancial en el tipo de voto; los conservadores no son pobres, a lo sumo algo arrancados, pero difícilmente pobres, por lo mismo tienen educación, y por consiguiente pudieron entender el nuevo tarjetón. No fue su mayoría en número de votantes, sino su mayoría de votantes con la capacidad de no botar su voto, lo que determinó un resultado que a todos nos parece sorprendente, pero ante todo, sospechoso.

Y donde quedan nuestros cuerpos deseados, nuestros torsos sin grasa? Están en la televisión, casi exclusivamente allí, alimentando ideales y proponiendo paradigmas, esquemas a seguir, haciéndonos sentir pobres, feos y ustedes ya saben: infelices.

Me gustaría seguir gravitando en estos temas, pero me impaciento si no puedo hilarlos como me gustaría, entonces se los mando así, como un feto que termina en una caneca y posteriormente en un basurero al sur de la ciudad. Para que no se sientan dirigidos por mis pensamientos, para que los hilen como quieran.

domingo, marzo 12, 2006

Las cosas que se aprenden (y como desaprendo escribiendolas)


Hoy hicimos galletas. Carlos vino a mi casa con un libro enorme de recetas e hicimos galletas. Mientras tanto en la tele nos decían como iban quedando las votaciones, al parecer el voto nulo fue un gran ganador de la jornada, y el voto en blanco en las curules para indígenas. Curules no aparece en el diccionario de Word y en la rae no parece tener plural, además es una palabra que se usa en México El Salvador, Ecuador y Colombia, ahora me las tendré que ver con la molesta raya roja. La palabra Word, este programa la pone con mayúscula automáticamente, automáticamente es una palabra sobresdrújula, Word es una palabra en ingles, y no debería ir con mayúscula, mayúscula es esdrújula, esdrújula también. Mi candidato a la cámara no ganó curul, papá Noel ganó la consulta del polo, el polo es un extremo, pero la rae me dice que no es eso, que es el punto en que el eje corta a una superficie de revolución, pero hay muchas acepciones, la que yo creía saber es la de: Punto opuesto a otro en un cuerpo, pero no es muy claro, también es un baile o aire popular de Andalucía, y un deporte de millonarios, lo juegan en Afganistán, aunque no tenga coherencia económica esa frase. A los juegos y a quienes los juegan no les importa si mi frase tiene coherencia. Hoy no llegó el periódico a la casa, tampoco le llegó al vecino, justo hoy que quería leerlo. Las galletas quedaron ricas. Ahora sé que las galletas están hechas básicamente de mantequilla y azúcar y sé que el periódico no llega justo cuando quieres leerlo y que este programa se cree tan importante que no soporta verse escrito con letras minúsculas y que los indígenas prefieren votar en blanco, y que su voto en blanco es muy válido, ahora les toca repetir elecciones y los aspirantes tienen que ser otros. Sé también que polo es una marca de ropa, de helados, un juego, un baile, un aire popular, y muchas cosas más. Yo voté por el polo, pero no entiendo por qué se llama así el partido. Lo que más me gustó del día fueron las galletas, les echamos chips de chocolate, y ralladura de mandarina porque no encontramos naranjas. Mejor voy a comerme una...

martes, febrero 14, 2006

De esto y lo otro

Lo que publico acá lo hago por mí, y si intento mantener un diálogo refiriendome siempore a posibles lectores, a ustedes, es porque aunque en un principio sí lo quise así, se convirtió en el estilo propio de la página. Esto es un taller de escritura, donde expongo cosas que apenas me gustan, bozetos, escritos a medias, ideas, pensamientos, o simples palabras. Pero por alguna razón se convirtió en algo más, en un punto desde donde personas que si acaso me conocen pueden entrever en lo que escribo rasgos de una personalidad que en vivo es menos concreta, menos definible.

Lo que quería con esta página nunca fue claro, por eso a veces tiene cara de diario, otras de reciclador de trabajos académicos, otras de ficciones autobiográficas y otras de nada. Lo que si sé es que me animaba la idea de poder compartir lo que escribo, para qué, ni idea, sólo mostrarlo a ver qué pasaba. Despues quise que me dijeran algo, me sentía no leido, o mal leido sin comentarios, y lo dije sin pudor, hasta llegué a decir que me alimentaba de comentarios. Ya no es así. Me dí cuenta que tengo pocos amigos, y que lo que escribo interesa sólo a algunos de ellos.

Ahora no quiero más que descansar y no darle apuro a mis escritos con el propósito de entregarle algo a alguien. Si me sale algo y lo termino bien, si no, voy a esperar hasta que se complete para publicarlo.

Otra cositas...

Fui a ver brokeback mountain el día del estreno. La sala estaba llena de maricas (a los que no les gusta el término y prefieren el políticamente correcto "gay" les digo que a mí si no me importa, ninguno dice nada de las personas, son sólo adornos de la personalidad) y fuimos varios los que salimos con los ojos vidriosos. Es un drama algo sentimentaloide, con una historia de amor muy floja, que se sostiene con la visión romántica del sufrimiento. La historia original, era sobre dos campesinos (a la manera gringa) no sobre dos vaqueros. El cambio es significativo, se sabe que la imagen del vaquero es un esterotipo homoerótico y por lo tanto es culturalmente deseada, se abría vendido de igual forma una historia de amor entre dos jovenes campesinos de la sabana cundiboyacense?. No. Por otro lado la relación de estos dos personajes es lejana y esencialmente física, podría durar algo así más de 20 años? no creo. Entonces por qué no logramos saber más de ellos dos como pareja, siempre es el conflicto externo de lo que hablan. Es una película lacrimógena que si se la piensa mucho empieza a convertirse en un bodrio como la calificó Humberto de la Calle en su columna. La música además es muy mala, tan esterotipada como la imagen del vaquero insensible. Lo que sí me gustó fueron las actuaciones (y los actores).

lunes, enero 30, 2006

Para que la felicidad los inunde, los ahogue

Veo que son ya muy pocos los que cometen la imprudencia de meterse a esta página, y la verdad los entiendo. He prometido poner las fotos del viaje, pero nada, ni siquiera las disculpas. Mi padre las tiene refundidas en algún cajón de su oficina, y no parece tener mente para recordar llevarlas a casa de nuevo, siempre que le acuerdo me dice que ahí deben estar. ¿Ahí es algún lugar? eso espero.

Sean pacientes conmigo, los que me conocen saben que suelo quedar mal con muchas cosas, pero también saben que no salgo con chorros de babas (mentira), prefiero no hacer nada. Como ayer, que teniendo mucho por hacer no hice nada, y fue delicioso. Todo empezó por el dolor de cabeza insoportable que me quedo de recuerdo de la noche anterior, noche que terminó muy temprano en la mañana, y que el whisky no da guayabo ¿entonces que era ese dolor?. Los dolores pasan y el sueño los espanta. Después de dormir durante toda la mañana y gran parte de la tarde, me levanté con ganas de comer, con muchas ganas de comer, cociné y fui feliz haciendo nada.

No se espanten ustedes con el sueño, acá sigo con ganas de escribir, sobre qué? acaso importa?
no creo. Mis últimas lecturas me dicen que en esta época no importa mucho el sobre qué, porque irremediablemente se termina escribiendo sobre el malestar de no poder decir lo que uno quiere con palabras, entonces salen cosas como estas, que son algo, son lo que el que lea quiera que sean, dejemosle a Dan Brown y a Cohelo las historias boniticas, las que a todos les gustan, con principios y finales bien claritos, para que todos entiendan, para que todos compren, para que todos sean felices.

lunes, enero 09, 2006

Monte-video (por las fotos, hasta que llegue a Bogotá)

Me leo y me leo y me encuentro muy arrogante, me caigo mal a veces. Estoy en Montevideo, una ciudad rara, sudando como marrano en un camion lleno de marranos haciendo el trayecto Girardot-Espinal, antes de convertirse en lechona. Recuerdo que prometí extenderme esta vez, pero son tantas las cosas que me alcanza para una novela, bien aburrida, eso si, pero novela.

Compré un libro de Monterroso, que es un regalo, uno de esos libros que en Bogotá no se consiguen facilmente, y de puro aburrimineto del turista me puse a ojearlo. Tiene unos cuentos que ya había leído en otros aburrimientos y que me gustan mucho. Después de leerlo uno se pregunta ¿y por qué no?. El cuento fecundidad lo recuerdo de memoria:

Hoy me siento bien, un Balzac. Estoy terminando esta linea

!que memoria! (esto lo digo yo, no Monterroso)

Entonces me pregunto por la validez del super proyecto, tal vez no tenga tanto que decir como les hago creer, entonces hablo de otras cosas. El caso es que estoy en Montevideo y me muero del calor, ya había mensionado que es una ciudad muy rara?

lunes, enero 02, 2006

De Lima y sus primeras impresiones, ya todas trasnochadas

Lo primero que recuerdo de Lima es su aroma a maní tostado. LLegamos de noche a la ciudad. LLegar de noche a una ciudad desconocida es siempre una experiencia extraña; se quiere ver, detallar, comparar, oir, pero todo cambia con la ausencia del sol, los ritmos de la ciudad son otros y sus habitantes se sumen en distintos rituales. Entonces antes que una primera vista panorámica de la ciudad, tengo impresiones difusas, aromas, luces y sonidos propios de la nocturnidad de cualquier metrópoli gigante como Lima, una de las más populosas de latinoamérica. Tengo eso y el delicioso aroma del maní tostado que nos dio la bienvenida mientras nos dirigíamos del distrito de Callao a la sofisticada Miraflores, pasando por una calle atestada de avisos de publicidad enormes, pollerias colosales y casinos de luces maravillosas.

LLegamos con hambre y aunque era algo tarde fuimos a comer a la calle de las pizzerias, un callejón estrecho donde se agolpan restaurantes, bares y discotecas, lo que se conoce como zona rosa. De los locales salían hombres borrachos. Nos encontramos con dos travestis en busca de trabajo y varios turistas bebiendo, caminando por ese callejon, buscando un lugar para comer. Ese día comimos una pizza, acompañada por la conocida desde mi infancia, gracias a la perubólica, papa a la huancaína. La papa estaba muy buena, pero no puedo decir lo mismo de la pizza. Ese fue mi primer encuentro con la gastronomía peruana, casi siempre un encuentro grato y delicioso.

jueves, diciembre 29, 2005

Antes de abordar

La locuacidad reclamada ha sido recuperada. Pero el tiempo no es mucho y primero estaban las cartas debidas. Quedan diez minutos en el contador de este computador desde donde escribo, en el aeropuerto de Lima, sorprendentemente eficiente e inmaculado. Tengo entendido que se lo dieron en concesión a una empresa italiana y ahora es lo más parecido a un aeropuerto europeo. Lo malo: que al salir te cobran por todo vuelo, nacional o internacioneal, un impuesto. Aunque no tan abultado como el colombiano, que ni eficiente ni inmaculado, y orgullosamente nada europeo. En fin. Tengo muchas cosas que decir y termino hablando del aeropuerto. Prometo extenderme suficiente la próxima vez y hablarles de los aromas del Perú, de sus paisajes marcianos, su comida exquisita y su pobreza sobrecogedora. Ahora sólo espero que la señora que atiende me diga que es hora de pagar la hora de internet más cara del Perú y después podré irme a esperar, leer a Ray Bradbury y ver pasar turistas multicolores, es hora...

martes, diciembre 27, 2005

Cajamarca,la lluvia y el aburrimiento del turista

LLueve, llueve mucho. Las calles estan encharcadas, mis ánimos están encharcados. No escribo por ahora, espero sepan ser pacientes como yo lo he sido ante tanta lluvia y este teclado inmanejable, mil veces manoseado y ahora en las últimas, sufriendo con mis dedos impertinentes. Mil veces esta lluvia que no me deja ser, que cae y cae indiferente, mojando todo, mojándonos, mojándome.