Veo que son ya muy pocos los que cometen la imprudencia de meterse a esta página, y la verdad los entiendo. He prometido poner las fotos del viaje, pero nada, ni siquiera las disculpas. Mi padre las tiene refundidas en algún cajón de su oficina, y no parece tener mente para recordar llevarlas a casa de nuevo, siempre que le acuerdo me dice que ahí deben estar. ¿Ahí es algún lugar? eso espero.
Sean pacientes conmigo, los que me conocen saben que suelo quedar mal con muchas cosas, pero también saben que no salgo con chorros de babas (mentira), prefiero no hacer nada. Como ayer, que teniendo mucho por hacer no hice nada, y fue delicioso. Todo empezó por el dolor de cabeza insoportable que me quedo de recuerdo de la noche anterior, noche que terminó muy temprano en la mañana, y que el whisky no da guayabo ¿entonces que era ese dolor?. Los dolores pasan y el sueño los espanta. Después de dormir durante toda la mañana y gran parte de la tarde, me levanté con ganas de comer, con muchas ganas de comer, cociné y fui feliz haciendo nada.
No se espanten ustedes con el sueño, acá sigo con ganas de escribir, sobre qué? acaso importa?
no creo. Mis últimas lecturas me dicen que en esta época no importa mucho el sobre qué, porque irremediablemente se termina escribiendo sobre el malestar de no poder decir lo que uno quiere con palabras, entonces salen cosas como estas, que son algo, son lo que el que lea quiera que sean, dejemosle a Dan Brown y a Cohelo las historias boniticas, las que a todos les gustan, con principios y finales bien claritos, para que todos entiendan, para que todos compren, para que todos sean felices.
lunes, enero 30, 2006
domingo, enero 22, 2006
De uribe y las bienvenidas
Llego y me encuentro con noticias asquerosas. Las azafatas y el azafato repartieron, tan pronto empezó el vuelo hacia Bogotá, periódicos brasileros y también El Tiempo. En primera página, la noticia más importante de aquel día era la muerte de un niño a golpes por parte de sus padres. ¡Que buena bienvenida! Uribe hasta en la sopa y toda Suramérica hacia el otro lado, irremediablemente nos quedaremos solos, con nuestros paras en el poder y nuestras masacres legalizadas. Es triste que más de la mitad de la población esté en la pobreza y se siga pensando que la seguridad lo es todo. Tenemos índices de indigencia que dan vergüenza, y mientras, el presidente pensando en cómo hacerle para seguir en el poder por otros cuatro años. La ley de garantías no sirvió para nada, los carteles gigantes del partido U inundan la ciudad con los mismos nombres de siempre, pero ahora totalmente convertidos al uribismo, fanáticos del Mesías Álvaro. La política en Colombia se convirtió en fanatismo. Un Cartel por la avenida 30 decía UR E (con los espacios y todo), hace poco volví a pasar y ya iba por UR BE. Aun no se puede hacer campaña oficial pero nuestro jerarca siempre se sale con la suya, o si no se pone bravo y sale a relucir su mal genio pataletudo y empieza a difamar de los que alguna vez estuvieron de su lado pero se dieron cuenta de la trampa y la mentira de su discurso apologético a la violencia. Pardo fue el peor afectado hasta ahora. Es muy fácil inventar noticias si se está en el poder y muy difícil desmentirlas si es el fanatismo el que impera. Pero en fin, me iré a desayunar y pensaré en cosas más amenas, sólo quería poner algo en el blog y siempre termino escribiendo sobre lo que menos quiero.
lunes, enero 09, 2006
Monte-video (por las fotos, hasta que llegue a Bogotá)
Me leo y me leo y me encuentro muy arrogante, me caigo mal a veces. Estoy en Montevideo, una ciudad rara, sudando como marrano en un camion lleno de marranos haciendo el trayecto Girardot-Espinal, antes de convertirse en lechona. Recuerdo que prometí extenderme esta vez, pero son tantas las cosas que me alcanza para una novela, bien aburrida, eso si, pero novela.
Compré un libro de Monterroso, que es un regalo, uno de esos libros que en Bogotá no se consiguen facilmente, y de puro aburrimineto del turista me puse a ojearlo. Tiene unos cuentos que ya había leído en otros aburrimientos y que me gustan mucho. Después de leerlo uno se pregunta ¿y por qué no?. El cuento fecundidad lo recuerdo de memoria:
Hoy me siento bien, un Balzac. Estoy terminando esta linea
!que memoria! (esto lo digo yo, no Monterroso)
Entonces me pregunto por la validez del super proyecto, tal vez no tenga tanto que decir como les hago creer, entonces hablo de otras cosas. El caso es que estoy en Montevideo y me muero del calor, ya había mensionado que es una ciudad muy rara?
Compré un libro de Monterroso, que es un regalo, uno de esos libros que en Bogotá no se consiguen facilmente, y de puro aburrimineto del turista me puse a ojearlo. Tiene unos cuentos que ya había leído en otros aburrimientos y que me gustan mucho. Después de leerlo uno se pregunta ¿y por qué no?. El cuento fecundidad lo recuerdo de memoria:
Hoy me siento bien, un Balzac. Estoy terminando esta linea
!que memoria! (esto lo digo yo, no Monterroso)
Entonces me pregunto por la validez del super proyecto, tal vez no tenga tanto que decir como les hago creer, entonces hablo de otras cosas. El caso es que estoy en Montevideo y me muero del calor, ya había mensionado que es una ciudad muy rara?
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Diario y explicaciones que nadie ha pedido
lunes, enero 02, 2006
De Lima y sus primeras impresiones, ya todas trasnochadas
Lo primero que recuerdo de Lima es su aroma a maní tostado. LLegamos de noche a la ciudad. LLegar de noche a una ciudad desconocida es siempre una experiencia extraña; se quiere ver, detallar, comparar, oir, pero todo cambia con la ausencia del sol, los ritmos de la ciudad son otros y sus habitantes se sumen en distintos rituales. Entonces antes que una primera vista panorámica de la ciudad, tengo impresiones difusas, aromas, luces y sonidos propios de la nocturnidad de cualquier metrópoli gigante como Lima, una de las más populosas de latinoamérica. Tengo eso y el delicioso aroma del maní tostado que nos dio la bienvenida mientras nos dirigíamos del distrito de Callao a la sofisticada Miraflores, pasando por una calle atestada de avisos de publicidad enormes, pollerias colosales y casinos de luces maravillosas.
LLegamos con hambre y aunque era algo tarde fuimos a comer a la calle de las pizzerias, un callejón estrecho donde se agolpan restaurantes, bares y discotecas, lo que se conoce como zona rosa. De los locales salían hombres borrachos. Nos encontramos con dos travestis en busca de trabajo y varios turistas bebiendo, caminando por ese callejon, buscando un lugar para comer. Ese día comimos una pizza, acompañada por la conocida desde mi infancia, gracias a la perubólica, papa a la huancaína. La papa estaba muy buena, pero no puedo decir lo mismo de la pizza. Ese fue mi primer encuentro con la gastronomía peruana, casi siempre un encuentro grato y delicioso.
LLegamos con hambre y aunque era algo tarde fuimos a comer a la calle de las pizzerias, un callejón estrecho donde se agolpan restaurantes, bares y discotecas, lo que se conoce como zona rosa. De los locales salían hombres borrachos. Nos encontramos con dos travestis en busca de trabajo y varios turistas bebiendo, caminando por ese callejon, buscando un lugar para comer. Ese día comimos una pizza, acompañada por la conocida desde mi infancia, gracias a la perubólica, papa a la huancaína. La papa estaba muy buena, pero no puedo decir lo mismo de la pizza. Ese fue mi primer encuentro con la gastronomía peruana, casi siempre un encuentro grato y delicioso.
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Diario y explicaciones que nadie ha pedido
jueves, diciembre 29, 2005
Antes de abordar
La locuacidad reclamada ha sido recuperada. Pero el tiempo no es mucho y primero estaban las cartas debidas. Quedan diez minutos en el contador de este computador desde donde escribo, en el aeropuerto de Lima, sorprendentemente eficiente e inmaculado. Tengo entendido que se lo dieron en concesión a una empresa italiana y ahora es lo más parecido a un aeropuerto europeo. Lo malo: que al salir te cobran por todo vuelo, nacional o internacioneal, un impuesto. Aunque no tan abultado como el colombiano, que ni eficiente ni inmaculado, y orgullosamente nada europeo. En fin. Tengo muchas cosas que decir y termino hablando del aeropuerto. Prometo extenderme suficiente la próxima vez y hablarles de los aromas del Perú, de sus paisajes marcianos, su comida exquisita y su pobreza sobrecogedora. Ahora sólo espero que la señora que atiende me diga que es hora de pagar la hora de internet más cara del Perú y después podré irme a esperar, leer a Ray Bradbury y ver pasar turistas multicolores, es hora...
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martes, diciembre 27, 2005
Cajamarca,la lluvia y el aburrimiento del turista
LLueve, llueve mucho. Las calles estan encharcadas, mis ánimos están encharcados. No escribo por ahora, espero sepan ser pacientes como yo lo he sido ante tanta lluvia y este teclado inmanejable, mil veces manoseado y ahora en las últimas, sufriendo con mis dedos impertinentes. Mil veces esta lluvia que no me deja ser, que cae y cae indiferente, mojando todo, mojándonos, mojándome.
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viernes, diciembre 23, 2005
lunes, diciembre 19, 2005
Más de lo mismo
Otra versión, con el último parrafo cambiado, espero para bien. Ahora me gusta más.
Su presencia en cada puente
El verano era grandioso. Los días empezaban a alguna hora, de eso puedo estar seguro, pero a esa hora incierta donde la oscuridad venia a ser reemplazada por un sol omnipresente, yo siempre estaba durmiendo. Sólo sé que los días empezaban mientras yo dormía allá arriba, en el cuartito improvisado que Arrigo construyó especialmente para mi estadía con él.
Cuando por fin decidía levantarme, en la casa, o más bien, en ese lugar donde Arrigo con la resignación de todo hombre viejo y solo, decidió vivir; reinaba la desolación, porque sería un eufemismo llamarle silencio. Era un lugar horrible, lo sé, pero estaría ahí por poco tiempo, mientras conseguía algo mejor en la ciudad. Yo igual nunca me sentía en casa, lo único que me hacía levantar diariamente para comprobar que el sol seguía saliendo y mi desespero por irme de ese lugar aumentando, era el paseo en bicicleta hasta la ciudad para estudiar en los pianos del conservatorio. El camino, aunque monótono, me permitía estar una hora entre sembradíos de tomate y cielos limpios que, a mi ritmo irregular y caprichoso, podía expandirse en eternas jornadas de contemplación. Además me han gustado desde siempre las variaciones; como desviarme para conocer un arroyo, meter los pies tímidamente en él y mirar hacia las copas de los árboles meciéndose desprevenidamente, o, ir hasta esa fabrica abandonada y sentir el miedo primitivo al olvido y la belleza singular de lo olvidado.
Después venían los ritmos propios de la ciudad. Parecía imposible que un puente cambiara de manera tan abrupta mi percepción del espacio. De un lado todo ese verde, ese rojo y ese azul peleando por figurar; del otro, el verano era una constante de fachadas amarillas, techos de barro y un bochorno implacable hasta en la sombra. Pero en la ciudad también se estaba bien; en sus plazas y cafés, con el aire denso y aromático que lo contaminaba todo y sumía a sus habitantes en un sueño letárgico de siestas después del almuerzo y tiempo para el ocio tras una cerveza, o varias, consumidas lentamente. De eso estaban compuestos mis días.
Al llegar al conservatorio, dejaba mi bicicleta a la entrada, después subía las escaleras y atravesaba el largo corredor hasta el fondo, donde se encontraban los salones de piano. Allí me dirigía a esa funcionaria extraña que ellos llaman “videla” y le pedía un piano. La videla, siempre distinta, solía ser una señora mayor de 60 años, que dependiendo de su estado de ánimo o sus prejuicios étnicos adjudicaba un salón de estudio. Algunas veces con un Stainway, donde me acomodaba intimidado, pero poco a poco me acostumbraba a tanto sonido que parecía increíble fuera ocasionado por mis dedos. Otras, con un piano que aunque de cola, bien podría no serlo y sonaría igual. Estos los abordaba con desinterés tocando escalas y estudios. De vez en cuando golpeaban a la puerta, casi siempre era la videla que quería cambiarme a otro piano o limpiar el teclado y abrir las persianas. Pero una vez no fue la ella.
Abrí la puerta y me encontré con un muchacho que ya había visto antes por los pasillos del conservatorio, lo recordaba bien, de andar nervioso y apurado, siempre solo. Se quedó callado al verme, forzándome a decir cualquier cosa. Hola, ¿necesitas algo?, acerté a decir toscamente. Sonrió incómodo y disculpándose, respondió que sólo quería oírme. Lo invite a seguir y aproveche para abrir las persianas y finalmente verlo bien. Era un muchacho joven, tal vez un poco menor que yo, algo rollizo, con la tez propia de los del sur, de ojos claros y aspecto infantil. Por alguna razón empecé a sentirme perturbado. Él se sentó en una silla de esas que usan los otros instrumentistas y calladísimo esperó a que me acomodara de nuevo y empezara a tocar. No supe bien si seguir con el Prokofiev, es lo que estaba tocando antes de que él llegara, aún me faltaba estudiarlo, muchas partes estaban sin armar. Sentí que debía impresionarlo. Arranque con una un preludio y fuga, me sentía como en un examen. El preludio no salió tan mal, pero en la fuga, debido al calor que hacía en el salón, mis manos sudorosas y la fuerza de su presencia, empecé a errar notas. Él pareció notar que me estaba incomodando y silencioso como hasta el momento había sido, se levantó y casi susurrando me dijo que mejor me dejaba estudiar tranquilo. Le hice un gesto con la cabeza y enseguida se fue. Me sentí estúpido.
Salí del conservatorio y pasé por el Dubliners, un bar irlandés que quedaba a solo unos pasos. Pedí una cerveza. El local estaba casi vacío, una pareja dialogaba en la barra y dos hombres solos fumaban en rincones opuestos.
La escena con el muchacho en el conservatorio no lograba encajar del todo en mi cabeza. ¿Qué lo hizo alejarse tan rápido? ¿Por qué no fui capaz de hablar un poco más, preguntarle por su nombre al menos? ¿Por que me puse tan nervioso tocando la fuga? Sentía esa situación, como mi oportunidad de haber empezado a hacer amistades en aquel lugar inhóspito y poco amistoso al cual decidí huir y la había desaprovechado. Estaba en esas preguntas y reproches, cuando en la puerta aparece, me mira y sonríe, esta vez naturalmente. Se acerca a mi mesa y se sienta en una silla antes de decir cualquier cosa. Después me alarga la mano y sin más me dice que se llama Lucca. Todo fue tan inesperado y rápido que cuando me di cuenta ya estábamos tomando una cerveza juntos. ¿Lo invité o me invitó? no podría asegurarlo. El caso es que ya estábamos ahí, sentados en la misma mesa, hablando de cualquier cosa, casi como si fuéramos viejos conocidos. Su actitud era muy distinta a la de esa tarde en el conservatorio, aunque seguía teniendo aspecto infantil, advertí que de ninguna manera se acomodaba al prototipo que me había creado de él. Ahora parecía más seguro y hablador. Supe que no era pianista, que ni siquiera tomaba clases en el conservatorio, aunque su madre si lo era. Él sólo sentía curiosidad por los músicos y a veces entraba al conservatorio y pasando desapercibido hasta para la videla, lograba acomodarse en algún rincón cerca de una ventana o una puerta para escuchar. No le gustaban los conciertos, pero si los ensayos. La cerveza se acabó y sin meditarlo pedimos otra.
Aún no era de noche pues los días eran largos, pero sabía que ya estaba tarde para irme hasta la casa de Arrigo en bicicleta, el camino no estaba iluminado y temía perderme, además la idea de pasar frente a la industria abandonada en la oscuridad, me aterrorizaba. Le dije a Lucca que tenía que irme. Después de escuchar mis razones quiso acompañarme, yo, con esa aburridora formalidad bogotana, le dije que no era necesario, y él, en cambio, con su mejor cara de seriedad italiana, me dijo que le parecía indispensable. Me empezaba a simpatizar de verdad.
El atardecer era fresco y se estaba bien afuera. Las cervezas que tomamos ya estaban dispuestas a salir y al pasar por un parque le dije que quería orinar, también yo, dijo riendo. Entramos al parque y tímidamente empezamos a orinar, uno muy cerca del otro, podía oír el sonido de su chorro golpeando contra el pasto. Yo mientras miraba hacia arriba. Las primeras estrellas empezaban a salir y por un momento me perdí observándolas. Cuando volví en sí, ya no estaba orinando y supe que Lucca había estado pendiente de toda la escena. En un ataque de pudor me apuré a guardarlo y cerré la cremallera, él no paraba de reír. Nos fuimos del parque, él sosteniendo mi bicicleta y yo caminando a su lado. Supe que no quería ir donde Arrigo esa noche, que no quería verlo preparar la sopa insípida de siempre, que no quería oírlo quejarse de cuanta cosa dijeran en la televisión, con esa manera simple de ver la vida, con ese desarraigo irreprimible con el que afrontaba los días.
Poco antes de llegar al puente me dijo que pasáramos por su casa. Es muy cerca y te quiero mostrar algo, de paso podríamos comer, ¿qué dices?, dijo algo nervioso. Tuve que aceptar, en sus palabras había implícita una súplica. Era un barrio de casas grandes, con antejardín y patio trasero, de familias adineradas y perros del más puro linaje. Su casa resultó ser la más modesta de todas, al menos en apariencia. Al llegar al porche y recostar la bicicleta en la baranda, me dijo que su mamá no estaba en casa y pareció alegrarse.
La casa por dentro no era menos modesta. Lucca me señaló el piano y con su cara transformada por una sonrisa que se me antojó hermosa, me dijo que esta vez no me haría tocar nada. No pude evitar sentirme estúpido de nuevo. Antes de poder acomodarme en alguna parte me hizo subir a su cuarto. Siempre he creído que conocer la habitación de alguien es entrar, si se saben leer los detalles, en zonas profundas de su personalidad. Lucca dormía con su madre, me confesó. Le dije que había acabado con mis esperanzas de conocerlo a través de los signos que pudiera encontrar en sus cosas, o peor aún, había complicado todo. Me respondió que la mejor manera de conocer a las personas es haciéndoles preguntas inapropiadas, no pude objetar semejante argumento y aproveché para preguntarle por su mamá, algo me hacía pensar que eso podría ser inapropiado. Me estas entendiendo, dijo para evitar responder. ¿Entonces para qué me hiciste subir? Para que vieras esto, respondió mientras sacaba de una bolsa azul de supermercado unas fotos.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue alejarme corriendo de esa casa, salir y olvidar la bicicleta, correr, simplemente correr hacia cualquier parte, tal vez llamar a Arrigo y decirle que me habían robado, que estaba solo y lo necesitaba. Pero lo que hice fue quedarme, quedarme a ver sus fotografías, las cuales fui pasando una a una, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba cada vez más, cómo sus manos empezaban a recorrer mi cuello sutilmente.
Lamenté que todo hubiera acabado así. Su madre había llegado. Quitó sus manos sobresaltado y bajamos sin mediar palabra a la sala. Lucca saludó esquivando la mirada de su madre y me presentó como un amigo del colegio. Clara, se llamaba. Bonito nombre, le dije, como el de una amiga en Colombia. Supe que no he debido decir eso y agregué que estaba de intercambio para justificarlo. No pareció importarle y me ofreció algo de comer. Lucca me cogió del brazo y me sacó de su casa diciéndole a Clara que ya íbamos de salida. No pude siquiera despedirme.
Desde el porche pude escuchar el piano tocado hábilmente. Quise quedarme, pero Lucca no me dejó. Te acompaño hasta el puente, después te tienes que ir solo, me dijo a manera de disculpa. Caminamos en silencio. Desde los ventanales de cada casa, en ese barrio elegante y sombrío nos llegaban escenas familiares, de esas que hace tiempo no disfrutaba. Hacia fresco. Ya estaba totalmente oscuro y del otro lado del puente no se veía nada. Cruzamos hasta la mitad, donde él paró a despedirse, alargándome la mano. Lo miré a los ojos, tenía la misma expresión de esa tarde en el conservatorio. Le di un beso en la mejilla y caminé hacia la oscuridad. Justo al pasar el umbral donde terminaba el puente y empezaba la noche en el campo, me volví para verlo. Él hizo lo mismo desde el otro extremo y sonriendo, sorprendidos por la coincidencia, nos despedimos agitando los brazos.
No lo volví a ver en el conservatorio ni en ninguna otra parte, y aunque recordaba bien donde vivía, no quise visitarlo. Lo extraño es que ahora, cada vez que paso por un puente, me veo dejándolo atrás, él en la luz, yo sumergiéndome en la oscuridad del campo y siento cómo se reinventa su recuerdo y mi soledad de entonces a cada paso. Todo puente me acerca a ese momento y sólo ese, me alejó aquella vez de Lucca.
Durante el viaje de regreso adonde Arrigo me vi enfrentado a la oscuridad del campo, a sus sonidos, a sus olores. La industria abandonada estaba allí: Sus cadenas oxidadas, sus techos amenazantes, sus sombras y sus gatos. El arroyo y su rumor casi imperceptible. Quise quedarme ahí, meterme desnudo al arroyo y esperar a que amaneciera, pero seguí pedaleando. Imaginaba la cara de Arrigo frente al televisor, con su plato de sopa ya frío sobre la mesa, esperándome.
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