Cuando descubrí en mí misma cómo se piensa, nunca más pude creer en el pensamiento de los demás.
Clarice Lispector
martes, octubre 20, 2009
jueves, septiembre 24, 2009
miércoles, agosto 19, 2009
Tiempo de...
Son ya casi tres meses sin publicar nada nuevo. La más grande ausencia mía en este espacio que me había creado para poner mis descargas en forma de cuentos, pensamientos, críticas, diario, recomendaciones, opiniones, etc.
He perdido un poco las ganas, no de escribir, pero sí de mantener "actualizado" el espacio. Además quiero sumarme al cambio de costumbres de manejo del tiempo y de contenidos que implica facebook. Veo que empieza a ser el nodo desde donde se transmite casi todo tipo de información (no hay pornografía), o al menos funciona muy bien como sitio de encuentro neutro y aséptico para partir hacia lugares menos cómodos, más oscuros.
No quiere decir esto que dejo el blog. Seguirá, pero volverá con otra forma.
Por ahora dejo un fragmento de algo que se está cocinando en mi cabeza y que quiere ser más largo que un cuento.
En la calle Lacroze hay una tienda de juguetes, se llama el apio feliz, y tiene por imagen corporativa un apio con cara que ríe. Los apios no tienen cara, no tienen boca, y me atrevería a decir que no ríen, al menos no como nosotros reímos. Ese apio sí lo hace, pero no es un apio, es un dibujo, un arquetipo de apio dirían los que hablan de símbolos. Un apio que sin ser un apio nos habla de todos los apios. Me gusta la palabra, apio, la repito en mi mente, apio, el apio que ríe, el apio feliz ¿si no riera no sería feliz?
En la calle Lacroze está esa juguetería, y cuando paso veo sus juguetes en el exhibidor. Es un exhibidor de ficciones, de hombres que no son hombres, de autos fantásticos que no son autos fantásticos, de niños en miniatura que no son niños en miniatura, de osos que no son osos. Uno de esos juegos me llama poderosamente la atención, LEGO se llama, siempre quise uno pero eran caros. mi mamá no me compraba juguetes tan caros, no teníamos tanta plata. Igual no fui un niño caprichoso, si me compraban algo jugaba con eso, si no me compraban nada, me inventaba juguetes; los zapatos de mi padre eran autos, los cinturones avenidas, las medias enroscadas personas, y así cada cosa tenía un equivalente con eso que llamamos realidad.
Cuando paso por esa juguetería pienso en un posible niño, en una posible mamá. Un niño que dice que quiere un Lego, una mamá que se lo compra, un niño que dice que es su Lego, una mamá que lo corrige: No es tu Lego, nada es de nadie, todo pertenece al universo, ni siquiera tu cuerpo es tuyo, pues también pertenece al universo, entiendes? No, no entiendo, dice el niño, este Lego es mío, los niños en la escuela tienen juguetes y dicen que son de ellos, por qué este no habría de ser mío. La madre lo mira, se enternece, pero no baja la guardia, no es tuyo, ¿cuando mueras qué crees que va a pasar con ese juguete? ¿va a seguir siendo tuyo? Silencio. Mala mamá, eres mala, como decirle eso a un chico, hablarle de su muerte. Puede una mamá pensar en la muerte de su hijo sin siquiera sentir una incomodidad, es más, puede hablarle a su hijo de la muerte, comprarle un Lego y después hablarle de la muerte ¿qué clase de mamá haría eso?
Cuando el niño les dice a sus compañeros que sus juguetes no son de ellos casi le pegan. Si, es mío, esto es mío, me lo compró mi papá y ya no te lo presto. Bueno, dice el niño, si te mato en este momento de quien sería tu estúpido balón. Para esas preguntas no hay respuestas, hay llanto y desasosiego, que palabra más fea. También hay golpes, cuando los niños se cansan de intentar imponer lo que saben pegan, cuando no tienen razones hay puños, patadas, la ignorancia es violencia, pero hay cosas que nadie sabe, que nadie puede saber, deberíamos entonces pegarnos hasta morir para que las cosas vuelvan a ser y dejen de ser arquetipos de las cosas, un juguete es un juguete, un pedazo de plástico, es basura. Una muñeca es una muñeca, un pedazo de plástico, una pésima imitación de la realidad, un niño sin sexo, que no caga ni orina, basura, basura sin sangre, sin huesos, sin carne. A las niñas les gusta esa basura, a los niños les gusta también la basura, y dicen que es de ellos, mi mamá dice que son tontos, que solo yo no soy tonto, porque sé que nada es de nadie. Pero no le creo a mi mamá, a veces me hace sentir mal, a veces quisiera que estuviera muerta, pero después me arrepiento y lloro, y no quiero que se vaya, y no quiero que me deje solo, prefiero que me diga esas cosas malas que dice, y que me mire con sus ojos grandes y me toque la punta de la nariz con sus dedos fríos, y me diga que soy hermoso, que soy su cosita hermosa, y yo le digo que no soy de ella, que no soy de nadie, y así ella sonríe, porque le gusta que yo aprenda y en esa verdad desnuda hay algo que la estremece. Incluso a mí, que la digo con esa naturalidad que con ella dice esas verdades desnudas me estremece, pero juego a no ser débil, y recibo los golpes con risa. Me gusta que la realidad sea violenta, le da sentido a la vida. Si la muerte es paz la vida debe ser lo contrario.
La estación de olleros me lleva a los subsuelos, al calor del vaho humano. En el subte van todos deseosos, si pudieran se pondrían a coger en los vagones. Lo sé porque los he visto, puedo sentir que me desean, pueden sentir que los deseo, pero nadie hace nada, predomina la formalidad. Los niños no saben de eso, por eso golpean sin remordimiento, por eso son crueles, es su naturaleza. Y vuelve el niño y su madre. Quienes son, me pregunto. Seré yo y mi madre, no creo, son arquetipos, son mis arquetipos literarios, pero son posibles, tan solo tengo que creer en mis personajes para que cobren vida y empiecen a tener rasgos. Ella es delgada pero de ninguna manera débil. Ríe con ganas. El es menudo y torpe, pero tiene la fuerza de su madre. Es gente con actitud. Si subieran a este subte sin duda se harían notar, ella hablaría fuerte sin darse cuenta, él sería inoportuno y todos reiríamos con sus preguntas incómodas, a las cuales ella respondería con desparpajo, mirando de manera sinuosa a todos los habitantes momentáneos y escurridizos del vagón. Al bajar dejarían en todos la impresión indeleble de haber vivido un momento autentico, como espectadores, pero autentico, cercano al arte. Nuestras vidas no cambiarían, no de manera manifiesta, pero todos volveríamos en nuestra mente a ellos dos, a su belleza, no sabríamos por qué pero se instalarían como un mal pensamiento en nuestros días comunes, en nuestras vidas comunes, en nuestro aburrimiento común, y serían eso que no somos capaces de ser.
He perdido un poco las ganas, no de escribir, pero sí de mantener "actualizado" el espacio. Además quiero sumarme al cambio de costumbres de manejo del tiempo y de contenidos que implica facebook. Veo que empieza a ser el nodo desde donde se transmite casi todo tipo de información (no hay pornografía), o al menos funciona muy bien como sitio de encuentro neutro y aséptico para partir hacia lugares menos cómodos, más oscuros.
No quiere decir esto que dejo el blog. Seguirá, pero volverá con otra forma.
Por ahora dejo un fragmento de algo que se está cocinando en mi cabeza y que quiere ser más largo que un cuento.
En la calle Lacroze hay una tienda de juguetes, se llama el apio feliz, y tiene por imagen corporativa un apio con cara que ríe. Los apios no tienen cara, no tienen boca, y me atrevería a decir que no ríen, al menos no como nosotros reímos. Ese apio sí lo hace, pero no es un apio, es un dibujo, un arquetipo de apio dirían los que hablan de símbolos. Un apio que sin ser un apio nos habla de todos los apios. Me gusta la palabra, apio, la repito en mi mente, apio, el apio que ríe, el apio feliz ¿si no riera no sería feliz?
En la calle Lacroze está esa juguetería, y cuando paso veo sus juguetes en el exhibidor. Es un exhibidor de ficciones, de hombres que no son hombres, de autos fantásticos que no son autos fantásticos, de niños en miniatura que no son niños en miniatura, de osos que no son osos. Uno de esos juegos me llama poderosamente la atención, LEGO se llama, siempre quise uno pero eran caros. mi mamá no me compraba juguetes tan caros, no teníamos tanta plata. Igual no fui un niño caprichoso, si me compraban algo jugaba con eso, si no me compraban nada, me inventaba juguetes; los zapatos de mi padre eran autos, los cinturones avenidas, las medias enroscadas personas, y así cada cosa tenía un equivalente con eso que llamamos realidad.
Cuando paso por esa juguetería pienso en un posible niño, en una posible mamá. Un niño que dice que quiere un Lego, una mamá que se lo compra, un niño que dice que es su Lego, una mamá que lo corrige: No es tu Lego, nada es de nadie, todo pertenece al universo, ni siquiera tu cuerpo es tuyo, pues también pertenece al universo, entiendes? No, no entiendo, dice el niño, este Lego es mío, los niños en la escuela tienen juguetes y dicen que son de ellos, por qué este no habría de ser mío. La madre lo mira, se enternece, pero no baja la guardia, no es tuyo, ¿cuando mueras qué crees que va a pasar con ese juguete? ¿va a seguir siendo tuyo? Silencio. Mala mamá, eres mala, como decirle eso a un chico, hablarle de su muerte. Puede una mamá pensar en la muerte de su hijo sin siquiera sentir una incomodidad, es más, puede hablarle a su hijo de la muerte, comprarle un Lego y después hablarle de la muerte ¿qué clase de mamá haría eso?
Cuando el niño les dice a sus compañeros que sus juguetes no son de ellos casi le pegan. Si, es mío, esto es mío, me lo compró mi papá y ya no te lo presto. Bueno, dice el niño, si te mato en este momento de quien sería tu estúpido balón. Para esas preguntas no hay respuestas, hay llanto y desasosiego, que palabra más fea. También hay golpes, cuando los niños se cansan de intentar imponer lo que saben pegan, cuando no tienen razones hay puños, patadas, la ignorancia es violencia, pero hay cosas que nadie sabe, que nadie puede saber, deberíamos entonces pegarnos hasta morir para que las cosas vuelvan a ser y dejen de ser arquetipos de las cosas, un juguete es un juguete, un pedazo de plástico, es basura. Una muñeca es una muñeca, un pedazo de plástico, una pésima imitación de la realidad, un niño sin sexo, que no caga ni orina, basura, basura sin sangre, sin huesos, sin carne. A las niñas les gusta esa basura, a los niños les gusta también la basura, y dicen que es de ellos, mi mamá dice que son tontos, que solo yo no soy tonto, porque sé que nada es de nadie. Pero no le creo a mi mamá, a veces me hace sentir mal, a veces quisiera que estuviera muerta, pero después me arrepiento y lloro, y no quiero que se vaya, y no quiero que me deje solo, prefiero que me diga esas cosas malas que dice, y que me mire con sus ojos grandes y me toque la punta de la nariz con sus dedos fríos, y me diga que soy hermoso, que soy su cosita hermosa, y yo le digo que no soy de ella, que no soy de nadie, y así ella sonríe, porque le gusta que yo aprenda y en esa verdad desnuda hay algo que la estremece. Incluso a mí, que la digo con esa naturalidad que con ella dice esas verdades desnudas me estremece, pero juego a no ser débil, y recibo los golpes con risa. Me gusta que la realidad sea violenta, le da sentido a la vida. Si la muerte es paz la vida debe ser lo contrario.
La estación de olleros me lleva a los subsuelos, al calor del vaho humano. En el subte van todos deseosos, si pudieran se pondrían a coger en los vagones. Lo sé porque los he visto, puedo sentir que me desean, pueden sentir que los deseo, pero nadie hace nada, predomina la formalidad. Los niños no saben de eso, por eso golpean sin remordimiento, por eso son crueles, es su naturaleza. Y vuelve el niño y su madre. Quienes son, me pregunto. Seré yo y mi madre, no creo, son arquetipos, son mis arquetipos literarios, pero son posibles, tan solo tengo que creer en mis personajes para que cobren vida y empiecen a tener rasgos. Ella es delgada pero de ninguna manera débil. Ríe con ganas. El es menudo y torpe, pero tiene la fuerza de su madre. Es gente con actitud. Si subieran a este subte sin duda se harían notar, ella hablaría fuerte sin darse cuenta, él sería inoportuno y todos reiríamos con sus preguntas incómodas, a las cuales ella respondería con desparpajo, mirando de manera sinuosa a todos los habitantes momentáneos y escurridizos del vagón. Al bajar dejarían en todos la impresión indeleble de haber vivido un momento autentico, como espectadores, pero autentico, cercano al arte. Nuestras vidas no cambiarían, no de manera manifiesta, pero todos volveríamos en nuestra mente a ellos dos, a su belleza, no sabríamos por qué pero se instalarían como un mal pensamiento en nuestros días comunes, en nuestras vidas comunes, en nuestro aburrimiento común, y serían eso que no somos capaces de ser.
miércoles, mayo 27, 2009
Fatiga
Hace unos días entré a revisar el correo y me encontré con un mensaje nuevo. El remitente era last.fm, una página para escuchar música donde tengo un perfil. Siempre que llega un mensaje de un remitente inusual me alegra un poco el día, así que corrí a abrirlo. Decía lo siguiente: Viejo Irving, lo necesito en el msn!
Era William, más conocido como Zee en el mundo internetiano, el que necesitaba de mi presencia virtual. Lo conozco porque es un amigo de mi novio y nos hemos cruzado un par de veces. Aunque no llega a ser uno de esos contactos fantasmas del msn, tampoco es uno con el que hable mucho. Cuando hablamos es generalmente por algún arrebato de comunicación de alguno de los dos; o yo por comentar su foto del msn o él para preguntar por conocidos en común. Cosas así.
Fui al msn a ver de qué se trataba el nuevo arrebato. Para mi sorpresa era para ayudar en una publicación. Sobre qué, le pregunté. Me dijo que era algo sobre homosexualidad y vida cotidiana, un proyecto para ayudar a combatir la homofobia. Le pedí que me aclarara más la idea. Me habló de flickr, de artistas gay que retratan su vida cotidiana desde allí, de blogs y páginas autobiográficas. Quería que lo ayudara a buscar textos. Le contesté que aunque no entendía bien qué quería, me pondría a hacer la tarea, y así fue, me puse a buscar textos en esas páginas que alguna vez visité, cuando me interesaba ver qué hacían otros gays de sus vidas e Internet era la mejor manera de experimentarlo.
La búsqueda fue infructuosa, muchas de las páginas que visitaba entonces ya no existen, y las nuevas que fui encontrando no eran lo suficientemente sustanciosas como para animarme. Aunque hay muchos textos, la mayoría son relatos directamente dirigidos a lograr una erección en quien los lea, y si no hubiera estado haciendo la tarea que me encomendaron, con gusto me hubiera quedado un rato en ellos, pero no era lo que buscaba. También encontré interminables confesiones de lo difícil que es ser gay, de lo divertido, lo peligroso, y en fin, de eso que tampoco buscaba. En especial lamenté la pérdida de una página: Cojidos y tatuados (así, con mala ortografía), que tenía muy buenos textos sobre la movida de los homosexuales que se negaban a pertenecer a eso que los medios empezaban a llamar “la cultura gay”, donde el rosa, el diseño, la moda, la decoración y el arco iris predominaban. Esta página mostraba un lado más oscuro pero paradójicamente más colorido de lo que implica que a uno como hombre le gusten más las vergas que las conchas.
La ausencia de páginas como esta me llevó a pensar que aunque las nuevas generaciones crecen con más libertad de elegir qué quieren hacer de su vida sexual y sentimental, hay aún una necesidad de llamar a la diferencia con una etiqueta, y afiliarse a una ideología resulta siempre más fácil que decir yo soy esto, y soy único. Es así como muchos blogs de adolescentes se llaman La vida de un adolescente gay, o, Diario de un chico gay, o cosas por el estilo. La misma idea de hacer una publicación gay es abiertamente ideológica, y aunque no me molesta que así sea, pues entiendo que aún falta ahondar en esa lucha política, no deja de ser extraño que la reivindicación no vaya ligada a un discurso más amplio que no involucre sólo la sexualidad de unos tantos, sino la manera en que la sociedad occidental contemporánea se acerca a ella. Y con esto me refiero a que si por mi fuera, el discurso de género lo daría por descontado, y empezaría a involucrar la pregunta implícita que circula en chats, foros y mensajes de texto aquí y allá , y es la de ¿Qué tanto sabemos de nosotros mismos? ¿De nuestro cuerpo?
Pero me estoy yendo para otro lado y lo que se me pidió en principio fue tan sólo buscar textos y como no encontré nada que me interesara me puse a escribir uno sobre esa búsqueda infructuosa. Pero sería muy injusto si no nombro lo que sí encontré, una publicación que desde hace unos año es un punto de referencia importante dentro de lo que considero es el pensamiento homosexual independiente, y que reúne en unas cuantas páginas bicromáticas lo rosa y lo oscuro de la vida gay: la revista Butt, un magazín de factura impecable, altamente contestatario, que muy a mi pesar circula sólo en ámbitos reducidos. Allí es posible encontrar fotos y entrevistas desenfadadas que hacen pensar en la palabra Explícito, como una categoría pornográfica que no tiene cabida en un contexto sin doble moral, como la que propone esta publicación. Los textos que se encuentran en la Butt abordan la sexualidad sin ideologías, tan sólo por lo que es, una necesidad humana. No hay géneros, hay humanos que se comportan sexualmente, que tienen necesidades y las satisfacen o no, que viven y cuentan su vida. Eso es todo.
Creo que la homofobia existe en la medida en que existe la exclusión como método de control social, no es la homofobia en sí el problema, sino el miedo a ver las cosas desde cerca y aceptarlas como son. Me gustan los escritos que aún teniendo el componente sexual explícito, no tienen una posición de género.
¿Qué más puedo decir? Vivo con mi novio e intentamos renovar eso que nos hizo juntarnos día a día, como creo hacen las demás parejas. Somos abiertamente gays en el sentido en que manifestamos nuestros gustos sin inhibiciones y ocasionalmente participamos en algún tipo de activismo, más de contenido que de forma. Nos reímos de los convencionalismos e intentamos derrumbarlos en nuestra vida cotidiana, como filósofo él y como músico yo. Y eso es todo.
Era William, más conocido como Zee en el mundo internetiano, el que necesitaba de mi presencia virtual. Lo conozco porque es un amigo de mi novio y nos hemos cruzado un par de veces. Aunque no llega a ser uno de esos contactos fantasmas del msn, tampoco es uno con el que hable mucho. Cuando hablamos es generalmente por algún arrebato de comunicación de alguno de los dos; o yo por comentar su foto del msn o él para preguntar por conocidos en común. Cosas así.
Fui al msn a ver de qué se trataba el nuevo arrebato. Para mi sorpresa era para ayudar en una publicación. Sobre qué, le pregunté. Me dijo que era algo sobre homosexualidad y vida cotidiana, un proyecto para ayudar a combatir la homofobia. Le pedí que me aclarara más la idea. Me habló de flickr, de artistas gay que retratan su vida cotidiana desde allí, de blogs y páginas autobiográficas. Quería que lo ayudara a buscar textos. Le contesté que aunque no entendía bien qué quería, me pondría a hacer la tarea, y así fue, me puse a buscar textos en esas páginas que alguna vez visité, cuando me interesaba ver qué hacían otros gays de sus vidas e Internet era la mejor manera de experimentarlo.
La búsqueda fue infructuosa, muchas de las páginas que visitaba entonces ya no existen, y las nuevas que fui encontrando no eran lo suficientemente sustanciosas como para animarme. Aunque hay muchos textos, la mayoría son relatos directamente dirigidos a lograr una erección en quien los lea, y si no hubiera estado haciendo la tarea que me encomendaron, con gusto me hubiera quedado un rato en ellos, pero no era lo que buscaba. También encontré interminables confesiones de lo difícil que es ser gay, de lo divertido, lo peligroso, y en fin, de eso que tampoco buscaba. En especial lamenté la pérdida de una página: Cojidos y tatuados (así, con mala ortografía), que tenía muy buenos textos sobre la movida de los homosexuales que se negaban a pertenecer a eso que los medios empezaban a llamar “la cultura gay”, donde el rosa, el diseño, la moda, la decoración y el arco iris predominaban. Esta página mostraba un lado más oscuro pero paradójicamente más colorido de lo que implica que a uno como hombre le gusten más las vergas que las conchas.
La ausencia de páginas como esta me llevó a pensar que aunque las nuevas generaciones crecen con más libertad de elegir qué quieren hacer de su vida sexual y sentimental, hay aún una necesidad de llamar a la diferencia con una etiqueta, y afiliarse a una ideología resulta siempre más fácil que decir yo soy esto, y soy único. Es así como muchos blogs de adolescentes se llaman La vida de un adolescente gay, o, Diario de un chico gay, o cosas por el estilo. La misma idea de hacer una publicación gay es abiertamente ideológica, y aunque no me molesta que así sea, pues entiendo que aún falta ahondar en esa lucha política, no deja de ser extraño que la reivindicación no vaya ligada a un discurso más amplio que no involucre sólo la sexualidad de unos tantos, sino la manera en que la sociedad occidental contemporánea se acerca a ella. Y con esto me refiero a que si por mi fuera, el discurso de género lo daría por descontado, y empezaría a involucrar la pregunta implícita que circula en chats, foros y mensajes de texto aquí y allá , y es la de ¿Qué tanto sabemos de nosotros mismos? ¿De nuestro cuerpo?
Pero me estoy yendo para otro lado y lo que se me pidió en principio fue tan sólo buscar textos y como no encontré nada que me interesara me puse a escribir uno sobre esa búsqueda infructuosa. Pero sería muy injusto si no nombro lo que sí encontré, una publicación que desde hace unos año es un punto de referencia importante dentro de lo que considero es el pensamiento homosexual independiente, y que reúne en unas cuantas páginas bicromáticas lo rosa y lo oscuro de la vida gay: la revista Butt, un magazín de factura impecable, altamente contestatario, que muy a mi pesar circula sólo en ámbitos reducidos. Allí es posible encontrar fotos y entrevistas desenfadadas que hacen pensar en la palabra Explícito, como una categoría pornográfica que no tiene cabida en un contexto sin doble moral, como la que propone esta publicación. Los textos que se encuentran en la Butt abordan la sexualidad sin ideologías, tan sólo por lo que es, una necesidad humana. No hay géneros, hay humanos que se comportan sexualmente, que tienen necesidades y las satisfacen o no, que viven y cuentan su vida. Eso es todo.
Creo que la homofobia existe en la medida en que existe la exclusión como método de control social, no es la homofobia en sí el problema, sino el miedo a ver las cosas desde cerca y aceptarlas como son. Me gustan los escritos que aún teniendo el componente sexual explícito, no tienen una posición de género.
¿Qué más puedo decir? Vivo con mi novio e intentamos renovar eso que nos hizo juntarnos día a día, como creo hacen las demás parejas. Somos abiertamente gays en el sentido en que manifestamos nuestros gustos sin inhibiciones y ocasionalmente participamos en algún tipo de activismo, más de contenido que de forma. Nos reímos de los convencionalismos e intentamos derrumbarlos en nuestra vida cotidiana, como filósofo él y como músico yo. Y eso es todo.
sábado, abril 11, 2009
De música y leyes
Un reciente caso judicial me puso a pensar. Joe Satriani demandó a Coldplay por plagio. Según Satriani, o Satch, como lo llaman cariñosamente en los foros, la canción Viva la vida que da título al último álbum de Coldplay es una copia de If I could fly, de su autoría. La verdad tanto Coldplay como Satch me tienen sin cuidado, no me gusta lo que hacen, y pensar que alguien quiere copiar su música me repugna un poco. Pero sí me interesa el tema del registro musical. Indagando en foros encontré que en efecto las canciones son muy similares; casi idéntica estructura de acordes, melodías cercanas, mismo tempo (para los que no están familiarizados con el lenguaje musical, los músicos llamamos tempo, así, en italiano, al pulso o beat, aunque decimos que tiene implicaciones de carácter), y ambas bastante horribles. Algunos foristas se atrevieron a ir más allá y sugirieron similitudes con un tema de Los enanitos verdes, y otro de Cat Stevens, que aunque un poco más alejados, usan los mismos acordes y melódicamente son comparables. Y sí, en ninguna de esas cuatro canciones desaparece el elemento que las hace despreciables (habrá que leer la letra de Cat). Sin duda Satch quería hacer algo de dinero, y Coldplay recurrió al plagio para subsanar su falta de interés por hacer algo distinto a lo que han venido haciendo en sus últimos tres discos. Pero la pregunta es ¿a quien plagió entonces? ¿a Satch, a Cat o a los Enanos? O al inventor de esa progresión armónica, de esos acordes, de esas notas, del ritmo, que vendría a ser... ahhh, claro, la construcción cultural que como sociedad le dimos a eso que llamamos música, es decir a nadie y a todos.
Distingo dos tipos de problemática acá, por un lado la legal, aquella que vincula al autor de algo con su obra de manera perenne y pretende, a mi entender, que si algunos productos artísticos (ojo al lenguaje) son sospechosamente parecidos, deben pagar por eso; y por el otro lado, el problema de valoración del arte dentro de un mercado y sus implicaciones en el contenido del mismo.
Desde el punto de vista sonoro las dos canciones son totalmente distintas. La de Satch con una base de guitarra amplificada para sonar ochentera, la de Coldplay con un arreglo de cuerdas. La melodía principal (me gusta pensar la armonía en términos de melodía también) la hace la voz en la de los ingleses y en la otra una guitarra. Y bueno, podemos seguir así hasta darnos cuenta de que en realidad no hay ningún timbre que las una, están pensadas de forma muy distinta, tal vez las frecuencias correspondan, pero tener la altura como único parámetro determinante en el parecido de dos piezas musicales, no deja de ser inquietante. Es como si un cuadro fuera parecido a otro sólo por usar los mismos colores. Y utilicé la palabra sonoro, como si en lo musical hubiera algo más, y me pregunto ahora, ¿lo hay? Sí, al parecer sí, lo musical desde el punto de vista legal es lo otro, los acordes, las melodías, las notas, las convenciones que aceptamos para construir alrededor de ellas significados con lo que oímos. Pero entonces cual es el problema, ¿no son acaso un bien colectivo esas notas y esos acordes? ¿debemos cuidarnos de no inventar progresiones ya grabadas? ¿es eso posible?. Cómo harían entonces los que tocan blues, ¿inventar otra armonía a un género que se define desde un grupo de acordes y escalas, y que puede ser el mismo de canción en canción?
Creo que Satch está meando fuera del tiesto, pero también creo que en parte lo está porque la legislación que se ha creado para proteger la creación de los músicos no ha sabido hacia donde dirigir su fuerza coercitiva. Pero también veo que el problema es más amplío aún, y tiene que ver con el mercado, que ha forzado a ciertos músicos a quedarse con lo dado, con lo que ya se probó comercialmente y tuvo éxito. Mucha de la música que se escucha en la radio viene de esa fórmula del éxito, y la mayoría tiende a ser muy similar, pero son tantas las posibilidades que hay, aún dentro de ese estrecho marco, de que esos tres acordes suenen distinto, que me parece realmente desafortunado que se presenten casos como este, y más que un fallo judicial en contra o a favor de los implicados, lo que debería suceder es un veto del público, por aburrimiento.
Bueno, he estado ausente y me dio por escribir sobre esto, de alguna manera me culpo un poco por la ausencia, pero tengo cosas que debo digerir antes, y al parecer la comida estuvo pesada para este personaje que escribe. Creo que es hora de un buen laxante. Hasta la próxima.
Distingo dos tipos de problemática acá, por un lado la legal, aquella que vincula al autor de algo con su obra de manera perenne y pretende, a mi entender, que si algunos productos artísticos (ojo al lenguaje) son sospechosamente parecidos, deben pagar por eso; y por el otro lado, el problema de valoración del arte dentro de un mercado y sus implicaciones en el contenido del mismo.
Desde el punto de vista sonoro las dos canciones son totalmente distintas. La de Satch con una base de guitarra amplificada para sonar ochentera, la de Coldplay con un arreglo de cuerdas. La melodía principal (me gusta pensar la armonía en términos de melodía también) la hace la voz en la de los ingleses y en la otra una guitarra. Y bueno, podemos seguir así hasta darnos cuenta de que en realidad no hay ningún timbre que las una, están pensadas de forma muy distinta, tal vez las frecuencias correspondan, pero tener la altura como único parámetro determinante en el parecido de dos piezas musicales, no deja de ser inquietante. Es como si un cuadro fuera parecido a otro sólo por usar los mismos colores. Y utilicé la palabra sonoro, como si en lo musical hubiera algo más, y me pregunto ahora, ¿lo hay? Sí, al parecer sí, lo musical desde el punto de vista legal es lo otro, los acordes, las melodías, las notas, las convenciones que aceptamos para construir alrededor de ellas significados con lo que oímos. Pero entonces cual es el problema, ¿no son acaso un bien colectivo esas notas y esos acordes? ¿debemos cuidarnos de no inventar progresiones ya grabadas? ¿es eso posible?. Cómo harían entonces los que tocan blues, ¿inventar otra armonía a un género que se define desde un grupo de acordes y escalas, y que puede ser el mismo de canción en canción?
Creo que Satch está meando fuera del tiesto, pero también creo que en parte lo está porque la legislación que se ha creado para proteger la creación de los músicos no ha sabido hacia donde dirigir su fuerza coercitiva. Pero también veo que el problema es más amplío aún, y tiene que ver con el mercado, que ha forzado a ciertos músicos a quedarse con lo dado, con lo que ya se probó comercialmente y tuvo éxito. Mucha de la música que se escucha en la radio viene de esa fórmula del éxito, y la mayoría tiende a ser muy similar, pero son tantas las posibilidades que hay, aún dentro de ese estrecho marco, de que esos tres acordes suenen distinto, que me parece realmente desafortunado que se presenten casos como este, y más que un fallo judicial en contra o a favor de los implicados, lo que debería suceder es un veto del público, por aburrimiento.
Bueno, he estado ausente y me dio por escribir sobre esto, de alguna manera me culpo un poco por la ausencia, pero tengo cosas que debo digerir antes, y al parecer la comida estuvo pesada para este personaje que escribe. Creo que es hora de un buen laxante. Hasta la próxima.
lunes, marzo 09, 2009
Gioielli
No tengo mucho para escribir, nada a decir verdad. Lo más sensato en estos casos es dejar hablar a quienes sí. Me robo unas de las prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro.
Durante diez años, mientras trabajé en la agencia, fui casi todos los días a los jardines del Palais Royal, a caminar por sus arcadas unos minutos, antes o después del almuerzo y, cuando no tenía dinero, en vez del almuerzo. ¿Y qué queda en mí de estos paseos, santo cielo qué queda en mí? ¿Para qué me sirvió esa inversión de cientos y cientos de horas de mi vida? Para nada, aparte de dejar en mi memoria algo así como el dibujo necio en su precisión de una tarjeta postal. Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más.
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Cuando alguien se entera de que he vivido en París casi veinte años, me dice siempre que me debe gustar mucho esta ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta París, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto París como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo con ciudades por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Frankfurt no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.
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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Jouvert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos". Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.
Textos tomados de Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
Durante diez años, mientras trabajé en la agencia, fui casi todos los días a los jardines del Palais Royal, a caminar por sus arcadas unos minutos, antes o después del almuerzo y, cuando no tenía dinero, en vez del almuerzo. ¿Y qué queda en mí de estos paseos, santo cielo qué queda en mí? ¿Para qué me sirvió esa inversión de cientos y cientos de horas de mi vida? Para nada, aparte de dejar en mi memoria algo así como el dibujo necio en su precisión de una tarjeta postal. Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más.
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Cuando alguien se entera de que he vivido en París casi veinte años, me dice siempre que me debe gustar mucho esta ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta París, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto París como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo con ciudades por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Frankfurt no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.
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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Jouvert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos". Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.
Textos tomados de Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
domingo, febrero 08, 2009
Conversaciones con Dios
En una de mis charlas con Dios le pregunté acerca de la vida, específicamente por la mía. Me dijo que no me preocupara. Su respuesta a decir verdad me preocupó un poco, así que le pregunté por qué no debía preocuparme, me dijo que él lo haría por mi. Le dije que no lo hiciera. Pero si no es ninguna molestia, es mi trabajo, respondió. No me habías dicho que tu trabajo era dedicarte a ver lo que habías creado, le dije desconcertado. Sí, pero te mentí, dijo sin más. ¿Para enseñarme el significado de la mentira? Pregunté algo enojado. No, por divertirme, respondió. ¿Y te divirtió? Pregunté. No, ahora vete que quiero estar solo, dijo secamente. Me alejé pensativo y maldiciendo. No sé ni para qué vengo a visitarte, le grité desde lejos. Yo tampoco, respondió dándose la vuelta.
jueves, diciembre 18, 2008
Auto-reportaje
¿Por qué eres músico?
Como tantas situaciones en la vida, no sé bien qué me llevó a ser músico. Seguramente fue un cúmulo de particularidades del espacio tiempo que sería imposible determinar en retrospectiva, sin caer en la dudosa imagen y concepción que construimos de nuestro pasado, pero más que imposible, sería inútil, como todo en la vida; pasa, sucede, es devenir, y la decisión de hacerme músico habrá sido parte de ese constante movimiento interno de las cosas, tal vez soy músico por el azar, en el sentido de destino que puede tener esa palabra, de inexorabilidad.
¿Consideras que ser un músico en Latinoamérica tiene alguna implicancia particular?
El problema con Latinoamérica, es que la misma denominación parece ser una imposición, algo que no nació de nosotros mismos. Somos latinoamericanos por que dicen que lo somos, y así, por el camino de la imposición también nos vendieron la idea de que somos la misma cosa desde Tierra del Fuego hasta el cañón del Río Bravo, y que nos une la condición del origen de nuestras lenguas. Desde ahí todo está mal, porque esa definición no tiene en cuenta ni las lenguas indígenas que se hablan en la mayoría de países “latinoamericanos” ni las no latinas de proveniencia europea como el ingles, hablado en algunas islas del caribe, que por su condición económica y por su organización social, tienen más relación con el centro y el sur del continente americano que con Europa o Norteamérica.
Entonces vemos que lo latinoamericano pasa más bien por el filtro de lo económico. Me hago una pregunta, ¿Latinoamérica dejaría de ser Latinoamérica si la diferencia entre clases sociales fuera menos marcada, es esa característica social y económica lo que nos une, más que nuestras supuestas convergencias culturales?. Y planteo otra: ¿es Latinoamérica una especie de marca supranacional creada para el turismo, que desde adentro, es decir desde nosotros mismos carece de peso semántico?. Latinoamérica no es un lugar, es una idea.
Para algunos el ser latinoamericano puede tratarse de la búsqueda identitaria en lo no europeo, y eso en sí es una formula aceptada, y me parece bien que haya gente que así lo piense, pero de ahí a que sea un deber ser con carga moral hay una gran diferencia, Latinoamérica como idea puede ser lo que queramos.
De alguna manera no importa el mecanismo que nos haga convencernos de algo, ya que inconcientemente, la forma en que hablamos, pensamos, actuamos y pensamos, depende en gran parte del entorno en el que crecimos, y nos conforma, hace parte de nuestra personalidad. Creo ser más cercano culturalmente a un mexicano, un argentino o un venezolano, que a un japonés, aún así soy conciente de las diferencias culturales que dentro de esos mismos países conviven, y de que tal vez pueda encontrar más similitudes con un japonés de clase media expuesto al mercado global de la manera en que yo he sido expuesto, que con un indígena Wayu de mi propio país. Entonces soy latinoamericano porque nací en uno de esos países que arbitrariamente decidieron meter en un mismo saco bajo la misma categoría, sin tener en cuenta las particularidades no sólo de cada uno, sino dentro de cada uno. Aunque Albania o Moldavia se encuentren en Europa, nunca se nos ocurriría pensar en esos países como los representantes de lo europeo, Europa también es una idea. Las ideas son modificables, flexibles, están hechas del mismo material del lenguaje y se prestan al juego. Si digo que no soy latinoamericano, qué sería, ¿Tengo que entrar en alguna categoría geográfica y social para ser?
Creer que se es en relación a un lugar es en sí un punto fundamental, porque nos dice que desde el lenguaje tenemos pleno conocimiento de lo determinante que resulta nacer y vivir en un sitio determinado, no sólo nos hace, sino nos hace ser. Uno dice: soy latinoamericano, soy colombiano, soy bogotano, soy porteño. Los lugares en los que vivimos determinan lo que somos. Pero pensar en Latinoamérica como una sola cultura, una sola idea, es lo que no entiendo. Yo me siento ante todo bogotano de clase media, difícilmente colombiano, y casi desconfío de mi latinoamericanidad, porque aquello que entiendo por el término, compromete mucho menos mi personalidad.
Y ahora, retomando la pregunta, tengo que decir que sí, implica muchas cosas ser músico en Latinoamérica. Pero es inevitable volver a las trampas del lenguaje y la valoración cultural de las palabras. ¿Cuando hablamos de músico, a cual músico nos referimos? Al de tradición europea en su enseñanza, salido de conservatorios y escuelas de música, o al músico sin “educación” musical, que sin embargo crea, muchas veces desde la tradición sin saberlo, y otras desde una intuición moldeada por el entorno donde crece y también sin saberlo o proponérselo hace tradición. Es complicado definirlo actualmente, pero para no extenderme inoficiosamente explico mi posición con la siguiente frase: defino al músico como el que hace música, ¿cuál?, cualquiera, y ¿qué es música?, lo que queramos que sea.
Pero te volviste a ir, entonces ese músico que defines como el que hace lo que quiere, es el mismo en La Paz que en Cambodia?
La necesidad de creación es la misma, difieren los contextos. El contexto latinoamericano está marcado en gran parte por una academia que no sabe donde situarse históricamente, si en el siglo XX ó en el XVIII, y no sólo eso, tampoco sabe donde situarse espacialmente, si a la rivera del Volga o a lo largo de Los Andes y el Amazonas. Esa incapacidad para tomar partido en la construcción de la “cultura oficial” ha sido una característica propia de la creación musical “culta” en Latinoamérica. Sin embargo en el lado de la música popular, o aquella que sí oye la gente, la riqueza es increíble, y yo diría que es allí donde se encuentra nuestra cultura oficial, no en la farsa de la academia. Creo hallar dos tipos de músicos latinoamericanos, los que esperan que del otro lado del charco les digan complacientes: muy bien, eso es Latinoamérica, y les den palmaditas en la espalda. Y por otro lado los que crean todo tipo de tradiciones culturales propias de un sub-continente diverso por antonomasia, sin esperar validación de nadie.
Pero pesan siglos de colonización
Sí, por desgracia y de mala manera. En la india, también con un pasado colonial hasta bien entrado el siglo XX, la imposición cultural no llegó a afinar escalas ni a imponer una “verdadera” academia. Acá el contexto era muy distinto, el encuentro de Colón con los indígenas americanos fue a mi parecer un choque de tiempos y espacios, y de eso nunca se puede salir bien librado. Es como si ahora se nos plantara una nave extraterrestre encima del edificio donde estamos, una locura. Lo que quedó de todo eso es lo que somos.
¿Pero qué pasó en la India para que fuera distinto?
Creo yo que cuando llega Vasco da Gama a las costas indias, el encuentro, aunque también fue de tiempos y espacios no se desarrolló de igual manera, de lado y lado había una tradición proveniente del mismo lugar, pero que se fue por distintos ramales. Aunque parezca increíble el Hindi junto a muchas otra lenguas habladas en la India y la mayoría de lenguajes hablados en Europa tienen un pasado común, por eso se le llama indoeuropeos. Es decir, creo que pesa mucho el hecho de encontrar pares del otro lado, Colón en cambio no se encontró con pares, o más bien, nunca los consideró como tal, se encontró con seres carentes de esa tradición, la que los humanizaría, y eso lo cambió todo. Con la India hubo intercambio comercial, en Centro y Suramérica fue directamente saqueo, apropiación e imposición.
¿Entonces no hubo espacio a la negociación?
No oficialmente. ¿Qué es el sincretismo aparte de una manifestación de bipolaridad?, los indígenas fueron una cosa antes de la conquista y otra después de ella. Lo que pensamos hoy de “lo indígena” es una construcción que modeló la conquista y la colonia. Me atrevería a decir que lo indígena es la bipolaridad, ese estar en dos tiempos y dos lugares.
Y volviendo al tema, ¿qué tiene que ver todo esto con la música?
La verdad no lo sé muy bien, pero determinar qué es lo que somos me parece un paso indispensable, así lleguemos a la conclusión de que somos un subcontinente acomplejado, que reniega su pasado pero vuelve a él cuando busca identidad, y quiere a toda costa llegar al paradigma, pero no se da cuenta que aunque le llegó tarjeta de participación, nunca fue invitado.
Con la música pasa lo mismo. Ya tenemos una tradición, que aunque en parte es europea, lo es también africana e indígena. Está en la salsa, el son, la chacarera, el vallenato, la cumbia, el tex mex, el tango, la champeta, etc. Pero la academia le da la espalada, creo que es fundamental dejar los complejos académicos impuestos a ciertas músicas, y lograr algo similar a lo que sucedió con el jazz. Y de hecho se hace, pero muy poco desde el conservatorio. Es una lástima.
Y dónde queda la música clásica, hay una tradición latinoamericana?
Hay grandes compositores que le han dado un respiro a la tradición europea, gracias a una visión no europea. Pero el gran merito lo tienen los llamados músicos populares, son los que verdaderamente han logrado una propuesta particular.
¿Y tú qué serias?
Un músico de academia que aunque aprecia profundamente la tradición europea, no quiere saber más de ella.
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