Un reciente caso judicial me puso a pensar. Joe Satriani demandó a Coldplay por plagio. Según Satriani, o Satch, como lo llaman cariñosamente en los foros, la canción Viva la vida que da título al último álbum de Coldplay es una copia de If I could fly, de su autoría. La verdad tanto Coldplay como Satch me tienen sin cuidado, no me gusta lo que hacen, y pensar que alguien quiere copiar su música me repugna un poco. Pero sí me interesa el tema del registro musical. Indagando en foros encontré que en efecto las canciones son muy similares; casi idéntica estructura de acordes, melodías cercanas, mismo tempo (para los que no están familiarizados con el lenguaje musical, los músicos llamamos tempo, así, en italiano, al pulso o beat, aunque decimos que tiene implicaciones de carácter), y ambas bastante horribles. Algunos foristas se atrevieron a ir más allá y sugirieron similitudes con un tema de Los enanitos verdes, y otro de Cat Stevens, que aunque un poco más alejados, usan los mismos acordes y melódicamente son comparables. Y sí, en ninguna de esas cuatro canciones desaparece el elemento que las hace despreciables (habrá que leer la letra de Cat). Sin duda Satch quería hacer algo de dinero, y Coldplay recurrió al plagio para subsanar su falta de interés por hacer algo distinto a lo que han venido haciendo en sus últimos tres discos. Pero la pregunta es ¿a quien plagió entonces? ¿a Satch, a Cat o a los Enanos? O al inventor de esa progresión armónica, de esos acordes, de esas notas, del ritmo, que vendría a ser... ahhh, claro, la construcción cultural que como sociedad le dimos a eso que llamamos música, es decir a nadie y a todos.
Distingo dos tipos de problemática acá, por un lado la legal, aquella que vincula al autor de algo con su obra de manera perenne y pretende, a mi entender, que si algunos productos artísticos (ojo al lenguaje) son sospechosamente parecidos, deben pagar por eso; y por el otro lado, el problema de valoración del arte dentro de un mercado y sus implicaciones en el contenido del mismo.
Desde el punto de vista sonoro las dos canciones son totalmente distintas. La de Satch con una base de guitarra amplificada para sonar ochentera, la de Coldplay con un arreglo de cuerdas. La melodía principal (me gusta pensar la armonía en términos de melodía también) la hace la voz en la de los ingleses y en la otra una guitarra. Y bueno, podemos seguir así hasta darnos cuenta de que en realidad no hay ningún timbre que las una, están pensadas de forma muy distinta, tal vez las frecuencias correspondan, pero tener la altura como único parámetro determinante en el parecido de dos piezas musicales, no deja de ser inquietante. Es como si un cuadro fuera parecido a otro sólo por usar los mismos colores. Y utilicé la palabra sonoro, como si en lo musical hubiera algo más, y me pregunto ahora, ¿lo hay? Sí, al parecer sí, lo musical desde el punto de vista legal es lo otro, los acordes, las melodías, las notas, las convenciones que aceptamos para construir alrededor de ellas significados con lo que oímos. Pero entonces cual es el problema, ¿no son acaso un bien colectivo esas notas y esos acordes? ¿debemos cuidarnos de no inventar progresiones ya grabadas? ¿es eso posible?. Cómo harían entonces los que tocan blues, ¿inventar otra armonía a un género que se define desde un grupo de acordes y escalas, y que puede ser el mismo de canción en canción?
Creo que Satch está meando fuera del tiesto, pero también creo que en parte lo está porque la legislación que se ha creado para proteger la creación de los músicos no ha sabido hacia donde dirigir su fuerza coercitiva. Pero también veo que el problema es más amplío aún, y tiene que ver con el mercado, que ha forzado a ciertos músicos a quedarse con lo dado, con lo que ya se probó comercialmente y tuvo éxito. Mucha de la música que se escucha en la radio viene de esa fórmula del éxito, y la mayoría tiende a ser muy similar, pero son tantas las posibilidades que hay, aún dentro de ese estrecho marco, de que esos tres acordes suenen distinto, que me parece realmente desafortunado que se presenten casos como este, y más que un fallo judicial en contra o a favor de los implicados, lo que debería suceder es un veto del público, por aburrimiento.
Bueno, he estado ausente y me dio por escribir sobre esto, de alguna manera me culpo un poco por la ausencia, pero tengo cosas que debo digerir antes, y al parecer la comida estuvo pesada para este personaje que escribe. Creo que es hora de un buen laxante. Hasta la próxima.
sábado, abril 11, 2009
lunes, marzo 09, 2009
Gioielli
No tengo mucho para escribir, nada a decir verdad. Lo más sensato en estos casos es dejar hablar a quienes sí. Me robo unas de las prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro.
Durante diez años, mientras trabajé en la agencia, fui casi todos los días a los jardines del Palais Royal, a caminar por sus arcadas unos minutos, antes o después del almuerzo y, cuando no tenía dinero, en vez del almuerzo. ¿Y qué queda en mí de estos paseos, santo cielo qué queda en mí? ¿Para qué me sirvió esa inversión de cientos y cientos de horas de mi vida? Para nada, aparte de dejar en mi memoria algo así como el dibujo necio en su precisión de una tarjeta postal. Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más.
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Cuando alguien se entera de que he vivido en París casi veinte años, me dice siempre que me debe gustar mucho esta ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta París, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto París como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo con ciudades por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Frankfurt no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.
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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Jouvert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos". Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.
Textos tomados de Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
Durante diez años, mientras trabajé en la agencia, fui casi todos los días a los jardines del Palais Royal, a caminar por sus arcadas unos minutos, antes o después del almuerzo y, cuando no tenía dinero, en vez del almuerzo. ¿Y qué queda en mí de estos paseos, santo cielo qué queda en mí? ¿Para qué me sirvió esa inversión de cientos y cientos de horas de mi vida? Para nada, aparte de dejar en mi memoria algo así como el dibujo necio en su precisión de una tarjeta postal. Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más.
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Cuando alguien se entera de que he vivido en París casi veinte años, me dice siempre que me debe gustar mucho esta ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta París, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto París como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo con ciudades por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Frankfurt no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.
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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Jouvert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos". Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.
Textos tomados de Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
domingo, febrero 08, 2009
Conversaciones con Dios
En una de mis charlas con Dios le pregunté acerca de la vida, específicamente por la mía. Me dijo que no me preocupara. Su respuesta a decir verdad me preocupó un poco, así que le pregunté por qué no debía preocuparme, me dijo que él lo haría por mi. Le dije que no lo hiciera. Pero si no es ninguna molestia, es mi trabajo, respondió. No me habías dicho que tu trabajo era dedicarte a ver lo que habías creado, le dije desconcertado. Sí, pero te mentí, dijo sin más. ¿Para enseñarme el significado de la mentira? Pregunté algo enojado. No, por divertirme, respondió. ¿Y te divirtió? Pregunté. No, ahora vete que quiero estar solo, dijo secamente. Me alejé pensativo y maldiciendo. No sé ni para qué vengo a visitarte, le grité desde lejos. Yo tampoco, respondió dándose la vuelta.
jueves, diciembre 18, 2008
Auto-reportaje
¿Por qué eres músico?
Como tantas situaciones en la vida, no sé bien qué me llevó a ser músico. Seguramente fue un cúmulo de particularidades del espacio tiempo que sería imposible determinar en retrospectiva, sin caer en la dudosa imagen y concepción que construimos de nuestro pasado, pero más que imposible, sería inútil, como todo en la vida; pasa, sucede, es devenir, y la decisión de hacerme músico habrá sido parte de ese constante movimiento interno de las cosas, tal vez soy músico por el azar, en el sentido de destino que puede tener esa palabra, de inexorabilidad.
¿Consideras que ser un músico en Latinoamérica tiene alguna implicancia particular?
El problema con Latinoamérica, es que la misma denominación parece ser una imposición, algo que no nació de nosotros mismos. Somos latinoamericanos por que dicen que lo somos, y así, por el camino de la imposición también nos vendieron la idea de que somos la misma cosa desde Tierra del Fuego hasta el cañón del Río Bravo, y que nos une la condición del origen de nuestras lenguas. Desde ahí todo está mal, porque esa definición no tiene en cuenta ni las lenguas indígenas que se hablan en la mayoría de países “latinoamericanos” ni las no latinas de proveniencia europea como el ingles, hablado en algunas islas del caribe, que por su condición económica y por su organización social, tienen más relación con el centro y el sur del continente americano que con Europa o Norteamérica.
Entonces vemos que lo latinoamericano pasa más bien por el filtro de lo económico. Me hago una pregunta, ¿Latinoamérica dejaría de ser Latinoamérica si la diferencia entre clases sociales fuera menos marcada, es esa característica social y económica lo que nos une, más que nuestras supuestas convergencias culturales?. Y planteo otra: ¿es Latinoamérica una especie de marca supranacional creada para el turismo, que desde adentro, es decir desde nosotros mismos carece de peso semántico?. Latinoamérica no es un lugar, es una idea.
Para algunos el ser latinoamericano puede tratarse de la búsqueda identitaria en lo no europeo, y eso en sí es una formula aceptada, y me parece bien que haya gente que así lo piense, pero de ahí a que sea un deber ser con carga moral hay una gran diferencia, Latinoamérica como idea puede ser lo que queramos.
De alguna manera no importa el mecanismo que nos haga convencernos de algo, ya que inconcientemente, la forma en que hablamos, pensamos, actuamos y pensamos, depende en gran parte del entorno en el que crecimos, y nos conforma, hace parte de nuestra personalidad. Creo ser más cercano culturalmente a un mexicano, un argentino o un venezolano, que a un japonés, aún así soy conciente de las diferencias culturales que dentro de esos mismos países conviven, y de que tal vez pueda encontrar más similitudes con un japonés de clase media expuesto al mercado global de la manera en que yo he sido expuesto, que con un indígena Wayu de mi propio país. Entonces soy latinoamericano porque nací en uno de esos países que arbitrariamente decidieron meter en un mismo saco bajo la misma categoría, sin tener en cuenta las particularidades no sólo de cada uno, sino dentro de cada uno. Aunque Albania o Moldavia se encuentren en Europa, nunca se nos ocurriría pensar en esos países como los representantes de lo europeo, Europa también es una idea. Las ideas son modificables, flexibles, están hechas del mismo material del lenguaje y se prestan al juego. Si digo que no soy latinoamericano, qué sería, ¿Tengo que entrar en alguna categoría geográfica y social para ser?
Creer que se es en relación a un lugar es en sí un punto fundamental, porque nos dice que desde el lenguaje tenemos pleno conocimiento de lo determinante que resulta nacer y vivir en un sitio determinado, no sólo nos hace, sino nos hace ser. Uno dice: soy latinoamericano, soy colombiano, soy bogotano, soy porteño. Los lugares en los que vivimos determinan lo que somos. Pero pensar en Latinoamérica como una sola cultura, una sola idea, es lo que no entiendo. Yo me siento ante todo bogotano de clase media, difícilmente colombiano, y casi desconfío de mi latinoamericanidad, porque aquello que entiendo por el término, compromete mucho menos mi personalidad.
Y ahora, retomando la pregunta, tengo que decir que sí, implica muchas cosas ser músico en Latinoamérica. Pero es inevitable volver a las trampas del lenguaje y la valoración cultural de las palabras. ¿Cuando hablamos de músico, a cual músico nos referimos? Al de tradición europea en su enseñanza, salido de conservatorios y escuelas de música, o al músico sin “educación” musical, que sin embargo crea, muchas veces desde la tradición sin saberlo, y otras desde una intuición moldeada por el entorno donde crece y también sin saberlo o proponérselo hace tradición. Es complicado definirlo actualmente, pero para no extenderme inoficiosamente explico mi posición con la siguiente frase: defino al músico como el que hace música, ¿cuál?, cualquiera, y ¿qué es música?, lo que queramos que sea.
Pero te volviste a ir, entonces ese músico que defines como el que hace lo que quiere, es el mismo en La Paz que en Cambodia?
La necesidad de creación es la misma, difieren los contextos. El contexto latinoamericano está marcado en gran parte por una academia que no sabe donde situarse históricamente, si en el siglo XX ó en el XVIII, y no sólo eso, tampoco sabe donde situarse espacialmente, si a la rivera del Volga o a lo largo de Los Andes y el Amazonas. Esa incapacidad para tomar partido en la construcción de la “cultura oficial” ha sido una característica propia de la creación musical “culta” en Latinoamérica. Sin embargo en el lado de la música popular, o aquella que sí oye la gente, la riqueza es increíble, y yo diría que es allí donde se encuentra nuestra cultura oficial, no en la farsa de la academia. Creo hallar dos tipos de músicos latinoamericanos, los que esperan que del otro lado del charco les digan complacientes: muy bien, eso es Latinoamérica, y les den palmaditas en la espalda. Y por otro lado los que crean todo tipo de tradiciones culturales propias de un sub-continente diverso por antonomasia, sin esperar validación de nadie.
Pero pesan siglos de colonización
Sí, por desgracia y de mala manera. En la india, también con un pasado colonial hasta bien entrado el siglo XX, la imposición cultural no llegó a afinar escalas ni a imponer una “verdadera” academia. Acá el contexto era muy distinto, el encuentro de Colón con los indígenas americanos fue a mi parecer un choque de tiempos y espacios, y de eso nunca se puede salir bien librado. Es como si ahora se nos plantara una nave extraterrestre encima del edificio donde estamos, una locura. Lo que quedó de todo eso es lo que somos.
¿Pero qué pasó en la India para que fuera distinto?
Creo yo que cuando llega Vasco da Gama a las costas indias, el encuentro, aunque también fue de tiempos y espacios no se desarrolló de igual manera, de lado y lado había una tradición proveniente del mismo lugar, pero que se fue por distintos ramales. Aunque parezca increíble el Hindi junto a muchas otra lenguas habladas en la India y la mayoría de lenguajes hablados en Europa tienen un pasado común, por eso se le llama indoeuropeos. Es decir, creo que pesa mucho el hecho de encontrar pares del otro lado, Colón en cambio no se encontró con pares, o más bien, nunca los consideró como tal, se encontró con seres carentes de esa tradición, la que los humanizaría, y eso lo cambió todo. Con la India hubo intercambio comercial, en Centro y Suramérica fue directamente saqueo, apropiación e imposición.
¿Entonces no hubo espacio a la negociación?
No oficialmente. ¿Qué es el sincretismo aparte de una manifestación de bipolaridad?, los indígenas fueron una cosa antes de la conquista y otra después de ella. Lo que pensamos hoy de “lo indígena” es una construcción que modeló la conquista y la colonia. Me atrevería a decir que lo indígena es la bipolaridad, ese estar en dos tiempos y dos lugares.
Y volviendo al tema, ¿qué tiene que ver todo esto con la música?
La verdad no lo sé muy bien, pero determinar qué es lo que somos me parece un paso indispensable, así lleguemos a la conclusión de que somos un subcontinente acomplejado, que reniega su pasado pero vuelve a él cuando busca identidad, y quiere a toda costa llegar al paradigma, pero no se da cuenta que aunque le llegó tarjeta de participación, nunca fue invitado.
Con la música pasa lo mismo. Ya tenemos una tradición, que aunque en parte es europea, lo es también africana e indígena. Está en la salsa, el son, la chacarera, el vallenato, la cumbia, el tex mex, el tango, la champeta, etc. Pero la academia le da la espalada, creo que es fundamental dejar los complejos académicos impuestos a ciertas músicas, y lograr algo similar a lo que sucedió con el jazz. Y de hecho se hace, pero muy poco desde el conservatorio. Es una lástima.
Y dónde queda la música clásica, hay una tradición latinoamericana?
Hay grandes compositores que le han dado un respiro a la tradición europea, gracias a una visión no europea. Pero el gran merito lo tienen los llamados músicos populares, son los que verdaderamente han logrado una propuesta particular.
¿Y tú qué serias?
Un músico de academia que aunque aprecia profundamente la tradición europea, no quiere saber más de ella.
miércoles, noviembre 19, 2008
Pérdida mítica
Después de la destrucción de la ciudad, ocasionada por la erupción de un volcán que nunca supimos era tal, pues se perdía entre las montañas, no nos quedó otra opción que mudarnos y empezar de cero en otro lugar. Para evitar los inconvenientes de los volcánes, decidimos hacer nuestra nueva ciudad en una planicie interminable. Pero era tal la necesidad de montañas, que emulándolas construimos toda suerte de edificios, cada cual más alto que el otro, con la simple intención de poder ver desde arriba, dónde estábamos parados antes de subir a ellos. Sin embargo, el tiempo y las necesidades nos llevaron a concebir la vida en los edificios, fue así que paulatinamente nos mudamos a ellos para más nunca volver al suelo. Me gustaría acordarme ahora de cómo eran las montañas.
martes, noviembre 18, 2008
Hombres de sal
Al caer la tarde los hombres vuelven a sus casas. Llevan sal en todo el cuerpo, impregnada a cada poro. Las mujeres los reciben con pescado frito y arroz con coco. Cuando el pueblo finalmente cae en el abismo del sueño, sin que nadie se de cuenta, el viento entra y se desliza suavemente por cada habitación, despojando la sal de esas pieles quemadas. Con paciencia de viento, arruma en un montículo la sal recogida durante la noche y se marcha al mar. Cada mañana los hombres ven emocionados cómo una nueva pila de sal nace de la nada, y rezan al dios del agua por bendecirlos con tanta abundancia.
lunes, noviembre 03, 2008
Little britain y capusotto
Si horas y horas de internet te secaron el cerebro y lo redujeron al estado de un chicle dietético masticado por más de una hora; si después de chismosear la vida de quienes pensaste nunca volverías a ver en facebook, y quedaste con ganas de pegarte un tiro al saber que todos parecen tener mejor trabajo que el tuyo y el que menos ha viajado eres tu; si leer esto empieza a molestarte tanto como para querer ir a algun otro reducto cibernetico donde puedas desfogar tus ansias de sexo digital sin tener que leer las opiniones de un pelotudo sobre qué tan miserable es su vida; si te parece tan confusa la puntuación de este párrafo como a quien lo escribe, tal vez los siguientes videos puedan hacerte olvidar un poco todo este prologo inutil.
Espero que los disfruten tanto como yo.
Espero que los disfruten tanto como yo.
viernes, octubre 24, 2008
Frases
-El ser humano es el único animal con la capacidad de ser estúpido-
-Nunca me ha preocupado el qué dirán, sino el cómo-
-Nunca me ha preocupado el qué dirán, sino el cómo-
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