Anoche leí esto, y no sé por qué, pero sentí cada palabra. Lo comparto ahora, que vengo de un concierto de música contemporanea, donde viejas aristócratas, se creían en el Carnegie, o en el Royal Albert Hall, o en La Scala, o en el Colón de Buenos aires; pero no, estaban en un pinche concierto que nada tenía que ver con ese aire patricio de sus vestimentas, de hecho la propuesta musical se burlaba de aquello, aunque la seriedad de los músicos hacía parecer que nadie entendía nada de nada.
fue uno de esos conciertos que lo ponen a uno en la penosa disyuntiva de salir corriendo, o esperar por el vino del final. Yo me quedé por el vino, y durante el concierto pensé en otras cosas.
En la última pieza, de Cage, los músicos fueron saliendo uno por uno, a lo Haydn, y después que todos se fueron, quedó sonando lo del compu. Le dije a mi compañero de al lado -ahora falta que se vaya el compu-. Sólo imaginármelo valió mas que el vino posterior.
Y ahora sí por lo que me metí. Ahí les va.
Las palabras escritas dan miedo.
Siempre he pensado que cuando se escribe se exterioriza el ritmo del alma; cuando se habla se miente; cuando se escribe, no. No es posible. Es como sacar al exterior algo vital y horroroso, como un órgano aplastado sobre el papel.
Poner un hígado en un sobre y enviarlo: eso es escribir cartas.
Simona Vinci
Nada más que agregar.
lunes, octubre 09, 2006
domingo, octubre 01, 2006
Conversaciones conmigo mismo
Ya está. Aquí te encuentras tecleando pausadamente, como si las ideas (o como le digas a eso que escribes), lucharan por salir, por existir fuera de ti mismo, y se hicieran añicos en el camino, antes de poder constituirse en una palabra, en una frase, en algo. Y de qué querías escribir, siempre parece que tienes algo en mente, o eso dices, o eso nos haces creer, y al final no es nada.
Sí hay algo, yo lo sé, sólo que tanto preámbulo hace que pierda el impulso creador.
Excusas, no haces más que excusarte, amparado en esa extraña cualidad que te permite ser en alguien, sin que hagas mayor cosa por merecerlo.
No se trata de eso, no únicamente. Lo reduces todo para hacerme creer la mentira de mi rostro, de mi mirada. Pero insisto en lo que sí creo, en ese momento de lucidez único, que aunque desgastado y corrompido por las palabras, tiene la suficiente veracidad como para creerlo una excusa.
No sabes de qué hablas.
No, en eso sí tienes razón, no sé de qué hablo, ni sé por qué escribo. Tal vez para entender el malestar haya que salirse de los convencionalismos del propio malestar, de sus implicaciones, no pensar en él como un problema, sino como la razón misma de la creación, está ahí para sacudirme, para aventarme hacia mi mismo. Y por eso escribo, porque no podría concebir de otra forma este momento.
Deja ver si te entiendo. Escribes para evitar caer en el círculo que te lleva al malestar…
No, precisamente lo contrario. Escribo para sentir el malestar finalmente, para definirlo, crearle contornos y colores, saber de qué esta hecho, y así poder decir lo que sea sin el temor de estar perdiendo el tiempo.
Es algo confusa tu argumentación, lo que me hace pensar que no tienes temor a ser incomprendido, o que crees que la incomprensión es lo natural, que lo inusual está en ser comprendido, y que perder el tiempo es luchar por la claridad, cuando se sabe bien que lo que vamos a decir no es claro, no puede ser claro.
Justamente. Cómo podría adelantarme al momento creador y saber qué pasará cuando pasados los preámbulos, me encuentre frente a la pantalla, haciendo de esa claridad mental, de ese momento de lucidez, una confusión de lenguaje. Es imposible saberlo, y por eso no creo en los escritores que sólo juegan cuando saben que van a ganar. Y como ves la cosa se está concretando. Estoy hablando de literatura, del momento crítico de la creación literaria, donde aquello que sientes y piensas pasa a convertirse en materia legible, pasa a ser algo por sí mismo, aunque dependa de uno hacerlo un monstruo indeseable, o un simpático ser extraño, o un monstruo simpático, nunca un ser extraño indeseable.
Te pierdes en el lenguaje, ese es tu problema, tu malestar si prefieres. No crees en el poder de las historias, caes en el lugar común de quienes son incapaces de contar algo de principio a fin y nos dejan con una idea, sea o no chantaje, su poder está en dejarnos con algo. En cambio tú te escudas en la ambigüedad del lenguaje, en su juego intrínseco, y no juegas si quiera, no te atreves a levantar las cartas y ver con qué cuentas.
Me alegra que seas tú mismo el que plantea la cuestión en términos lúdicos, porque me hace saber que para ti también es un juego, que en el fondo no es lo que se cuente, ni como se cuente, sino la capacidad que tenga de hacernos jugar. Cuando te dan un rompecabezas, sea de diez o cinco mil piezas, sabes de antemano que te enfrentas a un reto difícil, pero tienes la certeza de que hay una solución. Cuando lo resuelves, te quedas con la satisfacción de haberlo logrado, pero pierdes el placer de jugar. Ahora imagina un rompecabezas con un número infinito de piezas, ¿te atreverías a jugar sabiendo que nunca podrás llegar a la totalidad del resultado, a su solución definitiva, que te tendrás que conformar con fragmentos del mismo y unirlos imaginariamente para quedarte con algo?
Un rompecabezas con número infinito de piezas es una aberración. Y no es que nadie se atrevería, sino que nadie querría hacerlo. Necesitamos la certeza, no necesariamente del resultado, sino de un fin, tiene que estar en uno si juega o no hasta el final, no en la concepción misma del juego.
Pero que aburrido que eres. Bien sabes que la vida es un rompecabezas finito, como para andar amarrándola en sus aspectos menos comprensibles al detestable juego de marcos con los que jugamos. Los rompecabezas nunca tienen fin, son una ilusión con la que nos reconfortamos para poder ir a dormir tranquilos, pensando que el malestar se halla en esa pieza que aún no ha encontrado su lugar, pero la verdad es que todo rompecabezas es una ventana, donde vemos parte del paisaje como un todo, porque el todo desde una ventana es inconcebible, el todo sólo es concebible desde la nada. Esa pieza faltante nos resuelve un fragmento de la realidad, pero pretender que es la realidad en sí, es lo verdaderamente aberrante.
Y como siempre no llegas a nada.
Tal vez no, mejor no hablamos más por ahora.
Si, me parece bien, ponle punto final y vayamos a ver televisión.
No, en eso si no te pienso hacer caso, mejor
Sí hay algo, yo lo sé, sólo que tanto preámbulo hace que pierda el impulso creador.
Excusas, no haces más que excusarte, amparado en esa extraña cualidad que te permite ser en alguien, sin que hagas mayor cosa por merecerlo.
No se trata de eso, no únicamente. Lo reduces todo para hacerme creer la mentira de mi rostro, de mi mirada. Pero insisto en lo que sí creo, en ese momento de lucidez único, que aunque desgastado y corrompido por las palabras, tiene la suficiente veracidad como para creerlo una excusa.
No sabes de qué hablas.
No, en eso sí tienes razón, no sé de qué hablo, ni sé por qué escribo. Tal vez para entender el malestar haya que salirse de los convencionalismos del propio malestar, de sus implicaciones, no pensar en él como un problema, sino como la razón misma de la creación, está ahí para sacudirme, para aventarme hacia mi mismo. Y por eso escribo, porque no podría concebir de otra forma este momento.
Deja ver si te entiendo. Escribes para evitar caer en el círculo que te lleva al malestar…
No, precisamente lo contrario. Escribo para sentir el malestar finalmente, para definirlo, crearle contornos y colores, saber de qué esta hecho, y así poder decir lo que sea sin el temor de estar perdiendo el tiempo.
Es algo confusa tu argumentación, lo que me hace pensar que no tienes temor a ser incomprendido, o que crees que la incomprensión es lo natural, que lo inusual está en ser comprendido, y que perder el tiempo es luchar por la claridad, cuando se sabe bien que lo que vamos a decir no es claro, no puede ser claro.
Justamente. Cómo podría adelantarme al momento creador y saber qué pasará cuando pasados los preámbulos, me encuentre frente a la pantalla, haciendo de esa claridad mental, de ese momento de lucidez, una confusión de lenguaje. Es imposible saberlo, y por eso no creo en los escritores que sólo juegan cuando saben que van a ganar. Y como ves la cosa se está concretando. Estoy hablando de literatura, del momento crítico de la creación literaria, donde aquello que sientes y piensas pasa a convertirse en materia legible, pasa a ser algo por sí mismo, aunque dependa de uno hacerlo un monstruo indeseable, o un simpático ser extraño, o un monstruo simpático, nunca un ser extraño indeseable.
Te pierdes en el lenguaje, ese es tu problema, tu malestar si prefieres. No crees en el poder de las historias, caes en el lugar común de quienes son incapaces de contar algo de principio a fin y nos dejan con una idea, sea o no chantaje, su poder está en dejarnos con algo. En cambio tú te escudas en la ambigüedad del lenguaje, en su juego intrínseco, y no juegas si quiera, no te atreves a levantar las cartas y ver con qué cuentas.
Me alegra que seas tú mismo el que plantea la cuestión en términos lúdicos, porque me hace saber que para ti también es un juego, que en el fondo no es lo que se cuente, ni como se cuente, sino la capacidad que tenga de hacernos jugar. Cuando te dan un rompecabezas, sea de diez o cinco mil piezas, sabes de antemano que te enfrentas a un reto difícil, pero tienes la certeza de que hay una solución. Cuando lo resuelves, te quedas con la satisfacción de haberlo logrado, pero pierdes el placer de jugar. Ahora imagina un rompecabezas con un número infinito de piezas, ¿te atreverías a jugar sabiendo que nunca podrás llegar a la totalidad del resultado, a su solución definitiva, que te tendrás que conformar con fragmentos del mismo y unirlos imaginariamente para quedarte con algo?
Un rompecabezas con número infinito de piezas es una aberración. Y no es que nadie se atrevería, sino que nadie querría hacerlo. Necesitamos la certeza, no necesariamente del resultado, sino de un fin, tiene que estar en uno si juega o no hasta el final, no en la concepción misma del juego.
Pero que aburrido que eres. Bien sabes que la vida es un rompecabezas finito, como para andar amarrándola en sus aspectos menos comprensibles al detestable juego de marcos con los que jugamos. Los rompecabezas nunca tienen fin, son una ilusión con la que nos reconfortamos para poder ir a dormir tranquilos, pensando que el malestar se halla en esa pieza que aún no ha encontrado su lugar, pero la verdad es que todo rompecabezas es una ventana, donde vemos parte del paisaje como un todo, porque el todo desde una ventana es inconcebible, el todo sólo es concebible desde la nada. Esa pieza faltante nos resuelve un fragmento de la realidad, pero pretender que es la realidad en sí, es lo verdaderamente aberrante.
Y como siempre no llegas a nada.
Tal vez no, mejor no hablamos más por ahora.
Si, me parece bien, ponle punto final y vayamos a ver televisión.
No, en eso si no te pienso hacer caso, mejor
jueves, septiembre 21, 2006
Sobre la sexualidad de las monjas
No acostumbro a hacer esto, pero esta vez me tocó. Ya hace más de tres semanas que no escribo nada nuevo, y aunque pensé en reciclar y poner algún escrito adolescente, me di cuenta de que no me gustan los escritos adolescentes, a menos que uno sea un genio precoz, tipo Rimbaud o Andrés Caicedo, o tenga la gracia de Buchi (referencia personal), no debería escribir. Pero lo que me molesta no es tanto la cuestión de la edad, sino la postura “irreverente” y la incapacidad de salir de lo autobiográfico.
Todo este ataque para decir que estoy en algo así como una parálisis creativa, que me llevó a escribir en mi frase de msn “más seco que coño de monja”, frase que me encanta por el poder evocador que tiene. No sólo los mares y las nubes y los paisajes pueden ser evocados. Pues sí, las ideas no están fluyendo y la pereza me está ganando y me siento seco, como el olvidado e inalcanzable órgano sexual de una monja.
Cada semana me llega un informe sobre el movimiento del blog, cuanta gente entra, a qué hora, de donde vienen, que idiomas hablan, y si llegan de un buscador, qué palabras clave escriben. Muchas veces han llegado cuando buscaban Whiskerias en Bogotá, otras cuando ponen relatos de prostitutas, y hasta alguno llegó cuando indagaba por la señora Alexandra Piraquive, y que a propósito dejó un comentario sobre lo bien que le fue al partido Mira en las últimas elecciones. Ahora podrán llegar personas que busquen por “coño de monja” o “coño seco” aquellas con problemas de lubricación. Y ya estuve demasiado gráfico para un solo post, así que mejor me pongo a escribir, que al parecer por fin asomó una idea. Adiós a la sequía. ¡Vivan los lubricantes!
Todo este ataque para decir que estoy en algo así como una parálisis creativa, que me llevó a escribir en mi frase de msn “más seco que coño de monja”, frase que me encanta por el poder evocador que tiene. No sólo los mares y las nubes y los paisajes pueden ser evocados. Pues sí, las ideas no están fluyendo y la pereza me está ganando y me siento seco, como el olvidado e inalcanzable órgano sexual de una monja.
Cada semana me llega un informe sobre el movimiento del blog, cuanta gente entra, a qué hora, de donde vienen, que idiomas hablan, y si llegan de un buscador, qué palabras clave escriben. Muchas veces han llegado cuando buscaban Whiskerias en Bogotá, otras cuando ponen relatos de prostitutas, y hasta alguno llegó cuando indagaba por la señora Alexandra Piraquive, y que a propósito dejó un comentario sobre lo bien que le fue al partido Mira en las últimas elecciones. Ahora podrán llegar personas que busquen por “coño de monja” o “coño seco” aquellas con problemas de lubricación. Y ya estuve demasiado gráfico para un solo post, así que mejor me pongo a escribir, que al parecer por fin asomó una idea. Adiós a la sequía. ¡Vivan los lubricantes!
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Diario y explicaciones que nadie ha pedido
miércoles, agosto 30, 2006
Sobre lecturas inquietantes
Debe ser una obsesión colectiva, algo que todos pensamos. Pero está allá, en esa zona destinada a lo que no decimos, a lo que callamos, a lo que irremediablemente nos ataca desde el sueño.
El colegio, ahí pasan muchas cosas. Creo que gran parte de lo que somos se gesta en ese sitio, donde nos enseñan de civilidad, de cultura, y nos meten todo lo que un puñado de personas considera importante en horas infinitamente aburridas, que si no fuera por el recreo, serían la peor de las torturas. Uno no va al colegio a aprender, uno va a saborear el tedio de la vida y a conocer los sinsabores de las relaciones, a creer en la amistad, amistades que luego son rotas violentamente por el paso del tiempo, pero a las cuales volvemos sin saber bien por qué, tal vez buscando respuestas, las respuestas que la educación no es capaz de dar, que el tiempo nos ratifica como esenciales.
La noche en que leí de nuevo sobre aquella obsesión, estaba tendido en una hamaca, resguardándome de la canícula de un pueblo del interior, de esos donde no corre viento, y la sombra no es suficiente alivio. Estaba en el índice, era otro de los tantos cuentos de Carver que se encontraban en esa colección. Escuela Nocturna se llama, y tuve que alterar el orden propuesto para la lectura y saltar directamente a él, pues su título me llevó de inmediato a otro cuento, claro, de Cortazar, de quien más, llamado La Escuela de Noche, leído ya hace un tiempo, y que de pasó me transportó también hacia la vida, hacia mi vida en el colegio, el Instituto Pedagógico Nacional.
Aunque los dos cuentos no tengan nada en común, sí comparten la visión de ese lugar, bajo circunstancias no usuales. Quien haya pasado por su colegio en la noche, cuando una que otra luz está encendida y se siente el peso de la oscuridad y la soledad en ese sitio que solemos ver lleno de luz y gente, sabrá de qué se trata esto, y entenderá que tanto Cortazar como Carver querían llegar allí, a ese sentimiento que produce un lugar del que no podemos escapar, así nos disfracemos de adultos y comamos en restaurantes finos.
Si en La Escuela de Noche, el inconsciente es llevado a extremos más que inquietantes, en Escuela Nocturna, apenas nos enteramos del argumento, que si no fuera por el título, tal vez hasta pasaría desapercibido. Da igual. Sea con los profesores travestidos en plena orgía a media noche en el salón donde de día se enseña cálculo, o en lo remoto de un pueblo del país sin nombre (USA) donde dos mujeres proponen un plan absurdo durante una conversación de bar, se habla de lo mismo.
En las noches sucede cualquier cosa en los colegios, pero sólo quienes se atreven a entrar lo saben, los demás fantaseamos.
El colegio, ahí pasan muchas cosas. Creo que gran parte de lo que somos se gesta en ese sitio, donde nos enseñan de civilidad, de cultura, y nos meten todo lo que un puñado de personas considera importante en horas infinitamente aburridas, que si no fuera por el recreo, serían la peor de las torturas. Uno no va al colegio a aprender, uno va a saborear el tedio de la vida y a conocer los sinsabores de las relaciones, a creer en la amistad, amistades que luego son rotas violentamente por el paso del tiempo, pero a las cuales volvemos sin saber bien por qué, tal vez buscando respuestas, las respuestas que la educación no es capaz de dar, que el tiempo nos ratifica como esenciales.
La noche en que leí de nuevo sobre aquella obsesión, estaba tendido en una hamaca, resguardándome de la canícula de un pueblo del interior, de esos donde no corre viento, y la sombra no es suficiente alivio. Estaba en el índice, era otro de los tantos cuentos de Carver que se encontraban en esa colección. Escuela Nocturna se llama, y tuve que alterar el orden propuesto para la lectura y saltar directamente a él, pues su título me llevó de inmediato a otro cuento, claro, de Cortazar, de quien más, llamado La Escuela de Noche, leído ya hace un tiempo, y que de pasó me transportó también hacia la vida, hacia mi vida en el colegio, el Instituto Pedagógico Nacional.
Aunque los dos cuentos no tengan nada en común, sí comparten la visión de ese lugar, bajo circunstancias no usuales. Quien haya pasado por su colegio en la noche, cuando una que otra luz está encendida y se siente el peso de la oscuridad y la soledad en ese sitio que solemos ver lleno de luz y gente, sabrá de qué se trata esto, y entenderá que tanto Cortazar como Carver querían llegar allí, a ese sentimiento que produce un lugar del que no podemos escapar, así nos disfracemos de adultos y comamos en restaurantes finos.
Si en La Escuela de Noche, el inconsciente es llevado a extremos más que inquietantes, en Escuela Nocturna, apenas nos enteramos del argumento, que si no fuera por el título, tal vez hasta pasaría desapercibido. Da igual. Sea con los profesores travestidos en plena orgía a media noche en el salón donde de día se enseña cálculo, o en lo remoto de un pueblo del país sin nombre (USA) donde dos mujeres proponen un plan absurdo durante una conversación de bar, se habla de lo mismo.
En las noches sucede cualquier cosa en los colegios, pero sólo quienes se atreven a entrar lo saben, los demás fantaseamos.
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Diario y explicaciones que nadie ha pedido
viernes, agosto 11, 2006
Ahora sí completas
Instrucciones para leer correspondencia ajena
Sí, ya sé, nadie escribe como antes. Las cartas dejaron de ser de papel (sólo aquellas que sirven a la burocracia de turno, con los consabidos inicios respetuosos: señores, ñoras y demás títulos respectivos, o no, que nunca importan y sólo ayudan a llenar el papel de tinta, escupida casi silenciosamente por máquinas increíbles; en fin, sólo aquellas, siguen teniendo una presencia física. Mas esas cartas no suelen ser tan interesantes, como para andar escribiendo instrucciones para leerlas; usted sabe bien que me refería a las otras cartas, las privadas, las que se escriben entre amigos y enemigos, amantes y desconocidos con pretensiones amatorias, pero esas cartas ya casi no se escriben, y si se escriben, se hace en su versión posmoderna: el e-mail, o correo electrónico, imitación virtual que a velocidades inhumanas, es capaz de entregar mensajes tan elocuentes y complejos como: ya llegué, vivo con un paquistaní y un negro, así que la cosa esta muy Benetton, jejejeje, espero consiga trabajo rápido, abrazos. Y bajo la custodia de una clave esperan a ser leídos, algunas veces respondidos, y siempre eliminados permanentemente, por lo que estas instrucciones tendrán que ser modificadas antes de empezadas, y hasta podrían anularse, si la modificación no justifica el ampuloso título, ampuloso como la palabra ampuloso, y como este paréntesis que parece no acabar).
El título adecuado para estos tiempos sería:
Instrucciones para leer correspondencia antigua, y obviamente ajena, o, Cómo invadir cuentas de correo electrónico sin ser descubierto, y otras aventuras de hackers.
Pero para el último título en realidad no tengo instrucciones. Así que mejor me concentro en lo primero, lo de las cartas, y haré caso omiso al hecho de que su aplicación sea obsoleta; tendrá el sabor triste y morboso de viejos documentos, como el de un libro de física antes de la teoría de la relatividad, tal vez elocuente y tremendamente estudiado, pero sin duda inútil, bellamente inútil.
Instrucciones (por fin)
No las abra, espere a que su destinatario lo haga por usted. De paso se ahorra el engorroso trabajo de evitar romper el sobre, y el posterior de comprar uno parecido para reponer el que irremediablemente rompió. La estupidez no es recomendable en casi ninguna situación de la vida, y esta no es la excepción, así que lo mejor es que espere; si tiene suerte, la recompensa de lo leído, le hará olvidar las horas o días que estuvo esperando tras el contenido esquivo de la carta, y si sólo llegó a ella por pura curiosidad, mejor, nada como encontrarse con la sorpresa de una prosa inesperada, de esa persona que usted ya había catalogado y puesto en su respectiva casilla, estas cosas siempre cambian las perspectivas; tienen un poder trasgresor, por no decir iniciático y sutilmente oscuro.
Pero antes que nada (disculpe usted el desorden) tiene que saber con claridad en qué condiciones encuentra la carta, bajo qué papeles distractores, en qué cajones aparentemente llenos de ropa, entre qué páginas de qué libro; de otra manera no logrará usted, nada más que posibilitar que lo pillen, y si hay algo más mal visto que leer cartas ajenas, es ser atrapado haciéndolo. Son necesarias precauciones excesivas en este punto, a veces, tan sólo un cambio sutil de lugar, digamos, unos simples centímetros, son interpretados por el dueño, o dueña de la carta, como la prueba inequívoca de que alguien estuvo husmeando. Sea cuidadoso, estudie la persona y la proveniencia de la carta, analice, no tome la decisión de leer la carta, sin antes haber pensado en estas cosas.
Ya casi estará listo, pero aún falta asegurarse de que no haya nadie a su alrededor. No se confíe. Los peores secretos terminan revelándose cuando se cometen descuidos de este tipo. No crea en los horarios rutinarios, siempre puede haber algo que cambie de repente la rutina, y un olvido de, por decir algo unas llaves, suele ser común en estos tiempos, así que no se precipite, si ya tuvo paciencia para esperar a que el sobre fuera abierto, no le faltará para esperar a que se encuentre verdaderamente solo.
Ahora disfrute el momento. Saque la carta de su sobre, o si ya no se encuentra dentro de un sobre, desdóblela. Sienta las particularidades del papel, su textura, su grosor, su diseño. Ya con las palabras saltándole a los ojos, tómese su tiempo para ver el color de la tinta, la dimensión de los caracteres, hasta puede acercarse para verificar si un perfume tocó el papel. Recuerde que está solo, y que todas las precauciones que ha debido tomar fueron tomadas, por lo que preocuparse, resulta inoficioso, lo único que haría es entorpecer ese momento de privacidad que usted tiene con la privacidad de otros. No subestime los alcances de su hazaña, ni pase detalle alguno. Lea la dedicatoria, de allí muchas cosas pueden ser deducidas, lo usual es que las tengan; por mínimas o comunes, hablan de quien escribe. Siga adelante, disfrute la puntuación, o la ausencia de ella, la ortografía, goce cada palabra como si de cada una se desprendiera la clave para llegar al otro, para entenderlo. Siga hasta estar complacido por completo, y por favor, no se arrepienta a estas alturas, después de tantas molestias, asuma lo que hizo como un hecho irrenunciable. La persona a quien iba dirigida la carta cambiará para usted, la persona que la escribió empezará a ser otra, y en el caso de que no conozca a ninguna de las dos, o demás personas que pueden estar involucradas, cambiará usted. El alcance de lo leído sólo lo sabrá usted.
Ahora haga todo lo posible por dejar las cosas como estaban, si no tiene buena memoria, y cree que es necesario anotar la posición exacta de los objetos antes de empezar, hágalo (ya sé, el orden no es mi fuerte).
Finalmente puede irse tranquilo, o no tanto (las cartas suelen alterar la tranquilidad), a hacer lo que más le plazca, pero estoy seguro, que por unos días, lo que haya leído volverá a usted de maneras extrañas. Ya nunca será el mismo.
Sí, ya sé, nadie escribe como antes. Las cartas dejaron de ser de papel (sólo aquellas que sirven a la burocracia de turno, con los consabidos inicios respetuosos: señores, ñoras y demás títulos respectivos, o no, que nunca importan y sólo ayudan a llenar el papel de tinta, escupida casi silenciosamente por máquinas increíbles; en fin, sólo aquellas, siguen teniendo una presencia física. Mas esas cartas no suelen ser tan interesantes, como para andar escribiendo instrucciones para leerlas; usted sabe bien que me refería a las otras cartas, las privadas, las que se escriben entre amigos y enemigos, amantes y desconocidos con pretensiones amatorias, pero esas cartas ya casi no se escriben, y si se escriben, se hace en su versión posmoderna: el e-mail, o correo electrónico, imitación virtual que a velocidades inhumanas, es capaz de entregar mensajes tan elocuentes y complejos como: ya llegué, vivo con un paquistaní y un negro, así que la cosa esta muy Benetton, jejejeje, espero consiga trabajo rápido, abrazos. Y bajo la custodia de una clave esperan a ser leídos, algunas veces respondidos, y siempre eliminados permanentemente, por lo que estas instrucciones tendrán que ser modificadas antes de empezadas, y hasta podrían anularse, si la modificación no justifica el ampuloso título, ampuloso como la palabra ampuloso, y como este paréntesis que parece no acabar).
El título adecuado para estos tiempos sería:
Instrucciones para leer correspondencia antigua, y obviamente ajena, o, Cómo invadir cuentas de correo electrónico sin ser descubierto, y otras aventuras de hackers.
Pero para el último título en realidad no tengo instrucciones. Así que mejor me concentro en lo primero, lo de las cartas, y haré caso omiso al hecho de que su aplicación sea obsoleta; tendrá el sabor triste y morboso de viejos documentos, como el de un libro de física antes de la teoría de la relatividad, tal vez elocuente y tremendamente estudiado, pero sin duda inútil, bellamente inútil.
Instrucciones (por fin)
No las abra, espere a que su destinatario lo haga por usted. De paso se ahorra el engorroso trabajo de evitar romper el sobre, y el posterior de comprar uno parecido para reponer el que irremediablemente rompió. La estupidez no es recomendable en casi ninguna situación de la vida, y esta no es la excepción, así que lo mejor es que espere; si tiene suerte, la recompensa de lo leído, le hará olvidar las horas o días que estuvo esperando tras el contenido esquivo de la carta, y si sólo llegó a ella por pura curiosidad, mejor, nada como encontrarse con la sorpresa de una prosa inesperada, de esa persona que usted ya había catalogado y puesto en su respectiva casilla, estas cosas siempre cambian las perspectivas; tienen un poder trasgresor, por no decir iniciático y sutilmente oscuro.
Pero antes que nada (disculpe usted el desorden) tiene que saber con claridad en qué condiciones encuentra la carta, bajo qué papeles distractores, en qué cajones aparentemente llenos de ropa, entre qué páginas de qué libro; de otra manera no logrará usted, nada más que posibilitar que lo pillen, y si hay algo más mal visto que leer cartas ajenas, es ser atrapado haciéndolo. Son necesarias precauciones excesivas en este punto, a veces, tan sólo un cambio sutil de lugar, digamos, unos simples centímetros, son interpretados por el dueño, o dueña de la carta, como la prueba inequívoca de que alguien estuvo husmeando. Sea cuidadoso, estudie la persona y la proveniencia de la carta, analice, no tome la decisión de leer la carta, sin antes haber pensado en estas cosas.
Ya casi estará listo, pero aún falta asegurarse de que no haya nadie a su alrededor. No se confíe. Los peores secretos terminan revelándose cuando se cometen descuidos de este tipo. No crea en los horarios rutinarios, siempre puede haber algo que cambie de repente la rutina, y un olvido de, por decir algo unas llaves, suele ser común en estos tiempos, así que no se precipite, si ya tuvo paciencia para esperar a que el sobre fuera abierto, no le faltará para esperar a que se encuentre verdaderamente solo.
Ahora disfrute el momento. Saque la carta de su sobre, o si ya no se encuentra dentro de un sobre, desdóblela. Sienta las particularidades del papel, su textura, su grosor, su diseño. Ya con las palabras saltándole a los ojos, tómese su tiempo para ver el color de la tinta, la dimensión de los caracteres, hasta puede acercarse para verificar si un perfume tocó el papel. Recuerde que está solo, y que todas las precauciones que ha debido tomar fueron tomadas, por lo que preocuparse, resulta inoficioso, lo único que haría es entorpecer ese momento de privacidad que usted tiene con la privacidad de otros. No subestime los alcances de su hazaña, ni pase detalle alguno. Lea la dedicatoria, de allí muchas cosas pueden ser deducidas, lo usual es que las tengan; por mínimas o comunes, hablan de quien escribe. Siga adelante, disfrute la puntuación, o la ausencia de ella, la ortografía, goce cada palabra como si de cada una se desprendiera la clave para llegar al otro, para entenderlo. Siga hasta estar complacido por completo, y por favor, no se arrepienta a estas alturas, después de tantas molestias, asuma lo que hizo como un hecho irrenunciable. La persona a quien iba dirigida la carta cambiará para usted, la persona que la escribió empezará a ser otra, y en el caso de que no conozca a ninguna de las dos, o demás personas que pueden estar involucradas, cambiará usted. El alcance de lo leído sólo lo sabrá usted.
Ahora haga todo lo posible por dejar las cosas como estaban, si no tiene buena memoria, y cree que es necesario anotar la posición exacta de los objetos antes de empezar, hágalo (ya sé, el orden no es mi fuerte).
Finalmente puede irse tranquilo, o no tanto (las cartas suelen alterar la tranquilidad), a hacer lo que más le plazca, pero estoy seguro, que por unos días, lo que haya leído volverá a usted de maneras extrañas. Ya nunca será el mismo.
martes, agosto 01, 2006
El arte de no hacer nada
Ejercicio de libre asociación de palabras según Word 2003 y su escribiente de turno
Este es el comienzo de un brote de pezones de fresa, despedazados por una cortadora carnicera, cruel y carnívora, una bestia en bruto, rústica como pueblerina sencilla, franca y humilde. Qué bonachón infeliz más miserable, el que sórdidamente trasquiló sin dificultad aparente, la falsa duda quimérica, legendaria y caprichosa cual tarambana bulliciosa, movida por los vientos rancios, de viejo y primitivo origen. Umbral de todo quicio, madero rollizo con el cual corpulentas gordas mofletudas y carirredondas, o hasta carihartas de tanto besar hocicos laicos, legos y carnales, lubrican sabios eclesiásticos, presbíteros de poca monta, acoplados por insuficientes y limitados circunscritos circundados.
Este es el comienzo de un brote de pezones de fresa, despedazados por una cortadora carnicera, cruel y carnívora, una bestia en bruto, rústica como pueblerina sencilla, franca y humilde. Qué bonachón infeliz más miserable, el que sórdidamente trasquiló sin dificultad aparente, la falsa duda quimérica, legendaria y caprichosa cual tarambana bulliciosa, movida por los vientos rancios, de viejo y primitivo origen. Umbral de todo quicio, madero rollizo con el cual corpulentas gordas mofletudas y carirredondas, o hasta carihartas de tanto besar hocicos laicos, legos y carnales, lubrican sabios eclesiásticos, presbíteros de poca monta, acoplados por insuficientes y limitados circunscritos circundados.
martes, julio 25, 2006
Recordando al gigantón (de cariño)



El primer relato que leí del gigantón (sufría de gigantismo) fue “El perseguidor”. Tal vez el mejor cuento sobre un músico (Charlie Parker) que haya leído y el que mejor interpreta ese sentido del tiempo propio de la música, que aunque las contratapas de los discos se empeñen en rotular con medidas exactas, no es más que otra forma de entender el tiempo, y sí, con distintas medidas, pero vaya uno a saber cuales. Es la historia de un saxofonista, que un día mientras viajaba en el metro de París, pensando en distintos momentos de su vida con detalle, esuchando melodías y sonidos del pasado; se da cuenta de que para pensar todo aquello, habrían tenido que pasar al menos quince minutos, más sólo pasaron dos, si acaso, que es lo que dura un trayecto normal entre tres estaciones. Es una sensación de desfase entre lo que pensó en tiempo “musical” y lo que en efecto sucedió en tiempo “real”. La evidencia del desfase es abiertamente subjetiva, pero pone de manifiesto una sensación respecto al estado metafísico de los sonidos. Claro está que el saxofonista del cuento era adicto a la cocaína y otras drogas fuertes, por lo que su percepción también dependía del estado alterado o no alterado en el cual se encontrara, pero es sólo un dato distractor, que no determina la situación, y el mismo personaje aclara que no había ingerido nada. De toda formas la alteración perceptiva del interprete, es sólo sentida por él mismo, lo que haga con los sonidos va a ser un único hecho físico independiente, y por lo mismo su condición metafísica es inherente a lo que suena, no al interprete.
Parece enredado, y en verdad lo es. Pero estoy seguro que todos hemos tenido alguna experiencia de “atemporalidad” o de expansión y compresión del tiempo que conocemos, gobernado por los implacables segundos y la relación causa-consecuencia, a través de la música y los sonidos.
Después de ese cuento, que como ven es imposible de abordar sin entrar en lo desconocido; o sin pretender entrar, leí otros, recopilados en un libro de esa colección de literatura universal compuesta por cien títulos de SALVAT que muchas familias tienen, y donde se encuentran cosas maravillosas, como los lacrimógenos pero memorables relatos de Ana María Matute, o los claustrofóbicos cuentos de Chejov. Uno en particular, de esa recopilación de Cortazar llamada "La isla a mediodía", me causó perdurable impresión. Señorita Cora. En él, desde la perspectiva de un niño con apendicitis en un hospital y la de su enfermera Cora, nos cuenta de manera tan brutal como tierna, la evolución de la relación entre estos dos personajes, mediada por tomas de temperatura en lugares no aptos para personalidades tímidas y esfuerzos de simpatía que la carga del sentimiento de clase (él, niño burgués consentido por su madre protectora, ella cínica y bella mujer trabajadora, consciente de la atracción que él siente por ella) no deja que termine por ir hacía un conocimiento mutuo, sino apenas plantea la imposibilidad del encuentro. Cortazar cree que es su cuento más erótico, y la ereccion que me produjo lo confirma. Me gustan las historias que terminan produciendo algún cambio físico, una lágrima, una sonrisa, un dolor en la boca del estómago, ansiedad, palpitaciones (que palabra de abuela más linda) o una simple y saludable erección. Para quienes no hayan leído estos dos cuentos: El perseguidor y Señorita Cora, quedan altamente recomendados y si se atreven a leerlos o a releerlos (cronopios avezados) me gustaría saber qué piensan o más bien, qué sintieron con ellos.
No sé por qué escribí esto, pero ahí está, es mi ejercicio semanal de escritura. Para los que piensan que soy ñoño, una prueba más.
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Diario y explicaciones que nadie ha pedido
lunes, julio 17, 2006
Autor inefable, osea indescriptible, osea raro, osea no comercial, osea, en verdad cree que le pueda interesar?
He debido hacerlo antes, pero el mundo moderno: el msn, los chats, la tv, el tráfico, las horas pico, los celulares, lo bancos, las filas, las esperas inocuas y la simple pereza me lo impidieron. Pero como reza el dicho popular, más vale tarde que nunca.
Se trata de un cantautor (así les llaman a los que además de cantar dicen algo, y así se hace llamar Alberto Plaza, aunque no se sepa qué dice), compositor, pianista, guitarrista, humorista, escritor, comentador sardónico y lúcido de la vida contemporanea, y genial personaje, que gracias a una charla de hace mucho, cuando estudiaba composición, y una amistad reciente, cuando me hacía el monitor, conocí. Su nombre es Leo Masliah, es uruguayo y acá les doy un abrebocas en forma de cuento, para que lo conozcan, se rían y le contagien su risa a otros y otras.
(El link a su austera pero sustanciosa página ya lo encuentran ahí al lado)
ACLARACIÓN DE FIRMA
Tanta especulación sobre los nombres de Dios, tanta cábala...tantas inútiles condenas a los que pronunciaban en vano un nombre equivocado... hasta que por fin “Dios” se decidió a salir de su ostracismo nominal. Esa noche apareció, perfectamente visible desde casi todo un hemisferio de la Tierra, y trazada con polvo interestelar sobre el firmamento, la firma del Altísimo. Algunos sabios dicen haberla descifrado. Otros aguardan, angustiados, que aparezca la aclaración de firma.
Este cuento fue sacado de una página web, pero pertenece al libro "Carta a un escritor latinoamericano(y otros insultos)" (Ediciones de la Flor, Argentina, 2000).
Se trata de un cantautor (así les llaman a los que además de cantar dicen algo, y así se hace llamar Alberto Plaza, aunque no se sepa qué dice), compositor, pianista, guitarrista, humorista, escritor, comentador sardónico y lúcido de la vida contemporanea, y genial personaje, que gracias a una charla de hace mucho, cuando estudiaba composición, y una amistad reciente, cuando me hacía el monitor, conocí. Su nombre es Leo Masliah, es uruguayo y acá les doy un abrebocas en forma de cuento, para que lo conozcan, se rían y le contagien su risa a otros y otras.
(El link a su austera pero sustanciosa página ya lo encuentran ahí al lado)
ACLARACIÓN DE FIRMA
Tanta especulación sobre los nombres de Dios, tanta cábala...tantas inútiles condenas a los que pronunciaban en vano un nombre equivocado... hasta que por fin “Dios” se decidió a salir de su ostracismo nominal. Esa noche apareció, perfectamente visible desde casi todo un hemisferio de la Tierra, y trazada con polvo interestelar sobre el firmamento, la firma del Altísimo. Algunos sabios dicen haberla descifrado. Otros aguardan, angustiados, que aparezca la aclaración de firma.
Este cuento fue sacado de una página web, pero pertenece al libro "Carta a un escritor latinoamericano(y otros insultos)" (Ediciones de la Flor, Argentina, 2000).
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