viernes, junio 23, 2006

Adolescencia



El programa de Garay ya no existe, o al menos no como era entonces con él del otro lado. La emisora de La Javeriana se decidió por el Jazz ad nauseam y tan sólo Trapecio, el programa de los sábados en la mañana, vale la pena, a pesar de su frigidez. Garay anda ahora de novelista, después de un paso fugaz e intrascendente por la radio comercial al lado de la Gurisati, donde le tocaba alternar su refinado gusto con tandas de la oreja de Van Gogh y Bacilos o hasta cosas peores de “nuestra generación” (así reza su fastidioso y excluyente slogan), claro, no tan peores como mis discos del Richard, el rubio y lacio pianista de mi infancia.

Ese año, el de mi descubrimiento, empecé a comprar discos, impulsado sin duda alguna por los gustos de Garay, pues en mi casa y alrededores la música no parecía interesarle a nadie. Los primeros discos compactos que compré no fueron los de moda por esa época, a saber: Aerosmith, Lenny Kravits (el morocho sabrosón) y la canción Mister Jones de los Counting Crows, sino los de mi anacrónico interés. Recuerdo que en San Andresito de la 38 le pedí a mi padre tres discos: el Desintegration de The cure, The Joshua Tree de U2, y los grandes éxitos de The Police. Me compró el de U2, el de The Police me lo regaló en navidad en versión mejorada, porque en vez de los grandes éxitos llegó con la discografía completa recopilada en un set de cuatro discos compactos, incluía rarezas y B sides, todo un paquete para coleccionistas. El de The Cure lo compré yo mismo en una tienda del centro, cuando la oficina de mi papá quedaba en la 19 con tercera y yo empezaba a descubrir el comercio musical del centro. De Via Libre a la octava me paseaba buscando discos y aprendiendo a regatear por ellos. Así pasé ese año, oyendo la radio y buscando los discos de las bandas que oía en tiendas algo roídas que apestaban a porro y metal más ingenuo que macabro, y más baladí que interesante. El rock nacional aún era un puñado de buenas intenciones, pésimos músicos, peores cantantes y sonido garaje. La mejor de las grabaciones de entonces fue el ahora famoso Aquí vamos de nuevo de las 1280 almas, no en CD, sino en casete. En el colegio mis amigos oían la Peste, más o menos pasaron de muñecos de papel (el RBD de mí generación, con Ricky Martin al mando) al punk.

En octavo conocí a Jairo. El primer día de clases llegó con una lista de sus discos y la repartió a los del curso. Recuerdo que no conocía ni la mitad de las bandas que se encontraban en ella, había mucho rock en español y otro tanto del rock “oficial” en inglés. Su trabajo era grabar casetes, y le iba bastante bien, de paso nos sacaba de la ignorancia musical. Con Jairo hice una buena amistad, mediada por la música y su personalidad extrovertida. Le pedí que me grabara un par de casetes, no recuerdo bien de qué. Ese año empecé a ir a conciertos y a bares, el primer rock al parque hizo aparición con un elenco de lujo: Seguridad Social, Fobia, Aterciopelados (con su disco con el corazón en la mano, guitarra de flores y la abrumadora personalidad de Andrea). Acido bar era sitio de encuentro para saltar y tomar (los controles no eran tan estrictos) aunque yo aún no tomaba, y había fumado tan sólo una vez que me escapé del colegio en séptimo. Había entrado de lleno en la adolescencia.

Más para otra entrega

Mi primer camiseta de un grupo tenía este diseño, la boté hace poco, muy a mi pesar, por un tiempo sirvió de trapo.

miércoles, junio 14, 2006

De Richard Clayderman a Xenakis



Quise subir el siguiente escrito en su estado inacabado hace dos noches, en uno de mis recurrentes insomnios, pero no pude cargar la imagen que ven arriba. Hoy sí pude, así que aprovecho otro insomnio para colgar el texto aún inconcluso que hice aquella noche, donde de manera harto confusa empiezo a explicar mi relación con la música. Ahí les va.

P.D es oficial, este blog ya no tiene visitantes, tanto que el plural de la última frase sobraría si fuera sensato.

De cómo llegué a interesarme en eso que llamamos música

Cada tanto me acuerdo de que soy músico, y de que mis manos además de servir para muchos oficios cotidianos y otros varios, pueden hacer que un instrumento de teclado suene a algo como antiguo, como extraño, como anacrónico, y a veces atemporal. Que suene como a música. Y es que aunque la música sea lo que estudio y sea lo que pienso hacer por el resto de mi vida, larga o corta, en raras ocasiones logro la epifanía con ella, porque si de algo puedo estar seguro, es que la música revela cosas. La epifanía creo, no es necesaria para hacer música, pero sí para entenderla. Y aunque esta palabra le de un sesgo incómodamente religioso a lo que por convicción creo es la música y que nada de religioso tiene, la considero la más precisa para describir ese algo que es introducirse en los sonidos, y que supera en mi experiencia a cualquier otro arte. Pero no quiero meterme en discusiones bizantinas, aunque ya las haya propiciado. Escuchar música me hace acordar, aunque suene un poco tonto, que la música me gusta.

Recuerdo que de pequeño iba a clases de expresión corporal (así le llamaban a una hora divertidísima de jugar congelados en trusa y zapatillas) de violín y de algo así como gramática, aunque menos académico, con un profesor que llegaba borracho y su novia loca le hacía escándalo en plena clase. Pero ahí no entendía nada aún, todavía no sabía que me gustaba, tal vez porque no tenía talento y mi mayor papel en esa escuela fue la de ser un árbol en una representación del consabido Pedro y el Lobo. Más tarde ingresé al conservatorio. El examen de admisión consistió en una prueba de canto, yo canté una canción que me habían enseñado en el coro del colegio, hablaba de una bruja medio torpe, eso es todo lo que recuerdo.

Pero para seguir adelante tengo que volver un poco más atrás en mi niñez, y revelar un hecho que aunque bochornoso, explica en parte que, si bien no entendía que hacía montado todos los días en un bus que me llevaba por calles horribles a la escuela de música, sí había algo predeterminado, algo más fuerte que el mero azar. Tuvimos una casa grande en un barrio más bien humilde, como eufemísticamente le dicen a la pobreza. En esa casa me encontré con los acetatos de mi padre, y en ellos, a pesar de su precariedad y mal gusto, empezó mi interés por la música y sus revelaciones. Un disco de Richard Clayderman (espero que así se escriba) me abrió el camino de la buena escucha, aunque suene paradójico. Sé que es un pianista detestable, y su música hace parte de eso que en las esferas intelectuales se conoce como easy listening music, musak o música de mierda, y en las no tan intelectuales como música clásica. Mi padre tenía una buena colección de discos, y yo los oía sin cansarme, inventando coreografías de infantil ballet en la sala de la casa, que recuerdo estaba dominada por el verde oscuro del tapete y, si no estoy mal, por el estampado floral no menos verde de los muebles. Me podía pasar horas oyendo esas insulsas melodías y bailando a su aburrido compás, pero para mí era diversión pura.

Hecha la confesión, continuo con mi perorata que veo se podría extender bastante. Ya en el conservatorio, dejé con gusto el chillido insoportable del violín de luthier que me habían comprado y que ahora tengo alojado en un rincón de mi armario, y me metí en la clase de piano. El primer día que estuve frente a un piano, mi maestra de entonces me preguntó que por qué me gustaba el piano, yo le dije muy confiado de mi pueril erudición, que quería ser como Richard Clayderman. Hubo silencio, ahora entiendo por qué, pero entonces no lo sabía, tan sólo sabía que con sus discos pasaba ratos divertidísimos en la sala de mi casa, con los cojines desparramados por todo el lugar. En adelante mis gustos musicales fueron de los más convencional y predecible: rock en español, Milly Vanilly, etc, tampoco quiero asustarlos. Mi universo sonoro era pobre y empobrecido. El conservatorio logró hacerme odiar la música, y los discos del rubio y lobo pianista no volvieron a ser escuchados, hasta que un día, al llegar del colegio (estaba en séptimo grado, lo recuerdo bien) puse por accidente la emisora de la javeriana. Lo que oí me dejó impresionado, era un programa llamado los clásicos del rock, conducido por Juan Carlos Garay, donde Supertramp, Queen (de quienes ya tenía un casete, el primero que compré) Genesis, Led zeppelín, Greatful dead, Dire straits, Gentle Giant, The Police, The Clash y una lista mucho más grande, estaban al orden del día. Ese programa me introdujo en el rock, y de paso en lo que entonces llamaba la buena música, y que ahora con la carga de tolerancia que conllevan los años, llamo simplemente la música que me gusta. Pero se hace tarde y tengo que madrugar, así que dejaré para una próxima entrega la continuación.

martes, junio 06, 2006

Otro par

Olvido

Franz se puso a escribir como pudo, a pesar de que la tos no lo dejaba en paz un solo segundo. Era una carta dirigida a su amigo Max, en la que le ordenaba quemarlo todo. Cuando este la recibió, fue adonde le indicaba, recogió lo que encontró en distintas cajas y lo poco que había sobre el escritorio. Lo llevó a un lugar solitario a las afueras de Praga, allí lo roció todo con alcohol y encendió un fósforo. Antes de lanzarlo a la pila de papeles, pensó que mejor se guardaba uno de esos escritos, así que cogió una hoja de papel húmeda por causa del alcohol, y después de doblarla se la metió en un bolsillo. Camino a casa recordó la hermosa llama azul que propició y se alegró de haberlo hecho.

Su esposa Cogió el pantalón para lavarlo, y al revisar sus bolsillos se percató del papel, lo sacó y al darse cuenta de que en vez de palabras había un manchón de tinta, se decidió a botarlo.

Esa noche le preguntó a Max si el papel que tenía en el bolsillo era importante. El le lanzó una mirada inquietante y después de unos segundos agregó: no era nada, tranquila que no era nada.

Anticristo

Ese día al bañarse se percató de que en su pecho campeaban seis pequeños lunares. Cumplía sesenta y seis años, y si no fuera porque su nieto menor lo fue a llamar al baño, habría llegado tarde a la fiesta que le tenían preparada sus otros cinco nietos.

domingo, junio 04, 2006

Cuatro minicuentos de guerra












Mc Donalds y su aporte innegable a la estética bonarense


Insomnio

De su estómago brotaba sangre estrepitosamente, no podía creer que era eso para lo que me habían entrenado con tanto esmero y dedicación, que era eso por lo que sacrifiqué tener una vida normal. No me sorprendió que intentara apuntarme, ni que su bala me haya golpeado una pierna, era su última oportunidad de morir por alguna causa. Yo tenía que terminar con aquello y hacerlo de cerca, para saber finalmente de qué se trataba El Enemigo. Caí a su lado algo adolorido y pude ver las contorsiones de su cara, causadas, imagino, por el dolor. Oír sus gritos sordos que me maldecían indirectamente; yo entendía ese dolor, también era un poco mío. Pronto moriría, clavando esa mirada inexpresiva de los muertos en mi mente. Mi enemigo era él, pero él ya no está, ahora es sólo su mirada indolente que viene a visitarme todas las noches cuando pretendo dormir, como si tuviera una vida normal.

Irak

Cuando tengo miedo cierro las ventanas e ignoro lo que pasa afuera, pongo la música que mas me gusta a todo volumen y así, precariamente, logro atenuar un poco el estruendo de los bombardeos. Al rato logro tranquilizarme y hasta puedo quedar dormida a pesar de tanto ruido. Me pregunto cómo harán los que sienten miedo y no tienen ninguna ventana que cerrar y nada de música para atenuar el estrépito de los bombardeos.

Intercambio

Hoy mataron a mi hermano. Detrás de la puerta está ella, puedo oír sus gemidos. Mi padre intenta consolarla y de esa manera se consuela a él mismo. A mí nadie me va a consolar, vendrán más tarde a decirme que mi hermano se fue a estudiar a otro país de intercambio.

Realidad

Desde que su hijo regresó, no volvieron a alquilar películas de guerra, pues a él todas le parecían falsas.

sábado, mayo 27, 2006

microlingotes












El señor presidente, antes de salir a la rueda de prensa fue al baño y al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que su corbata no salía con el traje que llevaba puesto. Durante la rueda de prensa no dejó de pensar en ello.


El pianista erró una nota, después otra y luego una más. De ahí en adelante nadie supo qué sucedió; más pesaban sus errores.


Ese día lo escogieron a él para tocar el timbre que marcaba el final del recreo. Pensó en que podría alargarlo hasta que quisiera, por eso fue a tumbarse a un prado y se permitió dormir. Al despertar no vio a nadie; supo entonces que alguien ya había hecho su tarea.


Nunca se había escapado del colegio. La primera vez que lo hizo se la pasó pensando en qué estarían haciendo sus compañeros mientras caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad con un cigarrillo entre los dedos.


Si dejara de pensar en ti me vería obligado a pensar en otra cosa, pero sé que fuera lo que fuera, terminaría relacionándolo contigo.


El profesor habla sin parar, yo mientras tanto me lo imagino desnudo en medio de un desierto.


Este cuento acabara cuando termine esta frase.


Cuando tenía muchas cosas en la cabeza, no podía escribir nada, y cuando no tenía nada escribía muchas cosas, pero igual no le gustaban.


Antes de saltar pensó en la sonrisa de su novio. Los que lo vieron bajar dicen que parecía tranquilo, pero nunca lo sabremos.

lunes, mayo 15, 2006

Un cuento subidito de tono, los muy sensibles abstenerse



















Inocencia

Te fuiste poniendo tenso. La conversación era tan cotidiana para mí, que el hecho de ver tu incomodidad, allá atrás, mientras dejabas que los otros hablaran por ti, sólo me produjo risa. Ahora me pareces tierno mas que risible. Te llevaste la lata a la boca e intentaste un trago largo de cerveza, digo intentaste porque la lata estaba vacía, la recogiste del suelo donde se encontraba tirada de lado y abierta. Yo te vi recogerla mientras acordaba con tus amigos los costos de toda la faena que pretendían regatear, como si yo debiera responder a sus ahorros de estudiante, a sus insignificantes ofertas. Si lo hice fue por ti, por tu torpeza con la lata, por tus mejillas de lata-doras, porque contigo sabía que sería distinto. Son cosas que una sabe de tanto trabajar con hombres. Tus amigos ya lo habían hecho. Los despachó una noche Carla con sus nalgas prepotentes en un motel barato del centro. Yo estaba con ella antes de que vinieran y se la llevaran en su carro prestado. Se les notaba la inexperiencia. Antes de decidirse dieron unas tres vueltas por la cuadra, miraban con pudor, como avergonzados de sus deseos. Así son siempre la primera vez, después no dudan en pedirte que se las mames sin parar, no escatiman en gemidos ni palabras que no dejan de darme risa. Eso mamita, chúpamela bien rico. Qué gracioso debe sonar eso de la boca educada de uno de tus amigos. La Carla me contó todo de la primera noche con ellos, el tamaño de sus penes, la cantidad de semen, la forma y color de sus calzoncillos, la cara que ponían antes de venirse. A ella le encantan esos detalles, es una estadista. Lleva un resumen detallado de todos sus encuentros en un cuaderno que se compró un día que estuvimos de paseo por el centro. Era temporada de compras escolares y las familias andaban revoloteando fastidiosamente por todo el comercio. La carla cogió un cuaderno de los digimón, unos bichitos japoneses que andaban de moda por esa época. Desde ese día empezó su tarea científica. Ni la droga ni el alcohol impiden que cada día, ya en la madrugada, cuando se ha limpiado el semen del cuerpo (porque aunque las costumbres hayan cambiado, siempre queda algo que se resiste a entrar en su prisión de látex) y se ha bañado por horas con agua hirviendo, se ponga a escribir los datos recogidos durante el trabajo. Pero el día que tus amigos vinieron yo no estaba para niñitos de papi insoportables. La Carla no tiene escrúpulos, para ella todo es ciencia, entonces se los llevó y les explicó cómo funcionaba la cosa, para que cuando volvieran no fueran tan indecisos y estúpidos. Hoy acepté a tus amigos sólo por estar contigo. Cuando Carla los vio llegar, se alistó segura de que venían por ella, pero te vi atrás y tuve que pararla, decirle que esta vez iba yo. Tu verás, yo sólo lo hago por continuar con mi tarea, de otra forma mandaría a la mierda a esos chinitos malcriados y malapaga, dijo, mientras me dejaba libre el camino. Yo sabía que a ella le encantan los jóvenes y sus palabras no correspondían a sus verdaderos deseos, pero ella me respeta mucho, si yo le digo que me deje un trabajo, ella me lo deja. De todas formas después me hace contarle todo y lo anota en su cuadernito ridículo. Pero relájate más bien, que tus amigos no están por acá, estamos solitos para pasarla rico, si quieres claro. Esos amigotes que tienes son unos malpariditos, yo sé que tu eres distinto, si no quieres hacer nada no tienes que hacerlo, pero al menos relájate, o es que te parezco muy fea. Qué vocecita la que tienes, a duras penas te salen las palabras. ¿No te gusto? Entonces tranquilízate que te voy a hacer bien rico. Parece que nunca lo hubieras hecho, es eso, y no quieres que así sea la primera vez, qué guevoncito que eres, esperar a la mujer ideal, después te darás cuenta que eso no existe y te arrepentirás de no haberlo hecho conmigo, una experta que además empieza a quererte. Ven te vas quitando la camiseta, me muero por ver tu piel de niñito rico. Eso, ya ves que no es tan malo, es sólo cuestión de dejarse llevar, y tranquilo que tengo condones y estoy limpia. Te da asco como hablo cierto, qué boba soy, cómo voy a hablarle de esas cosas a un niñito de bien en su primera vez, pero es mejor que vayas aprendiendo, la vida es una mierda a veces, y tu, niño rico, deberías irlo sabiendo, esto no es sólo diversión, yo no soy sólo un hueco. Si, por eso me gustas, tu si me valoras. Yo a ti en cambio no, crees que me siento bien siendo rechazada, si soy la puta más linda que puedes tener en toda la ciudad, la más sana, agradece que no te tocó con la Carla, ella se le mide a todo, no te imaginas lo que me ha contado, qué te vas a imaginar si en tu mundo de dos cuadras todo es perfecto y yo soy una pesadilla, algo de otro mundo, un dato a ignorar. Al menos tus amigos son menos guevones en ese sentido, ellos no estarían tan aculillados como tu. Mejor te dejo en paz o vas a terminar odiando todo esto, y sobre todo a mí, que es lo que más me duele, porque aunque te haya dicho que eres un guevoncito, sé que lo digo por pura malparida que soy, por no dejarte creer que me tienes embobada con esa cara, esos ojos y esa voz que me dice que me deje tocar, que pare de hablar que si quiero que me paguen por eso, mejor me meta en política, y yo que creía que no serías capaz de decirme nada de nada. Lo tonta que puede ser una cuando cree que conoce a los hombres. Tu lo que te estabas era haciendo el pendejo conmigo, quien te viera tan hábil con esas manos suaves de pianista tocando carne ajena como propia, sin titubeos, como quien sabe lo que hace porque lo ha hecho muchas veces. Yo quería enseñarte niño bonito, pero no pares que eso que estas haciendo está muy bien, ni me di cuenta de cuando me fuiste empelotando toda y te sacaste la ropa. Eres más lindo de lo que pensaba, de espalda ancha y piernas peludas, justo como me gustan. Y todo ese ímpetu repentino me tiene enloquecida. No sabes, hasta llegué a pensar que eras marica. Qué equivocada estaba. Deberías dejarte tocar más, mira que soy una gran mamadora. Oye pero no seas tan agresivo, sólo quería hacerte saber que me encantaría hacerlo, no era para que te pusieras así, yo me dejo hacer lo que quieras pero no es necesario que lo hagas a la fuerza, eso si no me gusta. Dónde se quedó tu carita bonita, esa ingenuidad tan natural sorbiendo una lata vacía. Se quedó en la parte trasera del carro. Qué haces, te dije que no era sólo un hueco, suéltame bobo malparido, ve a tratar así a tus puticas enmascaradas del country club. Y para qué los llamas, nada de eso habíamos acordado. Quedamos en que estaríamos los dos solos todo el tiempo, no me gusta hacerlo mientras otros miran, no es que sea una puta moralista, es que una tiene sus preferencias y esto no me está gustando, no confió ni en tus amigos ni en ti, déjenme ir o grito malditos enfermos. Ay Carla, si me hubieras dicho que no, que el trabajo sucio te lo dejara a ti, la de la mente científica, la que se aguanta estos juegos que yo no entiendo. Los que tu libreta de digimon me cuentan todas las noches mientras espero que vuelvas. Yo no quería esto, yo quería al niñito rico de la cara bonita y la lata vacía, al de la voz entrecortada. Esto es otra cosa, una bestia que enbiste sin reparos, que me desgarra por dentro, que invita a sus amigos para presenciar mi caída y humillarme. No me merezco esto Carla, nadie me preparó para esto, no quiero que así sea, no en mi primera noche.

jueves, mayo 04, 2006

Una semana más

Una semana conflictiva, de eso no hay duda. Pero desde la barrera todo es más fácil. Cómo podría opinar sobre el paro si me la pasé en el carro de aquí para allá viendo cómo las filas en transmilenio desvordaban las previsiones, cómo este sistema aún anda rengo. Si hubiera tenido que estar ahí, de seguro habría madreado sin parar, o hubiera sacado algún librito para hacer llevadera la espera, madreando internamente, claro está. No era para menos, pero como uno anda en le norte y en carro, el mundo podría estar al borde del colapso y nadie se enteraría. Varias cosas quedaron claras:

-No es suficiente el transmilenio
-La izquierda puede ser tan represiva como la derecha
-Los transportadores tienen el poder de paralizar la ciudad
-Los presentadores y corresponsales de los noticieros tienen la increible capacidad de hacer que todas las noticias giren en torno a la estrellita pop, o la actriz culipronta del momento
-Esta ciudad es terriblemente pobre
-Jose Gabriel cree que el "landscape" colombiano es único
-Los españoles andan invadiendo emisoras y noticieros. Su estela de estupidez y mal español es inagotable
-La política da asco
-Pedro Aznar dio uno de los mejores conciertos de los últimos años en Bogotá, para una audiencia reducida en el Leon de Greiff y nadie, absolutamente nadie lo supo. Me imagino que los noticieros estaban ocupados tratando de traducir y entender Hips don't lie, con eso tienen para un año
-La feria del libro, si no fuera por panamericana, habría sido un fracaso
-Alguien recuerda cómo es esta ciudad sin lluvia?
-Este blog tiene tres visitantes, contandome
-2046, es una de las películas mas bellamente aburridoras e inentendibles que he visto ultimamente
-Que la verdad nada de esto importa mucho si se tiene a quien se quiere a tu lado mientras lo escribes

martes, abril 25, 2006

Una nueva ficcioncita















Esto y el otro

Supongamos que acá le presento al personaje. Puede que diga su nombre o puede que lo omita. Después lo pondré en un lugar y un tiempo. Aunque tal vez mejor lo deje en el limbo tempo-espacial (su ubicación de todas maneras corresponderá a su imaginario de lugares y tiempos, no al mío). Lo haré pensar en algo, en alguien, anhelar un lugar, un tiempo, recorrer una ciudad, una calle, una habitación, un bosque, la mente de alguien, lo dejaré quieto en un café, en una cama, en un escritorio, en una fila de supermercado, en una sala de espera. Estará en una situación definida y clara, o definida y confusa, o confusa e indefinida (eso dependerá de qué tan ordenada sea su lectura, de qué tan interesado esté en el cuento). Habrá más personajes, decisorios en la trama o meros trasfondos que darán sentido al ambiente. Tendrá coherencia o no, será fantástico o absurdo, o fantástico y absurdo (haga usted las variantes). Hablará por si mismo o a través mío o desde la voz de otro, o sencillamente no hablará, irá de lugar en lugar, sacudido por las situaciones. Para el final reservaré las usuales cadencias, buscaré un efecto o la ausencia total de él (en ultimas más efectivo). Y aunque todo lo anterior tiene un orden, cada parte puede ser autónoma, y constituir en si el cuento, o estar combinada con otras en orden aleatorio, dependiendo como ya dije, de qué tipo de efecto se quiere; o si no se quiere un efecto preciso, dejar abierto el cuento para posibilitar múltiples lecturas, más que las que el número de potenciales lectores pueda darle. Supongamos entonces, que le doy un nombre. Bien podría ser K o W, pero de seguro sabrá que K ya se ha usado en otras historias, por le que mejor opto por el segundo, W. Ya lo tengo, está ahí, asomándose por esta página virtual, ya es algo, pero aún no es nada. Qué hace, qué piensa, dónde vive, con quién vive; puede que sean cuestionamientos útiles a la hora de definir su carácter, su personalidad, eso sólo lo sabrá usted, para quien W es ahora un trabajador de oficina, que pasa las horas, los días, los años frente a una pantalla, viéndoselas con números y letras digitales. W es un cajero en un banco, y bien sabe que su trabajo lo hace una máquina que no descansa nunca, que despacha billetes, paga servicios y transfiere dinero a una velocidad de máquina, es decir, no humana, más rápido. Pero eso no le molesta a W, la verdad, su trabajo le tiene sin cuidado. Podría decir que W, en realidad se llama Walter, y vive solo en un apartamento del centro, o que es solitario y virgen, y cada noche se masturba dos veces para poder conciliar el sueño, podría decir en qué piensa mientras lo hace o que no piensa en nada ni nadie, pero ya dije demasiado. Ahora es alguien, y usted empieza a visualizarlo, lo ve detrás del aparador del banco, con su peinado ridículamente anticuado, con sus maneras refinadas y artificiales. Lo imagina en su cama de noche, moviéndose frenéticamente bajo las cobijas hasta que llega el último gemido, el definitivo. Pero no le dije que él no se masturbaba en la cama, como era previsible, sino en el baño, frente al espejo. Detalles que puedo obviar a mi antojo, dependiendo como ya le dije, del efecto. Podría dejarlo así, en sus días monótonos y en su onanismo exasperante. Pero nada de eso tendría mucha gracia. Mejor aprovechar que ya lo ve, que es alguien en quien usted cree, es realidad. Ahora lo quiero sentado en un parque, leyendo un libro de autoayuda, o el horóscopo del día. Que sea el horóscopo entonces y que diga lo siguiente: No es bueno por ahora corresponder a todas las actividades sociales, la verdad es que esto puede crearte serios problemas económicos por falta de control en los gastos. Tus logros vienen del apoyo familiar. Walter termina de leer esto y piensa en lo estúpido de todo aquello. Su vida social es inexistente, y por lo tanto el dinero destinado para ello espera vanamente justo en el mismo banco donde trabaja. Su familia le dejó de hablar hace 6 años, cuando decidió irse de casa para aventurarse en un viaje a todas luces absurdo por América del sur, que lo sumió en la melancólica seriedad con la que desde entonces asume los días, por no decir que la vida. Usted ve a Walter pararse de la silla, porque sin duda estaba sentado en una silla de ese parque,y sabe que sus pasos torpes corresponden a un estado de ánimo. Lo ve deambulando por la ciudad con la firme intención de simplemente estar por ahí. Está acaso dirigiéndose hacia un supermercado, puede ser, aunque puede ser una droguería, o un supermercado con droguería. Nuestro Walter come y se enferma como todos, pero usted intuye que no va a comprar alimentos. Lo vemos de nuevo en el apartamento (yo también empiezo a verlo fuera de mí), sacando lo comprado de las bolsas. Qué saca de ellas, por qué se dirige al baño. Lo que sabemos ahora es que se encierra allí. Pasan minutos sin que tengamos noticias de él, hasta que oímos un grito similar a un gemido, o un gemido similar a un grito, después el silencio. Walter está tirado en el suelo del baño, inmóvil. Si vamos un poco más arriba, sobre el lavamanos vemos un montón de papeles, que bien podrían ser una extensa nota suicida, pero pronto nos damos cuenta que los papeles son una revista, y que en ella hay semen derramado. No habría que agregar nada más, usted sabe bien que W saldrá del baño, y que se masturbará de nuevo en la cama para poder conciliar el sueño. El cuento ha terminado y su afecto es definido e intencional. Pero queda algo más por decir, y es que usted, un lector perspicaz y sabio, sabe que el cuento no fue ese, sino este que aún continúa. Y que a los dos nos hubiera gustado que fuera sólo el otro.