martes, abril 25, 2006

Una nueva ficcioncita















Esto y el otro

Supongamos que acá le presento al personaje. Puede que diga su nombre o puede que lo omita. Después lo pondré en un lugar y un tiempo. Aunque tal vez mejor lo deje en el limbo tempo-espacial (su ubicación de todas maneras corresponderá a su imaginario de lugares y tiempos, no al mío). Lo haré pensar en algo, en alguien, anhelar un lugar, un tiempo, recorrer una ciudad, una calle, una habitación, un bosque, la mente de alguien, lo dejaré quieto en un café, en una cama, en un escritorio, en una fila de supermercado, en una sala de espera. Estará en una situación definida y clara, o definida y confusa, o confusa e indefinida (eso dependerá de qué tan ordenada sea su lectura, de qué tan interesado esté en el cuento). Habrá más personajes, decisorios en la trama o meros trasfondos que darán sentido al ambiente. Tendrá coherencia o no, será fantástico o absurdo, o fantástico y absurdo (haga usted las variantes). Hablará por si mismo o a través mío o desde la voz de otro, o sencillamente no hablará, irá de lugar en lugar, sacudido por las situaciones. Para el final reservaré las usuales cadencias, buscaré un efecto o la ausencia total de él (en ultimas más efectivo). Y aunque todo lo anterior tiene un orden, cada parte puede ser autónoma, y constituir en si el cuento, o estar combinada con otras en orden aleatorio, dependiendo como ya dije, de qué tipo de efecto se quiere; o si no se quiere un efecto preciso, dejar abierto el cuento para posibilitar múltiples lecturas, más que las que el número de potenciales lectores pueda darle. Supongamos entonces, que le doy un nombre. Bien podría ser K o W, pero de seguro sabrá que K ya se ha usado en otras historias, por le que mejor opto por el segundo, W. Ya lo tengo, está ahí, asomándose por esta página virtual, ya es algo, pero aún no es nada. Qué hace, qué piensa, dónde vive, con quién vive; puede que sean cuestionamientos útiles a la hora de definir su carácter, su personalidad, eso sólo lo sabrá usted, para quien W es ahora un trabajador de oficina, que pasa las horas, los días, los años frente a una pantalla, viéndoselas con números y letras digitales. W es un cajero en un banco, y bien sabe que su trabajo lo hace una máquina que no descansa nunca, que despacha billetes, paga servicios y transfiere dinero a una velocidad de máquina, es decir, no humana, más rápido. Pero eso no le molesta a W, la verdad, su trabajo le tiene sin cuidado. Podría decir que W, en realidad se llama Walter, y vive solo en un apartamento del centro, o que es solitario y virgen, y cada noche se masturba dos veces para poder conciliar el sueño, podría decir en qué piensa mientras lo hace o que no piensa en nada ni nadie, pero ya dije demasiado. Ahora es alguien, y usted empieza a visualizarlo, lo ve detrás del aparador del banco, con su peinado ridículamente anticuado, con sus maneras refinadas y artificiales. Lo imagina en su cama de noche, moviéndose frenéticamente bajo las cobijas hasta que llega el último gemido, el definitivo. Pero no le dije que él no se masturbaba en la cama, como era previsible, sino en el baño, frente al espejo. Detalles que puedo obviar a mi antojo, dependiendo como ya le dije, del efecto. Podría dejarlo así, en sus días monótonos y en su onanismo exasperante. Pero nada de eso tendría mucha gracia. Mejor aprovechar que ya lo ve, que es alguien en quien usted cree, es realidad. Ahora lo quiero sentado en un parque, leyendo un libro de autoayuda, o el horóscopo del día. Que sea el horóscopo entonces y que diga lo siguiente: No es bueno por ahora corresponder a todas las actividades sociales, la verdad es que esto puede crearte serios problemas económicos por falta de control en los gastos. Tus logros vienen del apoyo familiar. Walter termina de leer esto y piensa en lo estúpido de todo aquello. Su vida social es inexistente, y por lo tanto el dinero destinado para ello espera vanamente justo en el mismo banco donde trabaja. Su familia le dejó de hablar hace 6 años, cuando decidió irse de casa para aventurarse en un viaje a todas luces absurdo por América del sur, que lo sumió en la melancólica seriedad con la que desde entonces asume los días, por no decir que la vida. Usted ve a Walter pararse de la silla, porque sin duda estaba sentado en una silla de ese parque,y sabe que sus pasos torpes corresponden a un estado de ánimo. Lo ve deambulando por la ciudad con la firme intención de simplemente estar por ahí. Está acaso dirigiéndose hacia un supermercado, puede ser, aunque puede ser una droguería, o un supermercado con droguería. Nuestro Walter come y se enferma como todos, pero usted intuye que no va a comprar alimentos. Lo vemos de nuevo en el apartamento (yo también empiezo a verlo fuera de mí), sacando lo comprado de las bolsas. Qué saca de ellas, por qué se dirige al baño. Lo que sabemos ahora es que se encierra allí. Pasan minutos sin que tengamos noticias de él, hasta que oímos un grito similar a un gemido, o un gemido similar a un grito, después el silencio. Walter está tirado en el suelo del baño, inmóvil. Si vamos un poco más arriba, sobre el lavamanos vemos un montón de papeles, que bien podrían ser una extensa nota suicida, pero pronto nos damos cuenta que los papeles son una revista, y que en ella hay semen derramado. No habría que agregar nada más, usted sabe bien que W saldrá del baño, y que se masturbará de nuevo en la cama para poder conciliar el sueño. El cuento ha terminado y su afecto es definido e intencional. Pero queda algo más por decir, y es que usted, un lector perspicaz y sabio, sabe que el cuento no fue ese, sino este que aún continúa. Y que a los dos nos hubiera gustado que fuera sólo el otro.

lunes, abril 17, 2006

Good morning heartache



















Escucho cantar a Billie Holyday. Está justo en la sala de mi casa invadiendo el espacio con su extraña y cálida voz. Ella me acompaña mientras escribo esto y lo hace todo más fácil.

Hoy me entrevistaron para un programa de televisión. El motivo de la entrevista fue mi último escrito publicado acá. En él hablo sobre mi relación con los buses. También breve y confusamente doy mi opinión sobre una tendencia en el arte bogotano; que ha llevado a las galerías, tiendas de diseño, moda, bares, etc. La cultura popular.

El programa de televisión tratará ese tema y para hacerlo interesante buscaron una voz contraria: la mía. (lo interesante no es mí voz, sino que es contraria)

Con motivo de la entrevista tuve que buscar en http://www.populardelujo.com/ lugar del que saqué el artículo que critico, para ver que pensaba en serio. Pues aunque mi posición allí parece muy clara, se fundaba en una percepción superflua del tema. Estaba hablando mierda. Lo que encontré fue una buena página, que poco tiene que ver con su título. Creo que en un principio quisieron documentar una especie de memoria estética de la ciudad, pero sin duda los aportes de distintas personas han hecho que sea mucho más y que por lo tanto su nombre no corresponda con el contenido o con gran parte de él. Aún así, mi pequeña búsqueda sirvió para afianzar un presentimiento, un malestar al respecto. Les aclaro que sólo sirvió para eso, porque la entrevista fue un desastre: hablé mierda. Pero a todas estas, qué hacía yo, un pianista en formación, opinando sobre las tendencias del arte en Bogotá ¿Dónde están los artistas que deberían ocupar esos espacios? En fin. Allá ellos.

Pasando por encima la precariedad de mis respuestas durante la entrevista muy urbana que me hicieron, agregaré más ideas al respecto por escrito, campo en el que me defiendo mejor. Y quiero poner una cita en este punto de Nabokov pero no la encuentro. Me aventuro igual a decirla de memoria, dice Nabokov de él mismo: “pienso como genio, escribo como autor notable y hablo como un niño”. Yo me siento identificado con lo de hablar como un niño, claro que hay unos niños…

Un día fui a una fiesta de estudiantes de los Andes. Y acá se me ocurre un chiste parafraseando a Nabokov (aprovecho que el disco de Billie se acabó y automáticamente se puso uno de música colombiana viejita). Los uniandinos pagan como en Harvard, piensan como buenos profesionales promedio, y hablan como idiotas. La fiesta era temática, o eso pretendió serlo, el tema: los 80’s. Los que se animaron buscaron en sus armarios y en los de sus hermanos y hermanas ropa de aquella década. Se la pusieron aunque no cupieran en ella y así se presentaron. La fiesta no era nada especial, un montón de ingenieros aburridísimos haciéndose los chistosos, nada más patético. Pero el punto interesante y relevante para este escrito, vino cuando los asistentes empezaron a poner nombres con un marcador negro en pedazos de cinta de enmascarar, para en seguida pegárselos en el pecho, a manera de identificación. Los nombres no eran los propios, sino los sacados de su imaginario de pobreza: Usnavy, habsleidi, Jaider y así… yo les seguí el juego, y puse en mi pecho mi segundo nombre: Ronald. No sé qué buscaban con esto, pero sentí malestar, no por que mi nombre estuviera entre los “chistosos” sino por lo que en su inocente juego plantearon los ingenieros con tan poco humor. Estaban jugando a ser pobres.

Hace unos días fui a un restaurante que dedica sus esfuerzos culinarios e hacer de sus platos una suerte de criollismo sofisticado. Hay envueltos de maíz con salsa de maracayá y helado de vainilla, onces de chocolate con queso y panes boyacenses, y varias propuestas de la cocina vernácula, combinada con elementos propios de la cocina contemporánea. El postre con envuelto de maíz es sin dudas un logro, pero pagar por un chocolate con queso 8.000 pesos, es un robo. Igualmente hay un restaurante de reciente inauguración, dedicado a la cocina colombiana, con precios exorbitantes, a platos que en su contexto son más bien económicos, y hasta más ricos. Pero todo esto hace parte de una tendencia que quiere darle “estatus” a esos productos que llamamos populares, hacerlos válidos para las élites. Ahora un niño bien puede comerse una aguapanela con queso y no sentirse un pobretón muerto de hambre. Está relacionado también con la idea uribista de una Colombia pujante, echada pa adelante, orgullosa de sus particularidades, en suma, una campaña chovinista asentada en un sentimiento vacío respecto a un país, que no tiene en cuenta a la gente, sino sus imaginarios de consumo. Es como si estuviera de moda ser pobre. Obviamente el “ser pobre” pensado desde su estética y gustos, no desde el verdadero significado de serlo, es decir, pagar mucho por serlo, para no serlo.

Otra corriente muy aceptada es la de aprovechar la lengua para agredir “inocentemente”, y resaltar una carencia educativa. Un bar carísimo del norte se llama mailiroldarlin (my little darling). Su nombre es una transliteración, pero una particular, que nos habla de cómo llegan algunos al idioma ingles. No porque sus colegios hayan sido bilingües, ni porque hayan pagado por cursos particulares, sino por la precariedad con que se enseña esta lengua en los colegios públicos. Bien sabemos que asi no se dice ni se escribe, pero es muy play (plei) jugar a no saber, a ser pobre. (El inglés no debería ser la única lengua que se enseñe y ser bilingüe, aunque muchos no lo piensen así, implica hablar al menos dos de las miles de lenguas que hay en el mundo). El nombre de este bar se aprovecha de esa carencia, los ingenieros de la fiesta se burlan de la inspiración que lleva a las personas pobres a ponerles ciertos nombres a sus hijos. Pagar por un tamal 20.000 pesos, nos dice que lo pobre vende.

Hace ya un buen tiempo que no suena Billie Holyday, por eso se me hace difícil escribir.

Creo que las expresiones populares son mucho más de lo que un grupo de niños ricos creen, y que su aprovechamiento no corresponde a una identificación, o a una búsqueda verdadera. Es más un lugar común, una forma fácil de hacer arte y vender.

domingo, abril 09, 2006

Mi relación con los buses y el asombro uruguayo

Se me pidió escribir y criticar, para ver con qué salgo, respecto a un tema que conozco bien, no porque lo haya estudiado a fondo, sino porque he vivido en él y desde él; se trata del transporte público en Bogotá, y para ser más específico, de la disputa entre el viejo sistema heterogéneo y caótico de buses multicolores; mucho humo, pito a mansalva, y el aparentemente servil y pulcro transmilenio.

Pero antes de empezar, les pido remitirse al siguiente enlace metatextual: http://www.populardelujo.com/libro_01/textos/pdf/cebollero.pdf (no metrosexual) donde encontrarán un artículo de Mauricio Carreño sobre el mismo tema. En él, añora la perpetuidad del viejo sistema, apoyado en un amor desmedido y esnob (muy de moda hace unos años entre universidades bien que enseñan arte) por la cultura popular, amor que no pasa de un mero reconocimiento iconográfico, y de una vacuidad emocional asociada a ciertos elementos naturales al desenvolvimiento estético de las sociedades fuera de los contextos académicos, es decir, descubrir que la cultura popular tiene una estética tan válida y rica como cualquier otra nacida de los círculos intelectuales. Agua hervida. Los pobres son play muy a su manera. Que raye marica.

No es mucho lo que puedo aportar o decir. No estoy ni en contra ni a favor de ninguno, pero debo reconocerle a transmilenio el que haya podido leer varias novelas, cuentos y artículos, sentado en sus sillas rojas (y a veces azules), sin que mi retina peligrara tanto, porque desde que las lozas empezaron a hundirse, mis lecturas también se fueron hundiendo, y mi astigmatismo se fue subrayando con cada hundimiento. Pero fue allí, aún a pesar de ese pequeño inconveniente, donde leí Abbadon el exterminador, America, El libro de Manuel (no la de kafka), El síndrome de ulises, varias malpensantes, De carne y hueso, Angosta, El último round, la vaca, la información, y últimamente, la amena Experiencia, de Martin Amis. Estoy seguro que si hubiera leído esos libros sentado en una buseta, un cebollero o un colectivo, estaría casi ciego.

Recuerdo que empecé a montar solo en bus a eso de los 12 años, cuando iba a entrenar natación al club comfenalco (ahora colsubsidio). Cogía muy al frente de mi casa un ejecutivo (a veces superejecutivo) y al poco tiempo llegaba a mi destino. En esa época vivía en Suba. Fui muy chiquito hasta que me pegué el llamado "estirón", que no fue sino un estironcito. Me alcanzó para el 1:74 de estatura que mi cédula atestigua algo fraudulentamente. Por esta razón, cuando debía bajarme del bus, o recurría a la ayuda de alguien con la altura requerida (nunca una mujer) o saltaba agarrado al tubo oxidado, haciendo puntería con el dedo para dar en el reducido círculo asignado como timbre. Toda una labor harto dispendiosa y sin duda aflictiva, a esa edad donde todo me parecía bochornoso. Desde ahí las cosas empezaron mal, sería una relación unida por el odio y el tedio.

Pero los buses me dieron la oportunidad de no ir en la ruta del colegio, eran una alternativa interesante, que me permitía bajar a Unicentro (muy cerca a mi colegio) jugar maquinitas con mis amigos después del estudio, y después ir a mi casa, con poca plata, pero la satisfacción que le da a uno la independencia. El bus sin duda significa para mí independencia.

En la universidad la llamada independencia se fue para el carajo, y en su lugar empezó a acomodarse en mi espíritu, un resentimiento hacia esas cajas ruidosas, atestadas y lentas que eran los buses. Ir hasta los Andes desde mi casa y volver después, era a todas luces un suplicio.
Cómo me hubiera gustado poder leer algo en esos momentos estáticos en la séptima, en la 127, en la Suba.

Paulatínamente fueron llegando los buses rojos, con toda su renovación urbana y ciudadana. Pero nunca me han servido mucho. Para ir al portal del norte, la estación más cercana a mi casa, debo coger un colectivo o caminar 15 minutos hasta la parada de un alimentador. Lo bueno de empezar los recorridos en un portal, es que hay muchas posibilidades de conseguir una silla, lo que en mi caso significa: leer.

Creo que la discusión no es muy interesante, siempre pensé que Bogotá se merecía un metro, pero nos vendieron esta solución y ya que se le va a hacer. ¿Les colocamos vírgenes y figuras religiosas y hacemos retablos rojos y acolchonados en la parte delantera de los buses articulados para contentar a los que creen que se pierde autenticidad y cultura por montar en transmilenio?. ¿Cierto que suena ridículo?. Me gustaría que el sistema fuera menos excluyente, que los vendedores, como en el D.F, pudieran subirse a decir su carreta, que las estaciones tuvieran baños y comercio, que hubiera descuentos para estudiantes, que las malditas lozas paren de hundirse, que el alimentador llegara hasta la puerta de mi casa, que nadie se crea mejor persona por dejar sentar a un viejito, que la lástima impuesta no sea el motivo, en fin, muchas cosas. Pero me conformo con poder leer algo mientras voy a la U. Algo es algo. Deje así.

Por otra parte. El informe semanal que me dan sobre el movimiento del blog, me dice que hay varios uruguayos leyéndolo ( o al menos visitándolo), más que colombianos. Como el hecho me parece insólito, y por lo tanto interesante, les mando un saludo a los uruguayos que lean estas páginas, y les digo que fui al festival de teatro a ver una obra uruguaya que me gustó bastante. No es más por ahora. Con esto salí.

jueves, marzo 30, 2006

Una anécdota


Lugar: Buenos Aires
Hora: A eso de la 1:00 A.M
Acompañante: Mi hermano

Caminaba con Felipe, ya hacia al hotel, por alguna calle del centro de Buenos Aires. Veníamos de comer en la zona ultra sofisticada de Puerto Madero, claro que Eduardo gastaba, no vendríamos de allá si no hubiéramos estado con él y Alba, pero iban adelante, por eso no los cuento como acompañantes, no en el momento que les pienso contar. Era una de esas calles afrancesadas (aparizadas, de París), con edificios de media altura, y todo muy bonito, salvo por tanta basura. No había casi nadie en las calles. Caminábamos románticamente, con esa sensación que le da a uno en las grandes ciudades, y mas en las ciudades “literarias”, de ser el protagonista de una novela policíaca. A lo lejos, enfrente de nosotros, vimos a un par de jóvenes escarbando entre la basura. Alba reaccionó apretando el ritmo de sus pasos y Eduardo la siguió. Mi hermano y yo, al haber visto en noches anteriores que eso de recoger basura en Buenos Aires es algo más bien normal, nos quedamos atrás, caminando sin prisa alguna. Al acercarnos a los dos jóvenes, el poco miedo que hubiéramos podido tener, producto de una infancia de terror a los recogedores de basura en Bogotá, se nos esfumó del todo. Los encontramos metidos en la basura, seleccionando, discutiendo sobre qué llevar. La basura era particular, se trataba de casetes de VHS, cientos de ellos, esparcidos por todo el andén, todos marcados enigmáticamente. Paramos y nos sumamos a la búsqueda. Después de escarbar un poco, y decidirnos por un título, continuamos con la caminata nocturna y volteamos por florida, que siempre tiene gente, allí nos esperaban Alba y Eduardo. El casete decía lo siguiente: Publicidad insólita 1986.

En Bogotá el asunto del casete se olvidó, hasta que mi hermano me dice un día: Mira que escuché el casete que recogimos, pero no había nada, sólo estática y una voz toda tenebrosa diciendo algo que no se entiende, pero me dio miedo ver más y lo saqué. En seguida estábamos frente al televisor poniendo la bendita cinta en el VHS. Pero saben algo, la cinta tenía justamente eso, estática y una voz de ultratumba diciendo algo que no se entiende. La sacamos y la volvimos a meter, esta vez el audio cambió, la voz ya no era de ultratumba, era más bien ridícula, una voz a más revoluciones de las necesarias, como la de las ardillas (recuerdan a Albin y las ardillas). El caso es que era sólo eso, un casete viejo con el video dañado y el audio sobrerevolucionado. Lo adelantamos todo y siempre era lo mismo. Nuestro interés policiaco se perdió. Ahora la cinta está al lado de las pelis de Felipe, en su cuarto. En verdad me hubiera gustado que fuera otra cosa.

domingo, marzo 26, 2006

Respuesta a un artículo de El Tiempo

La siguiente es una carta que le envié a la señora Angela Marulanda, en respuesta a su artículo del domingo.

Después de leer su artículo sobre la adopción en parejas homosexuales, me vi abocado a escribir una respuesta a sus opiniones. Las razones son sencillas: soy homosexual, y no estoy de acuerdo con sus puntos de vista, que creo caen, en eso que en su primer párrafo usted llama falta de argumentos, y para no distorsionar la cito:

"Creo que un motivo por el cual es difícil resolver si es o no apropiado que se apruebe la adopción para parejas homosexuales, es que las razones en pro y en contra no se sustentan"

Frase que pensé tendría que ver con su escrito, sustentaría su opinión, fuera la que fuera, pero que muy a mi pesar es sólo el comienzo de un confuso texto, donde lo único que queda claro es que quien lo escribe tiene problemas para aceptar otras realidades diferentes a la heterosexualidad, y creyéndose un modelo, opina sobre cosas que no entiende, por ignorancia o prejuicios.

Voy por partes. Usted dice que tener hijos no es un derecho sino una capacidad con que nos privilegia la naturaleza. Hasta ahí todo está claro ¿Pero no iba acaso a hablar de la adopción?, ¿no es ella un derecho para aquellos a quienes la naturaleza no los privilegió con la capacidad para tener hijos? Claro, usted dice que igual la adopción es un privilegio, al cual sólo acceden personas que cumplen con una rigurosa lista de requerimientos. Pero este, lejos de ser un privilegio "natura" tiene que ver con su capacidad económica y el deseo de hacerlo, entonces pensar en la concepción y en la adopción en los mismos términos es altamente inadecuado, en vez de aclarar, confunde.

Entre los requisitos que usted menciona para poder ser candidato a la adopción, están la edad, su posición económica y su salud mental. Dice usted que no sólo a los homosexuales se les niega ese derecho, sino también a los muy jóvenes o muy viejos, a los pobres y a los enfermos mentales, pero en ningún momento sustenta el por qué de esas decisiones y cómo repercutiría en el niño el que sus padres adoptivos tuvieran esas características, se conforma con dar por argumento su simple mención. Pero no me dejo confundir, una cosa es ser pobre o enfermo mental, y otra ser homosexual. Es apenas obvio que una persona con escasos recursos económicos no pueda satisfacer a cabalidad todo lo que un niño necesita para su crecimiento, y que por lo tanto sea una causa para negar el derecho a la adopción. Si se está enfermo de la cabeza, tampoco se puede garantizar la estabilidad emocional que necesitaríaa un ser que crece aún. Pero en ningún momento, su artículo se refiere al caso específico de la homosexualidad, ¿no cree usted que una pareja de mujeres, con estabilidad laboral, deseos de conformar una familia, y la estabilidad emocional exigida a los heterosexuales, está en la misma capacidad de criar y darle a un niño o niña el afecto, educación y bienestar necesarios, que una pareja heterosexual?

Ahora bien, la pregunta que en verdad es relevante debe enfocarse hacia las necesidades de los niños. Y para no entrar con maniqueos en el tema, ir a nuestras infancias y ver que pasó allí.

¿Que modelo de familia se propone para que tipo de niños?, ¿estamos basando esos modelos en lo que creemos le hace bien a un niño o en la aceptación pasiva de un paradigma que poco tiene que ver con la sociedad y las relaciones en nuestro contexto?

Continúa usted diciendo que además de los requerimientos que usted cita, hay otro, inventado por usted al parecer, y que tiene que ver con la idea de masculinidad y feminidad, la cito:

"los padres y las madres, son modelos que les confirman su masculinidad a los hijos y su feminidad a las hijas, lo cual no pueden hacer los homosexuales"

"Así como una persona invidente no tiene el privilegio de conducir un auto, o un diabético tampoco lo tiene de comer lo que comen todos, los homosexuales tienen la limitación de no poder ofrecerle al hijo una imagen definida del género masculino ni del femenino, porque no son ni lo uno ni lo otro"

Aparte del sesgo tremendamente homofóbico de las frases anteriores, en donde insinúa que la homosexualidad es por un lado una incapacidad física y por otro una enfermedad, creo que es indispensable aclarar que no es ni lo uno, ni lo otro. Además su desconocimiento de la realidad de los homosexuales la lleva a pensar que son personas que no se identifican con un género. Nada más falso.

Haría falta aclarar que según eso, hay una idea general de lo masculino y lo femenino, ¿pero cual es? ¿Y es esa idea necesariamente importante?

Yo crecí en una familia de padres heterosexuales, al igual que la mayoría de mis amigos homosexuales. La conclusión lógica de esto es que la sexualidad de los padres no influye en el comportamiento sexual de los hijos, y por lo tanto no es suficiente razón como para negarles a dos personas con el deseo y la capacidad económica, su derecho a conformar una familia.

Pero su sarta de frases intolerantes no para ahí (es un artículo del periódico más importante del país). Cito de nuevo:

"Por otra parte, a pesar que las series de tv muestran a las parejas homosexuales como ideales, me pregunto si esa armonía es posible en familias conformadas por quienes han tenido que padecer el repudio de la sociedad y a menudo el de sus propios padres"

Acá es evidente que quien escribe esto tiene serios problemas para enfrentar su repudio y hacer parecer su texto "un intento de comprensión" y se convierte en una prueba de sus más sinceras aversiones, odios y temores. Pero bien sabemos que aunque es válido decir lo que uno piensa, no se puede pretender transformar una sociedad a punta de esos odios, de esas aversiones, de esos temores. Porque se estaría formando una sociedad temerosa y con odio. ¿Usted propone que el remedio a ese repudio sea vulnerar los derechos de quienes son repudiados? Eso no tiene el más mínimo sentido.

No cree usted que aceptar la adopción de parejas homosexuales, en vez de fomentar ese rechazo y ese estigma del que usted cree somos víctimas los homosexuales ayudaría a tener una visión más real de lo que en verdad significa ser homosexual, y por lo mismo atenuar el rechazo y la estigmatización.

Lamento que artículos como el suyo tengan la difusión de un periódico tan importante, y que eso que usted piensa pueda ser leído por tanta gente. Creo que desinforma y promueve amable y confusamente lo que en apariencia rechaza. Aunque tengo que reconocerle que sí, está sustentado como a usted le gusta, pero sustentado en el rechazo, la estigmatización, el odio, el repudio y por consiguiente en la estupidez. Pero no es nuevo para mi eso, ya sabía que esta es una sociedad estúpida y es apenas obvio que personas con la incapacidad natural de entender, pretendan ser modelos. ¿Una lástima no le parece?

jueves, marzo 23, 2006

domingo, marzo 19, 2006

Que bonito soy como me quiero

No quiero pensarlo mucho, porque de otra forma empezaría a descartarlo todo, a limpiar las ideas, decantarlas, hacerles eso que para mi es academia, aburrirlas, cubrirlas de moho y telarañas.

Tampoco hoy llegó el periódico, y sí, quería leerlo. El domingo pasado tampoco llegó. Es raro que pase eso justo el domingo, alguien se lo está quedando en algún punto de la cadena. Se imprime un periódico para nosotros, que lo pagamos anticipadamente para tenerlo en la puerta de la casa apenas empieza la mañana. Quien lo esté refundiendo debe pensar que un periódico a la semana no hace mella, no es un gran lío, que si decidiéramos quejarnos por una nimiedad como esa, seríamos seres insoportablemente sicorrígidos, que no soportan un hueco en la semana, un vacío de perfección, un daño en el sistema, por lo tanto seres a los que vale la pena hacerles eso. Yo creo que si estuviera leyendo todos los domingos el periódico de otra persona pensaría lo mismo.

Pero empecé hablando del periódico por otra razón. Esta semana leí un corto artículo sobre una encuesta realizada en Estados Unidos, que arrojó los siguientes resultados: Para ser más felices es necesario ser blanco, tener familia, ser republicano, y tener un trabajo por el que te paguen mucho, al menos más de 200.000 dólares anuales. El escritor del artículo aclara que es difícil saber si los resultados están cerca de la verdad, o al menos salva su opinión sobre lo que le toco escribir, haciéndose el cuestionamiento de si seríamos capaces de responder que somos infelices y sentimos frustración a la pregunta de: es usted feliz?.

También se puede sacar otra conclusión, claro, siempre se pueden sacar muchas conclusiones, y me parece pertinente que yo la saque en este caso, ya que me puse a escribir sobre esto, cuando lo que en verdad quería era escribir sobre otra cosa, pero siempre es así, entonces tengo que continuar con lo empezado.

También se podría concluir que los ricos mienten y que los pobres, los negros y los demócratas, son más sinceros, igualmente que el dinero es una condición insustituible para conseguir la felicidad. Entonces son la estupidez y el color de piel rasgos definitivos a tener en cuenta en el momento de concebir una nueva vida, los futuros padres deberán preguntarse, si desean que su hijo sea feliz, lo siguiente: soy negro? Soy pobre? Soy demócrata? Si la respuesta es afirmativa en cualquiera de los casos, se debe considerar seriamente la idea de no continuar esparciendo sus genes por el mundo, si es afirmativa en los tres, valdría la pena pensar en el suicidio.

Eso aplica a Estados Unidos, pero volvamos a lo de la pregunta y comámonos el cuento de que la cosa es así por esos lares, no sin antes empezar a cruzar información, que aunque irrelevante de momento, podría servirme más adelante para sacar una conclusión pasmosa (que arrogancia).

Vi mucha televisión hoy, intercalaba tandas de estudio del piano con televisión. Vi el canal VH1 (biechuan) hábil en mostrarnos sin anestesia aspectos de la vida en el país del norte, que aunque deberían asquearnos, terminan por convertirse en un modelo, inalcanzable y harto innecesario, pero deseado. El programa mostraba los 100 cuerpos mas deseados. Un recuento de belleza estereotipada, riqueza y poder (que no es lo mismo, acaso no es Irak un país riquísimo?) y obviamente, de felicidad.

Los 100 cuerpos más deseados pertenecían todos, sin excepción, a personajes ricos, la mayoría blancos, y todos tan concentrados en su propia belleza, que el saber si son demócratas o republicanos, no parecía uno de sus cuestionamientos de vida.

Va otro dato. El partido conservador le ganó al liberal en las pasadas elecciones de cámara y senado. La derrota del partido liberal es insólita, sobre todo sabiendo que la participación para su consulta fue masiva. Acaso quienes votaron tan fácilmente por Serpa, Pardo y Rivera, al momento de decidirse por los aspirantes a la cámara y el senado, terminaron por darle el voto a un candidato de los partidos uribistas?. Por otro lado, la cantidad de votos nulos es inaudita por abultada. Sin duda mucha gente no entendió cómo votar. Pudo darse que quienes votaron a la consulta liberal, confundidos ante la nueva cara del tarjetón, terminaran por votar equivocadamente, haciendo que su voto fuera nulo. Pero por qué hago referencia sólo al partido liberal? Los conservadores estaban con Uribe así que no se puede hacer la misma comparación respecto a la consulta, y hay otro ingrediente que marca una diferencia sustancial en el tipo de voto; los conservadores no son pobres, a lo sumo algo arrancados, pero difícilmente pobres, por lo mismo tienen educación, y por consiguiente pudieron entender el nuevo tarjetón. No fue su mayoría en número de votantes, sino su mayoría de votantes con la capacidad de no botar su voto, lo que determinó un resultado que a todos nos parece sorprendente, pero ante todo, sospechoso.

Y donde quedan nuestros cuerpos deseados, nuestros torsos sin grasa? Están en la televisión, casi exclusivamente allí, alimentando ideales y proponiendo paradigmas, esquemas a seguir, haciéndonos sentir pobres, feos y ustedes ya saben: infelices.

Me gustaría seguir gravitando en estos temas, pero me impaciento si no puedo hilarlos como me gustaría, entonces se los mando así, como un feto que termina en una caneca y posteriormente en un basurero al sur de la ciudad. Para que no se sientan dirigidos por mis pensamientos, para que los hilen como quieran.

domingo, marzo 12, 2006

Las cosas que se aprenden (y como desaprendo escribiendolas)


Hoy hicimos galletas. Carlos vino a mi casa con un libro enorme de recetas e hicimos galletas. Mientras tanto en la tele nos decían como iban quedando las votaciones, al parecer el voto nulo fue un gran ganador de la jornada, y el voto en blanco en las curules para indígenas. Curules no aparece en el diccionario de Word y en la rae no parece tener plural, además es una palabra que se usa en México El Salvador, Ecuador y Colombia, ahora me las tendré que ver con la molesta raya roja. La palabra Word, este programa la pone con mayúscula automáticamente, automáticamente es una palabra sobresdrújula, Word es una palabra en ingles, y no debería ir con mayúscula, mayúscula es esdrújula, esdrújula también. Mi candidato a la cámara no ganó curul, papá Noel ganó la consulta del polo, el polo es un extremo, pero la rae me dice que no es eso, que es el punto en que el eje corta a una superficie de revolución, pero hay muchas acepciones, la que yo creía saber es la de: Punto opuesto a otro en un cuerpo, pero no es muy claro, también es un baile o aire popular de Andalucía, y un deporte de millonarios, lo juegan en Afganistán, aunque no tenga coherencia económica esa frase. A los juegos y a quienes los juegan no les importa si mi frase tiene coherencia. Hoy no llegó el periódico a la casa, tampoco le llegó al vecino, justo hoy que quería leerlo. Las galletas quedaron ricas. Ahora sé que las galletas están hechas básicamente de mantequilla y azúcar y sé que el periódico no llega justo cuando quieres leerlo y que este programa se cree tan importante que no soporta verse escrito con letras minúsculas y que los indígenas prefieren votar en blanco, y que su voto en blanco es muy válido, ahora les toca repetir elecciones y los aspirantes tienen que ser otros. Sé también que polo es una marca de ropa, de helados, un juego, un baile, un aire popular, y muchas cosas más. Yo voté por el polo, pero no entiendo por qué se llama así el partido. Lo que más me gustó del día fueron las galletas, les echamos chips de chocolate, y ralladura de mandarina porque no encontramos naranjas. Mejor voy a comerme una...