
Quise subir el siguiente escrito en su estado inacabado hace dos noches, en uno de mis recurrentes insomnios, pero no pude cargar la imagen que ven arriba. Hoy sí pude, así que aprovecho otro insomnio para colgar el texto aún inconcluso que hice aquella noche, donde de manera harto confusa empiezo a explicar mi relación con la música. Ahí les va.
P.D es oficial, este blog ya no tiene visitantes, tanto que el plural de la última frase sobraría si fuera sensato.
De cómo llegué a interesarme en eso que llamamos música
Cada tanto me acuerdo de que soy músico, y de que mis manos además de servir para muchos oficios cotidianos y otros varios, pueden hacer que un instrumento de teclado suene a algo como antiguo, como extraño, como anacrónico, y a veces atemporal. Que suene como a música. Y es que aunque la música sea lo que estudio y sea lo que pienso hacer por el resto de mi vida, larga o corta, en raras ocasiones logro la epifanía con ella, porque si de algo puedo estar seguro, es que la música revela cosas. La epifanía creo, no es necesaria para hacer música, pero sí para entenderla. Y aunque esta palabra le de un sesgo incómodamente religioso a lo que por convicción creo es la música y que nada de religioso tiene, la considero la más precisa para describir ese algo que es introducirse en los sonidos, y que supera en mi experiencia a cualquier otro arte. Pero no quiero meterme en discusiones bizantinas, aunque ya las haya propiciado. Escuchar música me hace acordar, aunque suene un poco tonto, que la música me gusta.
Recuerdo que de pequeño iba a clases de expresión corporal (así le llamaban a una hora divertidísima de jugar congelados en trusa y zapatillas) de violín y de algo así como gramática, aunque menos académico, con un profesor que llegaba borracho y su novia loca le hacía escándalo en plena clase. Pero ahí no entendía nada aún, todavía no sabía que me gustaba, tal vez porque no tenía talento y mi mayor papel en esa escuela fue la de ser un árbol en una representación del consabido Pedro y el Lobo. Más tarde ingresé al conservatorio. El examen de admisión consistió en una prueba de canto, yo canté una canción que me habían enseñado en el coro del colegio, hablaba de una bruja medio torpe, eso es todo lo que recuerdo.
Pero para seguir adelante tengo que volver un poco más atrás en mi niñez, y revelar un hecho que aunque bochornoso, explica en parte que, si bien no entendía que hacía montado todos los días en un bus que me llevaba por calles horribles a la escuela de música, sí había algo predeterminado, algo más fuerte que el mero azar. Tuvimos una casa grande en un barrio más bien humilde, como eufemísticamente le dicen a la pobreza. En esa casa me encontré con los acetatos de mi padre, y en ellos, a pesar de su precariedad y mal gusto, empezó mi interés por la música y sus revelaciones. Un disco de Richard Clayderman (espero que así se escriba) me abrió el camino de la buena escucha, aunque suene paradójico. Sé que es un pianista detestable, y su música hace parte de eso que en las esferas intelectuales se conoce como easy listening music, musak o música de mierda, y en las no tan intelectuales como música clásica. Mi padre tenía una buena colección de discos, y yo los oía sin cansarme, inventando coreografías de infantil ballet en la sala de la casa, que recuerdo estaba dominada por el verde oscuro del tapete y, si no estoy mal, por el estampado floral no menos verde de los muebles. Me podía pasar horas oyendo esas insulsas melodías y bailando a su aburrido compás, pero para mí era diversión pura.
Hecha la confesión, continuo con mi perorata que veo se podría extender bastante. Ya en el conservatorio, dejé con gusto el chillido insoportable del violín de luthier que me habían comprado y que ahora tengo alojado en un rincón de mi armario, y me metí en la clase de piano. El primer día que estuve frente a un piano, mi maestra de entonces me preguntó que por qué me gustaba el piano, yo le dije muy confiado de mi pueril erudición, que quería ser como Richard Clayderman. Hubo silencio, ahora entiendo por qué, pero entonces no lo sabía, tan sólo sabía que con sus discos pasaba ratos divertidísimos en la sala de mi casa, con los cojines desparramados por todo el lugar. En adelante mis gustos musicales fueron de los más convencional y predecible: rock en español, Milly Vanilly, etc, tampoco quiero asustarlos. Mi universo sonoro era pobre y empobrecido. El conservatorio logró hacerme odiar la música, y los discos del rubio y lobo pianista no volvieron a ser escuchados, hasta que un día, al llegar del colegio (estaba en séptimo grado, lo recuerdo bien) puse por accidente la emisora de la javeriana. Lo que oí me dejó impresionado, era un programa llamado los clásicos del rock, conducido por Juan Carlos Garay, donde Supertramp, Queen (de quienes ya tenía un casete, el primero que compré) Genesis, Led zeppelín, Greatful dead, Dire straits, Gentle Giant, The Police, The Clash y una lista mucho más grande, estaban al orden del día. Ese programa me introdujo en el rock, y de paso en lo que entonces llamaba la buena música, y que ahora con la carga de tolerancia que conllevan los años, llamo simplemente la música que me gusta. Pero se hace tarde y tengo que madrugar, así que dejaré para una próxima entrega la continuación.





